CAPÍTULO 53
Quiang se dirigía al lugar del encuentro. Era consciente de que se disponía a entrar en una trampa, pero no le importaba. Tenía que hacer todo lo posible por ayudarla y en última instancia, darle una oportunidad a Nora si Tai quedaba satisfecho con su venganza personal contra él.
El teléfono sonaba con insistencia, por el tono de llamada sabía que era Ming. Si quería disuadirlo estaba perdiendo el tiempo.
Poco antes de llegar al lugar, decidió atenderlo, cabía la posibilidad de que fuera la última vez que hablara con él. Lo que le dijo provocó que soltara un sonoro gruñido, por lo que giró el volante con energía dando la vuelta y cambió de rumbo.
De pronto, una notificación entrante le indicó que habían ubicado el paradero de Nora.
No quiso hacerse ilusiones, era probable que fuera una dirección falsa dentro de una cortina de humo, sin embargo, era lo único que tenía para afianzarse y no volverse loco.
La esperanza es aquella sensación que te da fuerzas, pero si no llegas a lograr tu objetivo puede hundirte en un mar de desesperación.
Una hora después, conducía por un camino terrizo. Apagó las luces como le habían indicado para escudarse en la noche y pocos minutos después, casi una docena de hombres con trajes oscuros lo esperaban en una intersección, entre ellos Ming .
—¿Dónde está? —preguntó en cuanto se apeó del vehículo y se dirigió al grupo.
—Pensamos que la tienen en esa casa. —Señaló un punto perdido en el monte, a un par de kilómetros. No obstante, aun en la distancia podían ver sus luces.
Quiang asintió. La prudencia podía ser una aliada o un enemigo en situaciones como esas.
—Nos acercaremos un poco más y estudiaremos la situación. Nuestra prioridad es que, si la mujer está dentro, no sufra ningún daño —dijo Óscar.
A Quiang le dio un vuelco el corazón. ¿Realmente le estaban diciendo que podía perderla?
—Lo dejo en tus manos y, si es necesario… —Solo una mirada y el jefe de guardaespaldas leyó entre líneas lo que pretendía expresar.
—¿Tenemos su permiso? —Sabía que era probable que su hermano estuviera por allí.
—Lo tenéis, no importa quién sea. Si en algún momento, ella o vosotros os encontráis en peligro, tenéis mi beneplácito y vía libre.
—No se preocupe, mi equipo sabe hacer su trabajo. Debería quedarse… —No le dio tiempo a terminar la frase cuando Quiang le pasó de largo. Negó con la cabeza, pero ¿acaso él no haría lo mismo por sus seres queridos?
En silencio, y con el grupo dirigiéndose a los puntos fijados, rodearon la casa. Dos guardianes la custodiaban en la entrada y otros dos en la parte trasera. Por lo visto, Tai no esperaba visitas, pues no estaba preparado para una emboscada.
Con exactitud, fueron cayendo uno a uno.
Quiang, en la retaguardia, vio como abrían la puerta de la casa y dos de sus hombres se metían en ella sin titubear, con Ming pisándole los talones.
Ambos iban armados y dispuestos a lo que fuera necesario.
El entrenamiento militar al que, de vez en cuando, se sometían daba sus frutos.
En el interior, todo se hallaba en penumbra.
Ming aprovechó para coger el aparato que portaba, aquel que le indicaba donde se encontraba Nora.
Señaló con un dedo la posición que marcaba, mientras poco a poco los hombres iban entrando en las habitaciones para hacerlas seguras.
En cuestión de varios minutos, que para Quiang fueron una eternidad, estaban delante de una puerta cerrada.
Ming, con maestría abrió la cerradura, habilidades aprendidas en su pasado.
Con precisión, el jefe de guardaespaldas entró y, cerciorándose de que no corría peligro, llamó a Quiang.
Esta vez lo hizo en voz alta, sin preocuparse por indicar su posición.
Esto originó que Quiang corriera a su interior. Entonces la vio…. Tendida en una cama, acurrucada mirando hacia la pared. Sus manos parecían estar atadas y su cuerpo vibraba a causa de los sollozos. Se estremeció, pero a la vez, lo inundó de alegría pues era señal de que estaba con vida.
Alguien encendió la luz, lo suficiente para ver mejor su estado lamentable y corrió hacia ella sin pensarlo.
—Nora, estoy aquí. Estoy contigo —se lamentó, mientras le apartaba el pelo de la cara e intentaba llamar su atención.
Olía mal; probablemente se había hecho sus necesidades encima. Su ropa estaba rasgada y su pelo, enmarañado y húmedo, quizá por sus lágrimas, le ocultaba el rostro.
—Quiang, ¿eres tú? —susurró una voz apagada.
—Sí, mi amor. Estoy aquí. —Ella giró su cara hacia él, y lo que descubrió lo encolerizó, tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no traslucir la rabia que le quemaba por dentro. No era lo que ella necesitaba en ese instante.
Nora tenía la cara hinchada y amoratada, con varios tonos azulados; el labio inferior roto; y sus ojos… aquellos ojos verdes in tensos que recordaba, estaban enrojecidos por la incertidumbre y por el horror que había vivido.
Quiang le desató las manos y ella, viéndose por fin libre, las elevó en busca de su rostro. Como si quisiera confirmar que era real
—Estoy aquí, no volveré a dejarte —susurró Quiang al tiempo que las aferraba con sus propias manos.
Nora empezó a llorar desconsoladamente. La cogió en brazos con cuidado de no causarle dolor, y cuando se refugió en su pecho se giró.
Sus hombres y el propio Ming estaban fuera de la habitación, habrían creído que era mejor darles la intimidad que necesitaban. Al salir, Ming se quitó su abrigo y la arropó, mientras le decía a Quiang:
—Vayámonos de este maldito lugar.
—¿Lo habéis encontrado? —Ming negó con la cabeza—. ¡Buscadlo! —siseó con una idea clara en mente.
Los pocos que estaban presentes cogieron la indirecta.
—La casa está asegurada, estamos comprobando los alrededores —expuso Óscar—. Voy a comprobar el perímetro y nos marchamos.
—Bien —confirmó Ming, alejándose un poco de la pareja mientras observaba el exterior desde una ventana.
—¡Has venido! —exclamó Nora, levantando la vista con una mezcla de incredulidad y esperanza.
—¿Lo dudabas? —respondió él, con una suavidad que dejaba ver cuánto le había dolido estar lejos y no haberla protegido—. No vas a desembarazarte de mí tan fácilmente.
Ante este comentario, una pequeña mueca de Nora, al intentar alzar el labio en una sonrisa, se transformó en un gemido ahogado de dolor .
—Tranquila, te llevaré a un hospital. Él… ¿te ha…? —Las palabras se le quedaron clavadas en la garganta; solo pensar en ello le revolvía el alma.
—¿Tocado? —susurró Nora terminando su frase, como si quisiera aliviarle un peso que no le correspondía.
Quiang no encontró fuerzas para responder; apenas pudo asentir con el corazón encogido.
—¿Te importaría que hubiera manchado mi honor?
—No. Quiero decir que…, no sería un impedimento. Lo que intento decir es que…, me sentiría un ser despreciable si por mi culpa… —El semblante de Quiang se quebró, cada sílaba parecía arrancarle algo por dentro, una mezcla insoportable de dolor, impotencia y una furia que apenas lograba contener .
—No me ha tocado. Es demasiado elegante para yacer con una mujer que…—Nora se sonrojó, no había podido evitar orinarse encima con todo el sufrimiento, dolor y, además, el embarazo—. Huelo mal. Por favor, déjame en el suelo.
—No es necesario, no me importa. —Aquellas palabras se unieron a un suave apretón.
—Por favor —insistió ella.
Con cuidado la depositó en el suelo. Solo un segundo, un maldito segundo en el que se permitió mirarle el rostro, y de la penumbra surgió alguien armado con la intención escrita en cada paso.
Todo ocurrió en un parpadeo, apenas tuvo tiempo de reaccionar. El cañón de la pistola apuntó primero hacia él, directo a su cara, pero luego se desvió con una frialdad calculada hacia ella. ¡Iba a por Nora!
—Pierde todo lo que te importa, hermano —escupió, y disparó sin más preámbulos.
Dos detonaciones resonaron casi al unísono.
Uno de los disparos alcanzó a Tai; Ming reaccionó por puro instinto y apretó el gatillo, acabando con él de inmediato.
El otro impacto fue para Quiang. Al ver hacia dónde apuntaba su hermano, se lanzó sobre Nora, cubriéndola con su cuerpo sin pensarlo un instante.
El grito de Nora desgarró la noche al verlo caer. Quiang yacía en el suelo, inmóvil, mientras una mancha oscura comenzaba a extenderse lentamente bajo su cuerpo.