CAPÍTULO 52
La ansiedad retorcía su corazón, y los dedos, agarrotados a causa de la tensión, le dolían.
Dentro de su aturdimiento, advirtió que se hallaba tendida en un pequeño camastro con las manos amordazadas a su espalda.
Se obligó a buscar el origen de esa situación antes de ser invadida por el pánico, y recordó que se dirigía a su despacho cuando fue atacada desde atrás.
No le dio tiempo a gritar, una mano poderosa le tapó la boca con un trapo impregnado en un olor nauseabundo; seguramente un narcótico, ya que pronto las paredes de su alrededor empezaron a difuminarse.
A pesar de la diferencia de fuerza con su agresor, le arañó las manos a la vez que se retorcía e intentaba golpearlo.
Él dijo algo ininteligible y, enfurecido, antes de que ella perdiera totalmente el conocimiento, le propinó una bofetada seca en el rostro.
El dolor que emergía desde lo más profundo de su piel fue lo último que alcanzó a recordar.
Mientras retomaba el control de sus extremidades y su cabeza se despejaba, giró su cuerpo.
Atrapó entre sus dientes un lamento provocado por la fricción de su rostro magullado contra la tela áspera, dándole a entender que su cara estaría amoratada.
Temblaba, con las mejillas húmedas y la tez pálida; aquel hilo rojizo en su labio partido teñía sus lágrimas de un leve carmesí cuando se deslizaban por su rostro .
Alguien se acercaba.
—La princesa se ha despertado —pronunció el recién llegado, que portaba una bandeja con algo que parecía comida.
—¿Quién eres? —preguntó al tiempo que enfocaba mejor la vista y se incorporaba con torpeza. En cuanto lo reconoció, un instinto primitivo desencadenó que su cuerpo se refugiara contra la pared.
—Vaya, y yo que pensaba que te alegrarías de verme, dejamos a medias muchas cosas esa noche.
—¿Por qué? No soy nadie —dijo en un atisbo de lucidez. Era necesario saber hasta qué punto conocía Tai su conexión con Quiang. Porque de una cosa estaba segura, ese hombre odiaba a su hermano con todo su ser.
—No me trates como a un idiota. Te has estado follando a mi hermano estos días.
—Si lo conoces lo suficiente, sabrás que nunca comparte cama con la misma mujer durante mucho tiempo. Solo soy una más en su larga lista, una curiosidad que ya ha deshecho.
Era improbable que lo convenciera, aquel hombre la contemplaba como un lobo hambriento listo para la cena.
—Puede ser, pero…—su mirada se perdió en la habitación—, te defendió esa noche de una manera que… Creo que hay algo especial en ti. Me encantaría arruinar eso, y si me equivoco… —Levantó la mano—. Lo siento por ti.
—Si tienes algo contra él, ve directo, enfréntate como es debido.
—Ja, ja, ja. —Una sonrisa perspicaz y lujuriosa asomó en Tai.
—Me gusta ser más retorcido. Voy a hacerte mía hasta la saciedad.
Eso sí, puede que te saque los ojos de su sitio o algún que otro dedo…
dependerá de si te portas bien. O puede que te entregue a mis hombres para que terminen con los despojos que yo voy a dejar.
Después te mandaré empaquetada a cobro revertido a Quiang.
Es una ma nera de advertirle que su amenaza no ha surtido efecto en mí.
Le quitaré todo lo que se le acerque, vivirá con miedo, ojeará cada esquina, y antes de que pueda pestañear, acabaré con él.
Tai se acercó a Nora y esta reculó más hacia atrás. Una de sus manos agarró su cara amoratada, marcándola con motas blancas por la presión de sus dedos. Sus lágrimas se intensificaron, no solo por el dolor que le producía, sino por la desesperación que crecía en su interior: «Su hijo».
No dejaba de pensar en el pequeño de su vientre y que ese ser enfermo, lleno de ira, iba a matar. Abogar a su compasión si se lo decía, era una misión imposible, porque, si ese hombre supiera que el hijo que llevaba en su vientre era de Quiang, sería mucho más cruel.
—¡Zorra! —Volvió a golpearla en la otra mejilla—. Tu cara está asquerosa y hueles a cloaca. —Su enfado era tal que hasta su tono de voz empezó a cambiar. Pero no volvió a golpearla de nuevo, sino que se retiró.
—Mandaré a alguien para que te lave y te traiga un vestido. Obedece cuando vengan a cambiarte o las cosas empeorarán para ti.
Entre hipidos, temblando, Nora asintió. Necesitaba ese tiempo, no por ella, sino por su niño. Necesitaba…
Sus pensamientos dejaron de fluir en cuanto se quedó a solas en ese cuarto oscuro.
Cuatro paredes de color gris, la pequeña cama donde se encontraba, una mesita minúscula donde se posaba la bandeja, y un casquillo de bombilla en lo alto de su cabeza que tintineaba como si le fallara la energía. La misma que a ella le faltaba.
Tardó algunos minutos en ser consciente de donde estaba, tiempo crucial para que sus pensamientos volvieran a ella.
Un suave desplazamiento de cabeza y observó la bandeja; no había ningún cuchillo o cuchara, algo que pudiera usar.
Nada. Sus manos atadas con maestría con gruesas cuerdas eran un gran impedimento para moverse y, aunque las piernas aun le funcionaban, estas se tambaleaban cada vez que intentaba dar un paso.
Le costaba un inmenso esfuerzo el simple hecho de mantenerse en pie; estaba perdida.
—Mis hijos… Nicole. —Derrotada, sollozó cayendo de nuevo en la pequeña cama.