Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

Aquellos últimos días habían sido un caos.

Toda su intención, era ordenar las partidas de mercancías y dejar los cabos sueltos atados para volver a Madrid donde Nora lo esperaba.

Es lo que Quiang quería pensar, que ella se hallaba tan ansiosa como él de descubrir adonde los llevaría ese camino que empezaban a recorrer.

Inmerso en su abrigo negro que le llegaba casi a las rodillas, y con un maletín en la mano, se dirigía con Ming y dos de sus guardaespaldas a recoger las llaves de sus habitaciones. Una breve ducha, un pequeño sueño reparador y volvería al lugar donde deseaba estar.

—Señor, han dejado dos sobres en la recepción para usted —le comunicó Ming al llegar hasta él.

—Estoy muy cansado, ábrelos y me informas.

Ming asintió, aunque un suave levantamiento de cejas le indicó a Quiang que estaba nervioso.

—Subamos a la habitación y me comentas —expresó reanudando el paso.

La habitación era una suite enorme en el ático con vistas impresionantes y varios dormitorios, los guardaespaldas se quedaron a unos metros de distancia esperando órdenes.

—Voy a tomar una ducha, pide que suban la cena para todos. —Algo que caracterizaba a Quiang, era que siempre se preocupaba de aquellos que trabajaban para él, aunque fuera tan estricto.

—Sí, dejaré estos documentos sobre la mesa.

—Creí que te había comentado que los abrieras.

—Sí, claro.

—¿Ming?

—¿Sí?

Quiang lo miró con los brazos cruzados, esperando a que obedeciera, no entendía la reticencia a acatar su petición.

Ming carraspeó, en el primer momento en que había cogido uno de los sobres distinguió el sello del hacker : un pequeño círculo apenas perceptible con un lobo en la esquina inferior izquierda.

Tenía constancia de que Quiang no esperaba ninguna información, así que no le costó deducir que se trataba de una intervención de Naya, la que le había sonsacado todos los secretos de Quiang y la única con el poder y las agallas para controlar al hacker .

No podía ser otra. En cuanto entrevió su contenido, sin sacar del todo las hojas, lo confirmó: una ecografía de un pequeño ser que empezaba a crecer.

Lo dejó de nuevo encima de la mesa, sin saber cómo proceder. Rezó para que Quiang pensara con ese pequeño acto que la información que revelaba carecía de importancia, como para decirla en voz alta.

Su jefe y amigo, había cambiado por aquella mujer.

Por fin empezaba a ver una salida a su soledad y temía que aquella mentira, o quizá una verdad no dicha, volviera a convertirlo en el hombre hermético de siempre.

Desconocía si estaba haciendo lo correcto o no, pero, por lo pronto, decidió prestarle atención al otro sobre .

Si Quiang se había dado cuenta de su actuación, que con seguridad sería nefasta, nada le dijo. Esperanzado en ese silencio, abrió el segundo y conforme su cabeza era partícipe de la nueva información, el corazón le empezó a palpitar con frenesí y las manos a temblar.

Él, que era un hombre curtido en muchos aspectos, sintió miedo, un miedo real. Era tal su estado, que uno de los guardaespaldas le preguntó qué sucedía; hasta ese hombre en la distancia se había dado cuenta de que algo andaba mal.

Esto hizo que Quiang le prestara mayor atención.

—¿Qué ocurre, Ming? —le preguntó con los ojos fijos en él. Parecía aterrorizado, nunca lo había visto en semejante situación.

Ming elevó la mirada.

—Lleva el sello de Tai.

—¿Y qué dice? —Esta vez el semblante del presidente se ensombreció; el nombre de su hermano siempre producía ese efecto en él.

—Tiene a Nora, señor.

Quiang no esperaba aquellas palabras. Un nudo en la garganta le impidió respirar. ¡¿Cómo era posible?, ¡ese maldito tenía que estar lejos!

Sus puños se cerraron de tal modo que sus nudillos empezaron a enrojecer.

Sin embargo, la furia y la confusión del primer impacto se disiparon, dando paso al frío y calculador semblante al que todos estaban acostumbrados.

Porque lo que la vida le había enseñado a golpes, era que dejarse llevar por las emociones en situaciones reales como aquella, no conducían a nada, aunque la ansiedad retorciera su corazón .

Alargó la mano y le arrebató el papel a Ming de un empellón, quería saber si había condiciones; si era así, Nora aún tendría alguna posibilidad, aunque por muy poco tiempo.

Debía actuar con cuidado. Si aceptaba demasiado rápido, le estaría dejando claro a su hermano que ella era importante para él; si no aceptaba, entonces se convertiría en un estorbo desechable.

—Quiere verme a solas, en el embarcadero a las doce. —Quiang miró su reloj, eran las once menos cuarto.

—Será una trampa, no puede ir solo —objetó Ming—. Y es muy probable que ella no se encuentre allí.

—No me sigas, Ming —ordenó Quiang, mientras alargaba una mano hacia Óscar, el jefe de los guardaespaldas que observaba la escena conteniendo su furia. Había conocido a Tai cuando le tendieron la trampa, y solo hacía falta ver a aquel saco de carne para saber que no era trigo limpio—. Dame tu arma.

Este se la dio sin rechistar. Sabía que Quiang tenía buena puntería, pero ¿tendría la sangre fría de controlar la situación y de disparar a su hermano si era necesario?

—Que nadie me siga —dijo antes de perderse por la puerta.

Los tres hombres que quedaban atrás no se movieron, no supieron cómo actuar. Por ello, cuando sonó el teléfono de Ming, todos se sobresaltaron.

—Ming, ¿ya lo sabe? ¿Cómo ha reaccionado? Cuéntamelo todo —interrogó una voz femenina, metomentodo, al otro lado de la línea.

—Mi señora Naya, esto es una ruina —susurró apretando el teléfono como si con ello llegara la solución que necesitaba.