CAPÍTULO 50
Varios días después, Nora dejaba a Nicole en el colegio, seguía sin tener noticias de Quiang y no sabía a qué atenerse.
Aun así, no quiso hacer preguntas y se sumergió en el trabajo, aunque de vez en cuando se permitía ir al área de servicio, donde observaba la cafetera y recordaba el día en que lo vio frente a ella, afanándose en conseguir que saliera un café en condiciones.
Ese día le tocaba ir al médico para una revisión. La abuela se ofreció a ir con ella, gesto que agradeció. Ambas lloraron de alegría al ver al pequeño que empezaba a crecer en su vientre, una diminuta vida que nacería en unos meses.
Al salir con el informe, Mario las esperaba. Naya se refugió entre sus brazos buscando esa intimidad que requería. Se sentía pletórica, volvía a experimentar la emoción de un nuevo nacimiento en su familia, por lo que Nora se quedó atrás, no quería romper esa complicidad.
Al tiempo una pareja salía de la habitación contigua con el mismo semblante de felicidad.
Pero, en lugar de identificarse con ese entusiasmo, su sonrisa se volvió melancólica.
Con su hija Nicole se había sentido sola en todo el proceso.
Ahora, a pesar de que Naya y Mario siempre la acompañaban, la misma sensación se instalaba en ella.
Se tocó la barriga y, suspiró para fingir que se encontraba bien y no entristecer a sus acompañantes.
De todos modos, los ancianos tenían mucho más camino recorrido que ella y se dieron cuenta enseguida.
Naya abandonó los brazos de Mario y se acercó a la que empezaba a considerar como a una más de su familia.
—¿Te encuentras bien, Nora? —le preguntó con voz suave.
—Claro, ver a mi hijo me ha alegrado mucho. Gracias por acompañarme. —Sonrió a desgana.
—Somos nosotros quienes te damos las gracias —indicó Mario—. Como pareja, es una oportunidad vivir la experiencia de tener un bebé; aquella que nunca tuvimos. No puedo estar más contento y agradecido, puesto que, además, es nuestro bisnieto.
—Ya veremos cuando tengas que cambiar pañales —declaró Naya con ironía.
Mario la miró sorprendido.
—Yoo…, ¿pañales? —Su semblante horrorizado hizo que Nora olvidara sus propios temores.
Imaginó a ese hombre, implacable en los negocios, quitando un pañal con fragancias especiales. Aunque, pensándolo bien no le pareció tan raro después de ver cómo se comportaba con Nicole.
—Tranquilo, león —le dijo Naya dándole golpecitos en el hombro—, empezaremos poco a poco. Por lo pronto, invítanos a estas dos damas a comer, que tenemos hambre.
Nora asintió con velocidad y se tocó el estómago. Los nervios matinales llenos de incertidumbre por la prueba le habían cerrado el estómago y no había podido comer. Ahora, más tranquila se había abierto solicitando calorías.
—Por supuesto. A sus órdenes, ¿qué quieren las señoritas, carne o pescado ?
Nora recordó esa misma frase en la boca de Quiang, y esto la sumió en la tristeza un poco más. Sin embargo, no estaba sola y no podía dejarse llevar por los sentimientos, no tenía esa opción.
Al mirar a sus acompañantes comprobó que le daban la libertad para elegir, ya que ambos esperaban una respuesta.
—Pescado.
—Pues vamos.
—Voy un momento al servicio —indicó Nora—, vuelvo enseguida.
Cuando Naya la vio desaparecer, cogió el teléfono. Mario la observaba con expectación, conocía esa mirada; tramaba algo.
—Has tardado mucho en contestar —remarcó a su interlocutor, con un tono que Mario desconocía, pero que lo puso a cien.
Su pequeña orquídea era toda una luchadora—.
Quiero el informe que te solicité que no divulgaras en mi email en menos de una hora, con los datos médicos de la prueba de hoy. Sí, creo que ya ha llegado el momento.
—¿Puedo saber a quién has avasallado? —le preguntó sin estar seguro de obtener respuesta.
—Es un hacker que mi nieto conoce. Lo que no sabe es que también trabaja para mí. —Mario no tardó en unir las piezas.
—Por eso él no sabe que está embarazada.
—Sí, conociéndolo habrá pedido un informe de ella y he querido dejar ese dato fuera. Tenía que darle a Nora la posibilidad de decidir si quería contar con él, y él debía darse cuenta de lo importante que es en su vida
—Y ahora, ¿por qué ese cambio?
—Creo que es el momento de actuar. Necesita alguien que la apoye, y quien mejor que el padre de su hijo. Además, aunque este asunto es muy particular para Quiang, debido a sus antecedentes, quiero que disfrute de estos momentos, que una vez que pasan no se vuelven a repetir.
—Me parece genial.
—¡Tengo que darle a Nora un regalo! —exclamó dándole un giro a la conversación sin previo a aviso.
A Mario a veces le costaba seguirla, aunque estaba tan enamorado, que incluso eso le gustaba de ella.
—¿Un regalo?
—Bueno, en realidad son varios, no obstante, empezaré con una pulsera muy especial para las mujeres de nuestra familia, quiero que sepa que siempre la apoyaré.
—A veces no logro entenderte. Aun así, me gusta esa muchacha. Creo recordar que me dijiste que Quiang y las sorpresas no se llevan bien, puede que se sienta engañado si actúas a su espalda.
—Lo sé, por eso mejor no demorarlo más. Cada día que pase pesará más en él cuando conozca la verdad, y creo que se ha dado cuenta de que Nora es tan especial para él, como tú lo eres para mí —dijo a la vez que le daba un pequeño beso en las mejillas—. Espero no equivocarme de nuevo.
—Deberías haber sido una mujer de negocios, mi pequeña orquídea. No hubieras tenido rival.
—¡Ah!, ¿no te he dicho que soy dueña de la mitad de las dos primeras corporaciones de China?
—No creo tener esa información.
—Hum… Claro, es que en casa no hablamos mucho —bromeó con picardía, dándole esta vez un beso en la boca.
—¿Sabes que me vuelves loco?
—Lo sé —afirmó y entrelazó el brazo con el suyo, antes de empezar a caminar juntos.