Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Quiang se ofreció a llevarla a casa de Naya para recoger a Nicole.

Nora no pudo negarse. En cuanto se despertó esa mañana llamó a Naya y esta no le hizo ninguna pregunta sobre esa noche.

Esa anciana, escondida en ese cuerpo pequeño y delicado con cara de ángel, ocultaba a una mujer fuerte demasiado perspicaz.

Se habían quedado hasta tarde viendo una película de dibujos animados, y tanto Nicole como Mario aún seguían dormidos.

Ese día sería una excepción, pues Nicole faltaría al colegio, pero no podía convertirse en una costumbre; no lo permitiría por mucho que la escena de unos abuelos para su hija le gustase.

«Todo patas arriba, mi agenda programada a tomar por culo», gritó en silencio. Aunque dejó sus pensamientos a un lado en cuanto se percató de la cara de Naya, al presentarse junto a Quiang.

Un rápido vistazo por parte de la anciana y tuvo que agachar la cabeza para encubrir su sonrojo. La vergüenza la golpeó de improviso, su etapa de adolescente a la que pudieran intimidar tan fácilmente ya la había pasado y, aun así, se sentía como tal cuando estaba junto a él.

—¿Habéis desayunado? —preguntó Naya, despertándola de su aturdimiento .

—Sí, abuela. Hemos comido de todo esta mañana y estaremos saciados hasta… la próxima vez que nos veamos —insinuó Quiang sin variar su rictus seco.

Esto hizo que Nora lo mirara ceñuda y le diera un puñetazo de refilón en el estómago. Estaba claro que aquellas palabras tenían un doble sentido y la abuela no era nada tonta.

Quiang, en vez de enojarse, soltó una carcajada y se tapó el lugar con la mano fingiendo dolor, mirándola con cara de perro apaleado.

Esa comunicación silenciosa originó que a Naya le brincara el corazón, había rezado tanto por ver de nuevo a su nieto; aquel que le gustaba reír y veía la vida de colores.

—Como veo que ya habéis desayunado, despertaré a esos dormilones que todavía no se han levantado, así desayunan conmigo.

—Voy a ver a Nicole —manifestó Nora, sabiendo que la pequeña ya contaba con su propio dormitorio en esa casa tan grande.

Abuela y nieto miraron cómo se perdía por la puerta, era la ocasión en que Naya pusiera las cosas claras.

—No sé lo que pretendes, pero esa mujer es buena y no quiero que le pase nada.

—Yo tampoco, Naya. Cuidaré de ella.

—¿Vas a cuidar de ella? —preguntó al aire, elevando las manos—. Ten en cuenta que no es una conquista más. Tiene que estar tranquila o…

Naya calló; no podía dejarse arrastrar por la situación ni hablar más de la cuenta.

Aún no era el momento de que su nieto supiera que esperaba un hijo suyo.

No tenía todas consigo; Quiang y las sorpresas nunca habían sido una buena combinación.

Menos mal que la presencia de Mario evitó que la descubriera; bendito hombre, siempre salvándole el pellejo .

—Me alegro de verte, muchacho ―le dijo Mario de forma afable.

—Buenos días. —Una frase escueta para esa ocasión, sin embargo, iba acompañada de una reverencia y una leve sonrisa en señal de respeto. De alguna manera, esos dos se entendían; leones en los negocios, gatitos con la familia, aunque de vez en cuando sacaran las uñas.

—He visto a Nora, me ha comentado que llegasteis juntos. ¿Ya habéis desayunado?

—¡Aah! Los hombres siempre pensáis igual —dijo Naya, elevando las manos de nuevo en busca de ayuda divina y perdiéndose por la puerta por la que Nora se había ido. Al parecer, sí, se había dado cuenta del doble sentido de la frase anterior.

—¿He dicho algo inusual? —preguntó Mario confundido al único que quedaba en la sala.

—No, a veces Naya desvaría. No se lo tengas en cuenta.

Mario asintió, aun cuando pensaba preguntarle a su pequeña orquídea más tarde por esa huida tan escandalosa.

—Debo marcharme —pronunció Quiang, volviendo a ser el hombre serio de rostro pétreo—, tengo que hacer unas gestiones. Despídeme de las damas.

—Si necesitas de mi experiencia, te brindo mi ayuda, Quiang.

Mario no era un hombre de palabras dulces, pero en su voz vibraban la tensión y la voluntad de acercarse a él.

Saber que su hija había fallecido y que jamás la conocería; que su primer amor, a quien aún no había olvidado, pensara que la había abandonado; que el único nieto que creía tener era un vándalo, y que de pronto, surgiera otro nieto… Debía de ser muy duro para ese anciano.

—Bien —dijo Quiang, pero antes de llegar a la puerta se giró—. Proteger a las personas que más quiero es la mejor ayuda que me puedes brindar. No me debes nada, aun así, te agradezco que estés a mi lado.

Mario asintió solemnemente.

—Eres… —No terminó la frase, en la mirada se lo decía todo. Fue una conexión que pocos entenderían, que iba más allá de las palabras.

—Cuídate…, abuelo.

Quiang, decidió que era hora de marcharse, ya que para poder disfrutar del camino que la vida le ponía por delante, tenía que empezar a quitarse lastres de encima.

Era momento de barrer la casa y deshacerse de los muebles viejos, como siempre decía su abuela cuando quería empezar una nueva etapa; que era muy a menudo.

Comenzaría por despedir a los directivos de la empresa que habían apoyado a Tai desde las sombras. Una vez cumplido su cometido, dedicaría su tiempo a recomponer también su propia vida.