Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

Esa misma noche, Quiang no quiso contenerse. Quería perderse en su cuerpo, romper todas sus barreras y hacerla suya por completo. Porque si de algo estaba seguro, era de que la necesitaba en su vida.

Con suma facilidad, la subió sobre la barra de la cocina, hundió la boca en su cuello, anheló embriagarse con la fragancia que desprendía y, extasiado con aquellas notas florales, la saboreó marcando un camino hasta la clavícula.

Ella gimió de placer, acto que hizo que su corazón se estremeciera, por lo que la agarró de la cintura y la subió a horcajadas encima de él.

Nora, en vez de oponerse, hizo más presión para no caer.

La llevó hacia el sofá, el lugar más cercano y cómodo. La besaba sin pausa, pues tenía miedo de que se percatase de la situación y lo rechazara. En cuanto la tendió, ella lo agarró por los pelos y le dio un sutil tirón para poder verle la cara.

—¿Estás seguro? Porque después no quiero que llores —le susurró al oído con tono provocativo, unido a una mirada juguetona y perversa que ya conocía. ¿Cómo había podido olvidarla?

—Mujer, no creas que atacando a mi hombría te vas a librar de mí. Esta vez estoy en plenas facultades.

Quiang apreció cómo Nora apretaba con más fuerza los muslos a su cintura, y muy despacio acarició con esa pequeña mano su rostro. Parecía querer inmortalizar aquel momento, y él no se lo iba a impedir. A continuación, elevó el mentón y posó sus labios en los de él, suave, incitante.

Esa mujer no se amilanaba tan fácilmente. No era la florecilla tímida que él conocía y esa nueva faceta lo fascinaba, a la vez que lo amarraba con cadenas de las que no quería desprenderse.

—No te muevas —ordenó, y ella obedeció.

Su mano se desplazó despacio por sus nalgas subiendo el vestido, y con maestría la aferró al pliegue de sus braguitas. Un recuerdo lo hizo sonreír.

—Tranquilo, son más pequeñas —confesó arrugando la nariz y entrecerrando los ojos.

Ese comentario desencadenó que soltara una carcajada, jamás en su existencia había reído en pleno acto marital.

—Eres una arpía. ¿Dónde tenías escondido tanto arrojo?

La sonrisa que ella le dedicó avivó su deseo y atacó su boca sin pudor, su lengua no le dio tregua a replicar. Apenas se desembarazó de su prenda íntima, cuando con el pulgar rozó su clítoris y con el anular la penetró un poco. En tanto, notaba como sus pequeños dedos se hundían en sus hombros.

«Por Dios, está tan mojada y es solo para mí».

Sin dudarlo se desabrochó los pantalones y, aunque su virilidad le pedía a gritos hundirse en su perfecto cuerpo sin piedad, se contuvo, entrando en ella lentamente.

Sin dejar de observarla fue aumentando la velocidad, pues quería dejarle claro que era él quien mandaba; un macho alfa.

Nora, provocativa sonrió, elevó las manos más arriba de su cabeza, y con la mirada le instó a que siguiera.

«¡Maldición! me tiene cogido por los huevos, ella es la que manda» .

Durante unos minutos de puro éxtasis, la hizo suya torturándola con su erección, abriéndose paso entre sus muslos.

Y en cuanto observó en su mirada la necesidad de llegar a culminar el placer, arremetió con más brío, colmándola con el orgasmo más exquisito y deleitándolo con sus últimos espasmos.

Aquellos jadeos y frenesí lo llevaron a derramar su esencia en su interior, alcanzando su propio placer.

Quiang rugió lleno de plenitud y, a pesar de ello, no se sintió satisfecho.

Con una sonrisa socarrona y pícara, la cogió en brazos y la llevó hasta el dormitorio. Tenía toda la noche y quizás parte del día, para dejarse llevar por su imaginación y su deseo.

Cerró los ojos y sonrió, Quiang se sentía extremadamente satisfecho.

Sentado en un sillón con solo unos pantalones puestos, observaba la silueta de Nora acurrucada entre las sábanas.

Su piel blanca y suave le exigían que volviera a acompañarla.

Si bien, se recompuso, dentro de él se enfrentaba a un gran debate que debía prestar atención.

Rememoró cada uno de los instantes fugaces de los últimos días.

No se quedó en su primer encuentro, sino fue más allá, desde que Ming la llevó por primera vez a su despacho.

Algo inusual, pues no era las órdenes que tenía, pero claro, después de mantener una buena y extensa conversación con él, le confesó que todo fue orquestado por su abuela.

Ella; siempre ella.

En breve, evocó los encuentros casuales en la oficina y cómo, sin ser consciente de ello, la miraba de soslayo. Sí, porque en su mente tenía muchos recuerdos que no había advertido hasta ahora, de cómo su cuerpo la buscaba sin tener en cuenta las órdenes de su cerebro.

El día de la fiesta, aquel en que la vio sometida en contra de su voluntad a su hermano, pensó que era por la aversión que le tenía a Tai, por lo que su ira se acrecentó.

Qué ciego estaba; era por ella. Verla asustada y tan frágil, lo conmovió de tal manera que tuvo que escudarse en su caparazón oscuro, aprendido tras años de trabajo, para no acunarla esa noche y reconfortarla.

El encuentro en la oficina, el día en que Nora intentó consolarlo creyéndolo destruido por la pérdida de la empresa.

Desde ese día anhelaba tenerla de nuevo.

Había fantaseado con hacerle mil cosas, recorrer su cuerpo…

, todo lo que esa misma noche puso en práctica, aunque aún le quedaba mucho por ejecutar.

Se sintió al igual que el cazador cazado. Quería revivir esa primera noche para pasar página, y en vez de sentirse redimido, quería más. Lo que consiguió fue dejarse atrapar por aquella bruja que desconocía el poder que ejercía sobre él; ni él mismo era consciente hasta ese momento.

Las ocho de la mañana; era hora de preparar el desayuno. Al final, la cena se postergó a otro día. Cuando despertase tendría hambre y él quería agasajarla de algún modo, por lo que comenzó a preparar algo de comida.

Varios minutos después, Nora salió de la habitación.

Puede que atraída por el olor a café que se esparcía por la estancia, o tal vez fuese el ruido por el trasteo en la cocina.

Lo que no esperaba era que saliera ataviada con una de sus camisas.

Tuvo que carraspear para mantener la compostura y no rendirse al deseo de abrazarla, y sentir de nuevo la suavidad de su cuerpo junto al suyo.

—No encontraba mi ropa —declaró ella al presenciar cómo la miraba.

Claro que no, esta se hallaba esparcida por todo el salón.

La vio coger el vestido, el sujetador y, en cuanto divisó las bragas de encaje de color negro se fue a por ellas a toda velocidad. Se agachó apresurada y cogió esa prenda íntima mientras se la escondía a la espalda .

Verla comportarse como una niña a la que habían pillado in fraganti le conmovió el corazón.

—¿Qué? —dijo, sonrojándose.

—Ya no las colecciono, tengo lo que quiero —vocalizó Quiang esbozando una pequeña sonrisa.

—¿Y qué quieres?

—A ti —soltó sin tapujos—. ¿Café o té? Ah, ya sé, eres de Cola Cao.

—No te hagas el gracioso. —Nora se sentó en la silla observando sus quehaceres y lo bien que se movía por la cocina. Claro que el hecho de tener unos pantalones holgados y una camisa blanca entreabierta dejándola ver todo su esplendor, también ayudaba.

—¿Quieres unas tostadas? —le ofreció, poniéndole a su alcance un plato con un par de ellas.

—Vale, con mantequilla.

Quiang asintió, y en pocos segundos las tenía delante con un zumo de naranja recién exprimido.

—Debes comer bien, el desayuno es importante para ti.

Esa simple observación para que entendiera que se preocupaba por ella, hizo que Nora se pusiera a la defensiva.

—¿Lo sabes?

Un ligero temblor en sus ojos lo alertaron. ¿Qué debía saber?

—Yo lo sé todo —respondió. Una táctica que aprendió a lo largo de su vida, a través de la multitud de negociaciones a las que se había enfrentado.

Nora lo miró con los ojos entrecerrados. Esa mujer, a pesar de su inocencia y su extremada sensibilidad, no era tan simple como aparentaba. En tan solo un breve instante se dio cuenta de su farol, y él era de los que se jactaba de ser un buen jugador.

Cada segundo que pasaba en su compañía le revelaba más su personalidad.

Nora era diferente a todas sus conquistas: aquellas de una noche loca, o incluso de las pocas elegidas que aguantaban algunas semanas.

Ahora que miraba atrás, con ninguna había compartido un desayuno, y se veía como un adolescente estúpido que no quería alejarse de ella.

Esta vez pondría todo su empeño en que no se distanciara.

—Debería ir a trabajar se me va a hacer tarde. —Lo había pillado en su mentira.

—¿Por qué tanta prisa?

—¿Lo dices tú, que siempre reclamas que tus trabajadores no sean puntuales, y si tienen un minuto de retraso te hierve la sangre?

—Una expresión muy exagerada, ¿no crees? Yo soy un niño bueno.

Esta observación hizo que Nora casi se atragantara con el zumo que intentaba beber en ese momento.

—Cuidado, Nora, o pensaré que lo que pretendes es que te dé los primeros auxilios, y te bese los labios para rescatarte.

—¿Desde cuándo tienes sentido del humor?

—Ah, ¿qué te has levantado guerrera? En estos pocos minutos de conversación ya me has insultado varias veces. Voy a tener que dejarte más cansada.

Nora parpadeó sorprendida, y se metió un trozo de tostada con rapidez en la boca. Pues, sabía que con la mirada que Quiang le otorgaba, no tendría mucho tiempo para desayunar, y sonrió.