Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Tras llevar a Nicole a casa de Naya, los nervios de Nora empezaron a aflorar.

Se maldecía por aceptar la invitación de Quiang a cenar, pero claro, en ese momento cuando estaba en el área de servicio, no se hallaba en condiciones de pensar con claridad su respuesta, simplemente aceptó.

Ahora, por el contrario, se sentía en una encrucijada: quería ir para terminar con lo que tantos quebraderos de cabeza le daba, enfrentarse a aquella noche en la que no estaba borracha y decidió acostarse con ese adonis sacado de esas películas que tanto le gustaban. Por otro lado, no quería verlo.

¿O sí? Su cabeza no se ponía de acuerdo.

El timbre de la puerta sonó y resopló. ¿Quién sería? La abrió con ímpetu, pese a sus numerosas cavilaciones y estas enmudecieron de golpe. Delante de ella, Quiang, con las manos en los bolsillos, la miraba expectante.

—¿Qué…? ¿qué haces aquí? ¿Ya es la hora? —Ojeó su reloj para comprobar si el tiempo había transcurrido sin darse cuenta.

—No, aún quedan dieciséis minutos —dijo sin necesidad de mirar las agujas.

Nora, lo observó esperando una explicación, pero esta no llegó. Aun así, sintió cómo la recorría de pies a cabeza con total descaro, y lo vio sonreír sin rastro de ironía ni autoridad, como solía hacer. Esta vez, le regalaba una sonrisa sincera, incluso cercana.

—Me gusta tu vestido —remarcó sin añadir nada más, al terminar su escrutinio.

—Solo es un vestido.

Sin entender bien lo que quería conseguir alabándola, lo desafió a que dijera otra tontería. ¿Cómo podía gustarle una simple prenda de gasa negro a media pierna? Él, un hombre acostumbrado a mujeres exuberantes, siempre ataviadas con trajes caros.

Al parecer, tuvo que percatarse de sus pensamientos, porque le aclaró:

—Lo discreto y lo auténtico, son mi perdición. ¿Nos vamos? —Alargó su mano para que lo siguiera.

Su pose le indicaba que ese pequeño gesto era más explícito que cualquier invitación a cenar.

—Voy a recoger mi bolso —titubeó, dejándolo con la mano extendida que pronto retiró.

Embutida en su abrigo como si de una coraza se tratara y acompañada por el CEO de cerca, llegaron a un coche oscuro que los esperaba.

Ming se adelantó a abrirle la puerta para que pudiera subir y, con una sonrisa forzada, le dio las gracias.

En pocos segundos estaba junto a Quiang en el interior, apenas unos centímetros lo separaban de él.

El trayecto, de casi media hora transcurrió en silencio. De vez en cuando, ella miraba de soslayo a su acompañante, que observaba el paisaje por la ventanilla. En otras ocasiones, percibía como Ming los miraba por el retrovisor y negaba con la cabeza; a saber, qué estaría pensando.

En cuanto pararon, Quiang miró a Ming y, con un simple gesto, le indicó algo sin necesidad de palabras, a lo que este asintió.

Acto seguido, el presidente salió del coche, y con pasmosa seguridad abrió la puerta del lado de Nora, extendiéndole la mano para ayudarla a bajar.

Esta vez tuvo que aceptar su ofrecimiento.

Ese contacto efímero, de solo unos segundos, provocó que recordara aquella noche y un halo de aire salió por su boca.

Notó cómo la presión de Quiang en su mano aumentó, parecía estar evocando lo mismo que ella.

Ambos se quedaron mirándose; el mundo alrededor se volvió lejano como si solo existiera el espacio que los unía.

Nora sintió cómo la levantaban con una delicadeza que la estremeció.

Su cuerpo no respondía, atrapado en la intensidad de aquellos ojos que parecían recorrerla sin tocarla.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que sus pies volvieron a rozar el suelo, ligeros, temblorosos, como si no le pertenecieran. Estuvo a punto de ceder, pero unas manos firmes la sostuvieron, acercándola a un calor que la envolvió por completo.

—Ahora no puedes achacarme que estoy borracho —dijo con un hilo de voz acercando su boca a su oído y rozando su cuello de forma premeditada.

Las manos de Nora se posaron en su pecho para alejarlo; no quería, sin embargo, era necesario.

Se sintió igual que aquellos días en que se esforzaba por no salirse del régimen, y le ponían una palmera de chocolate delante.

Ella era fuerte, tenía que ser fuerte, aunque las tabletas de chocolate que ese hombre tenía fueran su perdición.

Entonces, fue cuando se dio cuenta de que no se hallaba en un restaurante, sino que se encontraba en un gran salón. Se retiró y observó más allá de unos metros.

—Es mi casa —la informó viendo su desconcierto.

—¿Me has traído a tu casa? —preguntó con sorpresa—. Pensé que íbamos a cenar.

—Y lo haremos, pero aquí —Extendió su mano hacia una enorme cocina abierta que se erigía al fondo. Luego le dio la espalda y se internó en ella, quitándose la chaqueta y remangándose la camisa por el camino.

—¿Sabes cocinar?

«Por favor, que me diga que no, si no sería casi perfecto».

—Sé hacer muchas cosas —manifestó poniendo una cara angelical que no la engañaba.

—Lo tuyo no es la humildad, ¿verdad? —Imposible rebatir aquellas palabras, mejor contraatacar.

Una carcajada salió de él.

—¿Por qué iba a ser humilde? Lo que he aprendido y lo que tengo, no me lo han regalado, ha sido todo gracias a mi esfuerzo. No le debo nada a nadie.

—Quiang, por favor, basta de rodeos. Si tienes que decirme algo de esa noche o reprocharme alguna cosa, dímelo ya. Esto es enfermizo. —Aquel juego de palabras la cansaba, no podía fingir que todo entre ellos era normal, necesitaba aclaraciones.

—¿Te apetece carne o pescado? —preguntó, girándose hacia ella mientras ladeaba la cabeza en espera de una respuesta.

—¡Aaah! —aulló Nora. El cabreo había llegado de forma súbita con esa pregunta culinaria. Palmeó la barra de la cocina, que era lo único que los separaba y lo miró fulminantemente—. ¡Se acabó! O me dices lo que piensas, o te saco los ojos, estoy harta de tus jueguecitos.

—Adoro que seas tan bélica —remarcó con una chispa divertida en su voz. Soltó el paño que tenía en la mano y rodeó la barra que los separaba con lentitud, como si disfrutara de la situación. Ella no pensaba amedrentarse.

—No sé qué estás tramando, pero no te voy a dejar —soltó dando dos pasos hacia atrás .

Gesto inútil, en un instante quedó acorralada entre la barra de la cocina y el imponente cuerpo de Quiang.

—No estoy enfadado por esa noche, Nora. Puede que al principio estuviera confundido, pero no me arrepiento de nada de lo ocurrido.

—¿Te acuerdas? —Ella abrió desmesuradamente los ojos.

—Solo trazos…, y cada vez son más nítidos. —Se acercó un poco más a ella—. Y debo confesar que me están empezando a gustar demasiado.

Los labios de Quiang se posaron sobre los de ella, suaves al principio, contenidos, como si cada roce fuera una pregunta silenciosa que solo Nora podía responder.

Pero cuando las pequeñas manos de ella, antes lánguidas en su costado, ascendieron lentamente por su pecho hasta rodearle el cuello, algo en él cedió.

En ese instante supo que se encontraba a su merced.

Ya no había vuelta atrás. Ambos se abandonaron a ese hilo invisible que los había unido en silencio durante meses, sin que ninguno de los dos sospechara que el destino llevaba tiempo escribiendo ese momento para ellos.