Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Balanceándose en el asiento trasero del coche, Quiang repasaba lo ocurrido.

Le resultaba imposible borrar el rostro de Nora de su mente: su fragancia, esas notas avainilladas que tanto lo fascinaban, la forma en que su cuerpo se amoldaba al suyo y su necesidad de besarla.

Desconocía el motivo por el cual no fue tras ella en cuanto la vio al abrirse las puertas del ascensor.

Sus pies dieron varios pasos, pero se paró en seco, pues su cabeza, más espabilada, ya construía una estrategia e impedía que se moviera.

No fue difícil, observó a dos mujeres salir de una habitación con vasos humeantes en la mano, las saludó y se dirigió al lugar. Con suerte, encontraría un área de descanso y le daría a Nora la posibilidad de decidir.

Esa protección hacia ella era una nueva sensación, lo normal en él era no dejar opción a sus oponentes; el problema era que ella dejó de ser su oponente hace tiempo.

Entonces, se preguntó qué significaba ella para él, porque le quedaba claro que la sangre se le aceleraba cuando la tenía cerca; sus manos inquietas le instaban a acariciarla, a protegerla.

Y esta vez, no podía achacar aquellos sentimientos desconocidos por estar aturdido por las drogas.

No, era la mejor sensación que había sentido en mucho tiempo .

—¡Ah! —gimió con satisfacción al ver que no era la mujer tan asustadiza y tímida que quería proyectar.

Esas cavilaciones hicieron que una de las puertas cerradas de su mente, que escondía los secretos de lo ocurrido esa noche se abriera. Ella lo miraba con picardía, mordía su labio inferior anticipando lo que deseaba hacer.

La sintió a horcajadas sobre él, aprisionando sus manos por encima de su cabeza.

Él, que siempre le gustaba dominar en la cama era sometido por primera vez.

Un nuevo enfoque para su ego, que sintió tan erótico que su miembro se despertó sin previo aviso.

Se removió incómodo en el asiento y, sin predecirlo, bufó seguido de un improperio.

—¡Joder!

Ming, que iba conduciendo, lo observó a través del retrovisor. Tuvo que desviar el rostro por la ventanilla. No quería; no debía dejar traslucir sus debilidades.

—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó Ming, mientras alternaba la mirada entre la carretera y él.

—¿Me preguntas si estoy bien?, ¿o si ella lo está? —Esta insinuación puso nervioso a su secretario que dejó de observarlo cortando la conexión visual.

—No, solo quería saber si todo marchaba correctamente.

Quiang cerró los ojos y suspiró, no tenía ganas de seguir más con el juego.

—¿Acaso no has informado ya a mi abuela de que la he visto?

Este comentario provocó que Ming diera un pequeño volantazo, pero pronto se recompuso.

—¿Desde cuándo lo sabe? —sondeó en tono neutro sin levantar la voz. Sin embargo, se veía más erguido y tenso; sus manos agarrotadas por la presión en el volante lo delataban.

—Desde casi el principio, cuando te acercaste a mí. No estaba acostumbrado a que alguien lo hiciera sin esperar algo a cambio, y te vigilé; ya sabes que me gusta estar bien informado.

—Le debo una disculpa.

—No quiero disculpas, sino una explicación.

Derrotado y acorralado, Ming decidió que era el momento de sincerarse con aquel a quien había llegado a considerar un amigo, y desprenderse por fin de ese lastre que lo consumía: la traición.

—Su abuela me pidió que me acercara y que, de alguna manera, lo protegiera.

No lo conocía, así que acepté. No es que me entusiasmara la idea de acabar siendo un espía, aunque no pensé que cuidarlo sería una mala tarea.

Al fin y al cabo, ella se preocupa por usted.

Yo me juntaba con gente ilícita, por lo que habría acabado en la cárcel, con deshonor y en bancarrota.

—Eso lo sé. Tus deudas desaparecieron y tu historial quedó limpio. Lo que no entiendo es por qué te eligió, qué te conectó a ella. Siempre me he hecho esa pregunta.

—De vez en cuando hacía aportaciones al orfanato donde me crie. —Ming no quiso ahondar más; Quiang sabía que perdió a sus padres en un accidente de tráfico cuando tenía siete años, y que la poca familia que le quedaba se había desentendido de él.

—Mi abuela y su manera de paliar su conciencia; típico de ella. Ese dato se me pasó.

—Aun así, guardó silencio, me dejó quedarme a su lado. Pero ¿por qué no hizo nada? ¿Y por qué me lo dice ahora? —preguntó, vocalizando en voz alta sus temores y dudas.

Ming se preguntó qué habría pasado entre él y Nora para verlo tan abatido, qué estaría rondándole por la cabeza.

—Estabas tan solo como yo, e incluso más desesperado. Pagaste tus deudas a mi costa, sí, pero te convertiste en un buen amigo. Al principio solo sentía curiosidad, pero después todo cambió.

—Sí, eso es cierto —asintió, reforzando su afirmación con un leve movimiento de cabeza—. Mi vida era muy solitaria, tomé malas decisiones, encontré una salida y acabé siendo su secretario. Créame, debía pagar mi deuda con su abuela, aunque a veces me pesara.

—Entiendo. —Ahí tenía la explicación que anhelaba, pues, a pesar de la labor de espionaje de Ming, en muchas ocasiones se sentía identificado con él, y su afinidad iba más allá de la de un mero secretario. Ambos sabían lo que era recorrer el camino en solitario, sin nadie en quien apoyarse.

—¿Se encuentra bien? —Volvió a preguntar Ming, visiblemente preocupado.

—Solo es cansancio. —Pareció que Quiang iba a dejarlo sin más explicaciones, giró la cabeza hacia la ventana y dejó pasar unos segundos antes de continuar—. Estoy cansado de esconderme.

—Seguro que hallará una solución, a pesar de los altibajos siempre lo hace —lo alentó Ming.

Quiang dejó de mirar la ventana, un pensamiento se le cruzó. Ming conocía sus secretos, su pasado, lo había visto en sus momentos más bajos.

—Espero que hayas sido comedido en lo que le hayas contado, detestaría saber que conoce de mí, datos que rayan la intimidad.

—A pesar de lo que he hecho, nunca he profundizado en la información.

El secretario sabía a qué se refería: la expresión melancólica que a veces reflejaba; aquellos días en que lo vio derrotado con lágrimas en los ojos, hundido…

—Me alegra saber eso .

—Señor…, yo… —Ming agachó la cabeza; en cierta manera, se sentía avergonzado.

—Conduce, no tienes que darme explicaciones. Todo está bien.

Quiang siguió mirando por la ventanilla. Cada uno tenía sus demonios con los que lidiar, y él tenía uno que no lo dejaba en paz.

Su teléfono sonó con esa melodía especial, su abuela volvía a intervenir de nuevo.

—Quiang, ¿qué pretendes? —Esa voz que tanto conocía se hallaba nerviosa o enojada, no estaba seguro.

—Explícate mejor, Naya.

—¿Por qué la invitas a cenar? ¿Qué esperas conseguir de esa joven?

Quiang sonrió de forma irónica.

—Veo que tienes una buena relación con ella, incluso acoges a su hija en tu casa. ¿Me he perdido algo?

—Me cae bien y está bajo mi cuidado. Así que, querido nieto, pórtate bien, porque si le haces daño conocerás a tu abuela enfadada.

—Una buena aliada, lo tendré en cuenta —señaló, arrastrando las palabras.

—Quiang, por favor.

—Estás suplicando. Esto es nuevo para mí, pero como ya he dicho, lo tendré en cuenta. —Y colgó la llamada.

Podía haberle informado de que no era su pretensión hacerle daño. Es más, tenía la intención de ser él quien la protegiera. No obstante, no pensaba decírselo todavía, se merecía sufrir un poco.

Por lo pronto, tendría que esperar pacientemente a que pasaran las cuatro horas que lo separaban de su cita.