CAPÍTULO 45
Minutos más tarde, Nora se tiraba de los pelos, en sentido literal, en su despacho.
—Nora, ¿qué demonios estás haciendo?! —gritó al aire, el único que la acompañaba en ese momento junto a su enfado.
«Querías besar a tu jefe». La voz de su conciencia, siempre tan inoportuna hizo acto de presencia. Claro, ahora hablaba. Un momento antes, cuando realmente habría servido de algo, se había quedado callada como una tumba.
Ese era el efecto que Quiang tenía sobre ella, la desarmaba y no pensaba con claridad. Ni siquiera podía hilar dos ideas seguidas, y eso que su conciencia solía ser una charlatana incansable, pero frente a él, todo se volvía calor y confusión.
—No, él ya no es mi jefe, solo está jugando conmigo. Quiere que baje la guardia para luego… ¡Zas!, darme el golpe mortal —dijo sonriendo, al haber llegado a esa conclusión, para segundos después morderse el labio, dubitativa—. Pero ¿y si no es así? ¡Aarg! Me voy a volver loca.
«Loca», así la definirían si la vieran en ese instante. Caminando de un lado a otro de la habitación, gesticulando al aire y hablando palabras que solo ella entendía.
Una llamada entrante originó que su cuerpo se quedara inmóvil a la vez que su corazón latía cada vez más deprisa. Con recelo miró la pantalla y tardó más tiempo de lo habitual en hablar con esa persona.
—Hola, Naya —señaló controlando su voz para que no la notara alterada.
—Querida, tengo que avisarte. Quiang está en la ciudad y…
—Llegas tarde, ya ha estado aquí. —El silencio reinó entre las dos unos segundos.
—Lo he intentado, he intentado pararlo. —La voz de la abuela sonó tan lastimosa que Nora se preocupó.
—¿Qué ha hecho?
Naya dudó, pero al final comprendió que las medias verdades no eran buenas para reafirmar la relación que quería con Nora.
—Fingí desmayarme. Sé que no es muy lícito de mi parte, pero en ese instante no pensé en otra solución.
—¿Pero se encuentra bien?
—¡Yo sí, claro! —exclamó, ofendida solo de recordarlo—. No obstante, este nieto mío es demasiado listo. Al principio se asustó, pobrecito, pero luego va y me suelta que, si no me sentía bien, debía de ser por los nervios, que conocía un psiquiátrico muy bueno. ¡A mí, internarme!
Nora sonrió, así era Naya.
—Y supongo que se enfadó.
—Por supuesto. Ese niño es un maleducado, lo hizo a propósito. Por eso lo quiero tanto, es un pillín adorable —dijo con una sonrisa que mezclaba orgullo y resignación—. Pero dejemos de hablar de mí. ¿Estás bien ?
—Sí…, o eso creo, ya que ha sido todo muy extraño. No parecía enojado, aunque tampoco me ha dado muchas opciones —dijo, sopesando sus últimas palabras.
—¿Te ha dicho algo?
—Me ha invitado a cenar esta noche, dice que me recogerá a las ocho. Y ahora que lo pienso —su mente empezaba a despertar—: ¿sabrá donde vivo?
De nuevo ese silencio entre las dos, y después una respuesta inesperada:
—Hablamos de Quiang, es muy probable que sepa hasta el número de pie que calzas.
—Eso debería asustarme, ¿verdad? —Una leve sonrisa se escuchó tras el aparato.
—No debes preocuparte ahora por eso, lo que tienes que pensar es si realmente quieres ir a esa cena. No quiero que te sientas presionada, debes decidirlo de forma voluntaria —apuntó Naya, transmitiéndole una calma de la que carecía.
Por fin, tenía delante la razón de su nerviosismo, y todo se reducía a unas pocas palabras que le martilleaban la mente: «Enfrentarse a Quiang y a lo que ocurrió esa noche».
—Voy a ir, Naya —respondió Nora, con un hilo de voz que, aun así, sonó firme—. Necesito zanjar este asunto.
—Sabes que estoy de tu parte. Si requieres de mi ayuda, aquí estoy —aseguró Naya, como si quisiera sostenerla sin tocarla.
—Me vendría bien que te quedaras con Nicole —admitió Nora, soltando por fin el aire que había retenido sin darse cuenta.
—Eso ni se pregunta, para mí es una alegría estar con ella y Mario estará encantado de hacerle galletas. Ya sabes lo tonto que se pone cuando está con la niña. —Sin darse cuenta, la voz de la abuela se endulzaba cuando pronunciaba el nombre de su amor o hablaba de él.
Verlos juntos, sus miradas entrelazadas como si no hubiera tiempo suficiente para recuperar lo perdido.
Cualquier mujer se sentiría afortunada de tener ese amor, y para Nora era un privilegio que tuviera un huequito en su mundo para ella y Nicole.
Sin reproches, sin pedirle nada a cambio le había tendido una mano.
—Gracias, Naya, no podría superar esto sin ti, me estás dando mucho.
—Mi niña…, no doy más de lo que recibo. Tú y Nicole me dais esperanza, veros sonreír me alegra el corazón —confesó, haciendo unos ruiditos extraños por la nariz, como si intentara contener la emoción—.
Pero dejemos de hablar de sensiblerías, que no quiero llorar.
Llámame si precisas mi ayuda, a la hora que sea. ¿Entendido?
—Lo haré.
—Mario, ¡tenemos a Nicole esta noche!
Aquella frase fue lo último que escuchó Nora y no pudo detener que sus labios se abrieran en una pequeña sonrisa.