Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Las puertas se abrieron, dejando entrever a Nora al ocupante del ascensor, que no era otro que Quiang.

Se quedó mirándolo. Sus piernas quisieron huir, pero sus pensamientos tomaron el control de su cuerpo.

No pensaba posponer más el momento de enfrentarse a él.

Con el mentón en alto y las carpetas en sus manos, contra su pecho a modo de escudo, dio media vuelta con serenidad, decidida a llegar a su despacho, el lugar en el que se sentía más segura para entablar esa batalla.

Una vez en sus dominios dejó su carga en el escritorio y con el alma en un puño se volvió para hacerle frente, pero no estaba allí.

«¿Dónde se ha metido?», se preguntó mirando a todos lados.

Comenzó a caminar nerviosa por la pequeña habitación, y de vez en cuando erguía el cuello para ojear el pasillo esperando que apareciera. Lo que al principio fue un latido fuerte en su corazón, se fue calmando a medida que los minutos pasaban y todo seguía igual.

El problema es que las dudas la asaltaban, los nervios regresaron y su enfado fue creciendo poco a poco conforme avanzaba el tiempo.

Tenía que encontrarlo, enfrentarse a él y terminar con todo aquello, antes de que su cuerpo la traicionara y le diera a conocer la evidencia que tanto trataba de ocultar .

Se cruzó únicamente con un par de trabajadores de la empresa. Aquellos lugares no estaban muy concurridos; una de las causas por lo que había elegido ese departamento. Le gustaba la soledad, sobre todo en esos días en que era una buena acompañante y apaciguaba sus demonios.

En un primer instante no logró encontrarlo.

«¿Me estará rehuyendo?», se dijo a sí misma, algo que pronto descartó al recordar la mirada de reproche que le dirigió en la fiesta. No, ese hombre no dejaría pasar la oportunidad de encararla.

Después de unos minutos, de sus labios solo escapó un gruñido y estuvo a punto de desistir de su propósito. Fue entonces cuando dos mujeres pasaron a su lado con una sonrisa boba en el rostro, y una de ellas comentó a la otra:

—¿Has visto qué guapo? Parece un CEO de telenovela.

—Yo sí que le hacía un favor, aunque no nos entienda.

Las carcajadas de ellas se escuchaban, incluso cuando se perdían por la esquina. Nora las observaba sin apenas moverse, mientras pensaba:

«Deberíamos dejar de ver C-dramas, nos vuelven estúpidas; yo incluida».

Tras ese pequeño lapso, con los ojos entrecerrados y la respiración contenida, se preparó para entablar batalla. Se dirigió en dirección contraria a las mujeres: el único destino posible era la pequeña habitación donde desayunaban.

Lo encontró en un lateral de la sala, inclinado sobre una cafetera que había visto tiempos mejores preparándose un café. A pesar de ello la suave fragancia de los granos llenaban la estancia, una fragancia cálida que precedía a la tormenta.

Quiang le daba la espalda, concentrado en aquel líquido marrón que caía por inercia hacia el vaso de plástico.

Su chaqueta descansaba en una silla. La camisa blanca, remangada, dejaba al descubierto unos brazos fuertes curtidos por años de disciplina.

Cada movimiento resaltaba los relieves de los músculos a través de la fina tela como si danzaran una suave melodía.

Una melodía que Nora estaba más que dispuesta a bailar.

Ahora entendía de inmediato la fascinación que creó en las compañeras de trabajo, aquello era un hermoso espectáculo visual.

Durante un instante, el presidente se quedó inmóvil, sosteniendo el vaso que acababa de rellenar.

—Has tardado mucho —dijo al aire sin llegar a volverse. Al parecer, incluso dándole la espalda pareció detectarla, con plena conciencia de que era ella.

Nora no podía hablar. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero fue inútil: su boca se negaba a abrirse, rígida, como si un peso invisible la mantuviera sellada.

Para colmo, y como si quisiera aumentar aún más su confusión, él actuó con una calma casi calculada.

Tomó el vaso con una delicadeza inquietante y giró lentamente hacia ella, moviéndose con gran parsimonia, como si cada segundo de demora estuviera diseñado para prolongar su desconcierto.

Sus ojos, tranquilos y atentos, la observaban con una intensidad que la desarmaba aún más.

Si no estuviera tan aturdida, habría jurado que lo hacía solo para ponerla más nerviosa.

Una escena típica de los C-dramas. Pero no, aquello no era una historia romántica, aunque llevara a su hijo en su vientre.

No obstante, debía reconocer que era el hombre más guapo del mundo.

Esa seguridad que estilaba, su porte, aquellos ojos…

Nora se descubrió mirándolo embelesada, y la leve sonrisa de superioridad de ese hermoso rostro canalla se lo confirmó.

De pronto, consciente de lo absurdo de su propio impulso, alzó la mano y se golpeó la frente con la palma. Gesto que solía hacer en la niñez para desprenderse de las ideas disparatadas. Pero allí, junto a él, parecía haber recuperado viejas costumbres sin darse cuenta .

Tenía que sacudirse esos pensamientos, así que respiró hondo obligándose a centrarse en lo que realmente importaba, en lo que estaba ocurriendo frente a ella y no en el torbellino que su mente insistía en desatar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.

Quiang avanzó un par de pasos hacia ella, el eco de sus pisadas llenó la sala.

—¿Cuándo empezaste a tutearme? —dijo, con un tono que mezclaba socarronería y desafío.

La cercanía de él la puso en alerta, sintió cómo su cuerpo se tensaba de forma automática como si una corriente eléctrica le recorriera la columna. Aun así, no pensaba retroceder, no esta vez.

Inspiró hondo, clavó los talones en el suelo y, con una determinación que no sabía que tenía, avanzó el mismo número de pasos hacia él.

—Ahora no eres mi jefe, y no tengo que aguantar tus estupideces —dijo, alzando el dedo índice y clavándolo contra su pecho—. Se acabó el agachar la cabeza.

El aire entre ambos pareció comprimirse.

Quiang sonrió con calma, una chispa de ironía brotó en sus ojos. Antes de que ella pudiera apartar la mano, la atrapó con firmeza deteniendo el gesto en el aire.

—¿Desde cuándo eres tan valiente? —murmuró, acercándose un poco más, como si cada palabra buscara desarmarla.

—Desde que no tengo que morderme la lengua mendigando un salario para mantener a mis hijos —dijo dando un tirón de su mano para liberarse, entretanto elevaba el mentón, desafiante.

No hubo palabras por parte de Quiang. El silencio se volvió casi insoportable, solo la miraba sin dejar de sujetarla.

Su agarre no era brusco, pero sí firme. Y entonces, lo vio en sus ojos: no era simple tristeza, era más bien un dolor antiguo, que parecía haber estado esperando justo ese instante para salir a la superficie.

Verlo así, tan vulnerable, le encogió el corazón.

«No puedo…, no tengo respuestas a lo que buscas».

—Si has venido a reprocharme algo, es el momento —murmuró, intentando aferrarse de nuevo a su realidad.

—Mujer, me encuentro tranquilo, ¿por qué quieres estropearlo? —señaló con el mismo tono de voz, ladeando la cabeza con un movimiento medido. Esta vez no había ironía en su rostro ni altivez en su voz.

—¿Estropear el momento? —repitió Nora, sin comprender del todo a qué se refería, hasta que se percató dónde se encontraba.

Sus cuerpos se acoplaban con una naturalidad inquietante, como si se reconocieran. Un roce, una entrega inconsciente. Sus labios se acercaban a los de ella acortando distancias de una forma peligrosa, mientras sus manos rodeaban su cintura y las de Nora se posaban sobre su pecho.

Ahora entendía a la perfección la expresión de las mejillas sonrojadas. Lo que desconocía era que esa sensación de calor no solo se concentraba en esa parte del cuerpo, sino que se extendía por cada centímetro de su figura.

—Quiang… —susurró Nora intentando apartarse, aunque sin verdadera fuerza en el gesto.

Él no permitió que se alejara.

—Me gusta cómo suena mi nombre en tus labios —murmuró, inclinándose hacia ella con un propósito.

—¡¿Por qué no os vais a un hotel?! —gritaron desde el pasillo.