Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

El sol entraba por la ventana en esa tarde de miércoles.

Naya observaba a Nicole, desde el sofá donde estaba sentada jugando con una casa de muñecas que le habían regalado.

Tenía un libro en la mano al que no prestaba atención.

Antaño se refugiaba en sus páginas para evadirse de la realidad; en ese instante, la realidad era mucho más hermosa que la ficción.

Nora dejaba a su hija con ellos de vez en cuando para hacer algunas compras o recados. Aquella confianza, el hecho de poner en sus manos su tesoro más preciado, la conmovía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Las dos dirigieron la mirada al mismo tiempo hacia Mario, quien salió de la cocina luciendo un delantal blanco con lunares rojos. Aunque muchos lo consideraban un hombre serio y reservado, con aquellas mujeres se transformaba en un ser lleno de ternura.

En sus manos llevaba una bandeja con varios sándwiches de jamón y queso untados con mantequilla; los preferidos de la pequeña.

No obstante, la alegría que compartían al verlo vestido de esa manera desapareció de golpe, cuando el rostro de Mario adoptó una expresión seria y desconocida para ellas.

La razón era la presencia inesperada de alguien en la entrada de la habitación, ya que la doncella lo había dejado pasar .

—Buenos días, Naya —saludó el recién llegado.

—Quiang, ¡qué sorpresa verte por aquí! —respondió ella, poniéndose en pie y acercándose a su nieto.

—¿Te sorprende verme? En estos días no me has regalado una de tus visitas sorpresa como sueles hacer. Es curioso —comentó, dirigiendo la mirada hacia Nicole, que lo observaba con interés—. Parece que ya no soy tu preferido.

—No digas disparates. —Quiso restarle importancia a la situación. Luego extendió la mano hacia la niña—. Ven, cariño, el abuelo Mario te llevará a jugar afuera, mientras yo hablo con mi nieto.

Nicole obedeció sin rechistar, pero como cualquier niño curioso, al pasar junto a Quiang le dirigió una mirada. Este la observó también, y aun cuando fue un instante fugaz, esos ojos le recordaron a alguien.

Miró a la abuela primero con interés, luego con cierta sospecha.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó ella, en un intento de desviar esa situación tan incómoda.

—Vengo a verte, ¿y así me recibes?

—Muchacho, seré mayor, si bien, aún pienso con claridad. Jamás has venido por voluntad propia, y no creo que ahora lo hagas por afecto familiar.

—¿Por qué me drogaste? ¿Y dónde está ella?

La abuela guardó silencio durante unos instantes, algo poco común en ella, pero pronto rompió a reír en una carcajada sonora.

—¡Ese es mi nieto!, astuto como un zorro y torpe como un… Bueno, ¿todavía no lo has adivinado?

—Ilumíname.

—Solo quiero que vivas de verdad, que encuentres a alguien con quien compartir risas, lágrimas y enfados. Mi intención era ayudarte a soltarte un poco .

—¿Soltarme tanto como para olvidar aquella noche?

—Eso fue un fallo en las proporciones, no era lo que pretendía.

—No voy a conseguir que te disculpes, ¿verdad? Claro, tú nunca te equivocas —soltó con retintín.

Las palabras de Quiang estaban impregnadas de rencor, y ella lo percibió con claridad.

—No voy a pedirte perdón por haberte drogado —admitió con firmeza—. Sin embargo, sí por no haber estado a tu lado mientras crecías. Me hallaba tan herida por mi propia historia, que pensé que mantenerte lejos sería lo mejor para ti. Hoy entiendo que me equivoqué y te pido disculpas.

Quiang negó con la cabeza, con una mezcla de incredulidad y tristeza.

—¿No crees que ya es demasiado tarde?

—No, si aún puedo enmendar mis errores. Y créeme, he cometido muchos.

—Entonces, si de verdad quieres reparar el daño, dime dónde está.

—No puedo hacerlo, le di mi palabra de que esa decisión sería solo suya.

Pero cariño… —dijo Naya, acercándose a él.

Aunque era mucho más baja, alzó el rostro con dignidad—.

Si te has desplazado a esta ciudad y has venido hasta aquí, es porque ya lo sabes.

Ese amigo tuyo, el hacker , seguro que te lo ha contado. No me subestimes, cielo.

—Es cierto, sé dónde encontrarla —admitió Quiang—.  En cambio, me hubiera gustado que, por una vez, me ayudaras abiertamente y no te escudaras en Ming.

Esta vez la abuela sí se mostró sorprendida.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde el principio. No infravalores mi inteligencia .

—Entonces, ¿por qué me lo permitiste?

—Porque no me incomodaba y, además, de esa manera controlaba lo que quería que supieras.

—Sí que eres inteligente, sí, pero solo para algunas cosas. —Quiang sonrió.

—Deja de entrometerte en mi vida, Naya —señaló con condescendencia.

—No puedes culparme por preocuparme, eres mi nieto. —Naya lo miró, sintiendo cómo se le apretaba la garganta, aquellas palabras le habían tocado el alma.

—Me apartaste porque te recordaba a mi madre, no te hagas la inocente.

—¿Eso piensas? Perdí al primer hombre que amé, perdí a mi esposo…

, y a mi hija; me quedé vacía. —Las lágrimas comenzaron a brotar y su mano se posó encima de su pecho—.

¡Te alejé de él! Te aparté de tu padrastro, porque, al igual que ha corrompido a Tai, lo hubiera hecho contigo.

Lo vi, Quiang, vi en sus ojos la ambición y la codicia que ya ha contaminado a tu hermano.

Contigo hubiera sido peor, pues tú eras ese gran obstáculo para culminar sus planes.

Siempre he estado ahí, cariño, en silencio, protegiéndote. Sé que no he hecho bien, pero…, pero…

En ese instante, Naya se tambaleó y cayó al sofá, desvanecida, ante la mirada atónita de Quiang.

—¡Naya! —Corrió a socorrerla.

Mario, pese a sus achaques, apareció como alma que lleva el diablo y se arrodilló junto a ella posando una mano en su mejilla. La pequeña se quedó paralizada a varios metros, lo bastante cerca para que Quiang pudiera observarla mejor al desviar la mirada del rostro de su abuela .

«Nicole», pronunció en su mente. Debía de ser la hija de Nora, pues tenía la misma expresión cuando algo la sobrepasaba: arrugaba la nariz si estaba nerviosa y sus pequeñas manos se cerraban en un puño, al igual que su madre. Y esos inconfundibles ojos verdes que tanto lo atraían.

Después volvió a la escena melodramática que tenía delante. Si su abuela creía que con semejante numerito iba a manipularlo, era evidente que no lo conocía tanto como presumía. Y sonrió, con una ironía deliciosa.