Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Nora jamás pensó que su vida diera ese giro tan espectacular, solo habían pasado dos semanas desde que huyera despavorida de la fiesta y había cambiado radicalmente.

Enfrentarse a Quiang no era lo más sensato en aquel momento, pues su mirada la atravesó como si pudiera descifrar cada rincón de su alma.

Sí, lo notó, captó de inmediato el reproche en sus ojos.

Aquel día pensó que era buena idea escudarse en el alcohol, que diciéndole que también estaba ebria eludiría lo que pasó aquella noche. Ahora ya carecía de esa excusa y creyó ver en él una mezcla de dolor, desilusión y el amargo peso de sentirse manipulado. Esa desazón la puso nerviosa.

No, no podía enfrentarlo.

En esos días, sus cambios de humor eran constantes; demasiadas emociones se agolpaban en una existencia que hasta entonces había sido monótona.

Además, las hormonas del embarazo la tenían alterada y lo único que necesitaba era tranquilidad.

Por todo ello, aceptó la ayuda de Naya. No le gustaba privar a Nicole de sus amigos de la escuela, sin embargo, era necesario ese cambio.

En la nueva sucursal tenía el trabajo de sus sueños: archivar, corregir y facturar, y lo que más apreciaba era no tener que tratar con el público, solo ella, sus documentos y la calma de su pequeño despacho luminoso.

Disfrutaba de un horario flexible y un buen salario, algo que le venía de maravilla para pasar más tiempo con su hija.

Sabía que todo aquello lo había conseguido por los contactos, que era una privilegiada enchufada, pero pensaba aprovecharlo.

Todas aquellas reflexiones fluían por su cabeza mientras veía en el parque jugar a Nicole, y esa escena le enmarcó una sonrisa en su rostro.

—Me gusta verte feliz, Nora. ¿En qué piensas?

—En que soy una enchufada con suerte —dijo sin ningún pudor, haciendo que su acompañante se carcajeara.

—Niña, si quieres la luna, yo te la puedo conseguir.

—Naya, eres demasiado buena conmigo.

—Querida, me has dado una nieta de ocho años y otro que está por venir. Tengo al amor de mi vida junto a mí y me sobra el dinero para gastar.

Ambas miraron a Nicole y a Mario, que, a pesar de sus años y su cojera, intentaba seguir el ritmo de la pequeña.

—Es un buen hombre —espetó Nora—. No lo dejes escapar.

—Nunca lo haré, aunque tenga que amarrarlo a mi cama. Jamás pensé que vendiera todas sus acciones; el fruto de una vida de trabajo solo por seguirme. Ahora estamos en plena luna de miel.

—Llevan dos semanas de luna de miel, ¿cuándo acabará?

—Mientras tengamos energía. Hemos perdido mucho tiempo, ¿no crees? —susurró con una mirada pícara.

Esto provocó que las dos estallaran nuevamente en risas, contagiadas por la ligereza del momento.

Mario, al notar la escena les lanzó una mirada cómplice, y le guiñó un ojo a Naya como si estuviera al tanto del secreto que compartían.

Ese gesto, tan sencillo y lleno de cercanía, despertó en Nora una punzada de nostalgia.

Por un instante, deseó formar parte de una complicidad igual, de ese pequeño universo donde las miradas bastaban para entenderse.

—Te está buscando —indicó Naya dándose cuenta del cambio de actitud de Nora.

—¿Quién?

—Quiang.

Nora, suspiró al tiempo que giraba su cabeza para ocultar las emociones que afloraban al pronunciar ese nombre.

—Lo sé, le ha preguntado a Del varias veces. Seguro que quiere sacarme las entrañas.

—¡No, por Dios! Mi nieto es extraño, pero no tan cruel.

—Su mirada de decepción al saber que yo no estaba ebria esa noche… ¡Ah! No sabría cómo traducirla, tendrías que haberlo visto.

—Te diré algo, aunque no creo que me corresponda a mí; no obstante, lo haré. Su padre murió cuando tenía siete años, estaban muy unidos y lo pasó mal. Mi hija, su madre, le prometió que siempre estaría con él, y rompió su promesa porque a los cuatro años falleció.

Naya cerró los ojos: aquellos recuerdos, siempre presentes en su corazón y en su mente se volvían más dolorosos al decirlos en voz alta.

—No es necesario que siga —dijo Nora, viendo su malestar.

—Sí es necesario. Lo es. Quiero que comprendas a Quiang.

—suspiró infundiéndose valor—. Se convirtió en un niño difícil, malas junteras, peleas, y yo…

no me sentía capacitada para educarlo, pero, sobre todo, lo hice para protegerlo de su misma familia.

Así que lo interné en una institución muy prestigiosa y a los dieciocho años le di un dinero, para que se forjara su propio camino.

Quería hacerlo fuerte, que nadie volviera a romperlo.

Y lo he conseguido. Lo malo es que lo dejé desamparado y eso me reconcome por dentro.

Por eso intervine es a noche. — Naya la cogió de las manos—.

No quería hacer daño, tan solo darle un motivo por lo que vivir.

—No la comprendo.

Naya le relató lo ocurrido con Mina, y poco a poco, Nora comenzó a unir las piezas.

Las promesas rotas de sus padres, las mentiras de esa mujer, las traiciones disfrazadas de afecto, las amistades que únicamente existían por su dinero y, sobre todo, su profunda soledad. Sintió cómo el corazón se le encogía.

Tal vez estaba loca, pero en ese instante, si lo tuviera frente a ella lo abrazaría sin pensarlo.  Ese impulso se desvaneció de golpe luego de que las palabras de Naya la sacudieran arrancándola de su ensoñación.

—Yo mandé a que lo drogaran, y Ming echó los polvos en su bebida.

—¿¡Ming!?

—Suelo ser muy obstinada cuando quiero y Ming trabaja para mí. Me alegré mucho cuando Ocan me informó de que había pasado la noche acompañado.

El solo hecho de recordar que estaba al tanto de todo desde el principio, la sonrojó. Y su sonrojo aumentó al deducir que fuera de la habitación, había personas ajenas que también sabían lo que estaba ocurriendo en su interior.

—¿Por qué lo hizo? —sonrió restándole importancia al calor repentino que le subió al rostro, y que debía de contener antes de que Naya se diera cuenta.

—Solo quería darle un empujoncito para que encontrara a otra persona y saliera de ese caparazón, pero me equivoqué. La sobrina de una amiga salió con él durante dos meses y se veían tan bien juntos que …

—Eso no está bien, Naya, no puede interferir en su vida de esa forma.

—Lo sé. Ahora lo sé. He cometido muchos errores y quiero enmendarlos.

—Si quiere enmendarlo aconséjelo, apóyelo, pero no intente manipularlo.

—Ay, yo solo quería ponerlo un poco alegre. Sin embargo, Ming, ese hombre no sabe contar. Le dijimos dos gotas y le echó doce, como si fuera aliño para ensalada. ¡Mi pobre nieto! Créeme, ya he aprendido la lección —dijo Naya solemnemente, aunque sus palabras distaban mucho de lo que pensaba.

«Por supuesto que he aprendido la lección: Que nunca le encargue a Ming nada que implique números, dosis ni cuentas».

—Espero que no lo intente conmigo.

—Sé que la vida no ha sido fácil para ti, que has tenido que sacar adelante a tu hija sola, y entiendo que eso te haya vuelto desconfiada.

En cambio, hay algo que quiero que tengas claro: eres parte de esta familia; tú, Nicole, y todo lo que venga.

No volveré a equivocarme y apartarme de quienes amo.

—Pero si Quiang… —Naya la interrumpió.

—El día que te vi en el parque, la forma en que mirabas a tu hija despertó en mí un instinto maternal que creía perdido.

Tu rostro me recordó tanto al de mi hija cuando observaba a Quiang, que algo dentro de mí se quebró.

Sabía que ese sentimiento estaba enterrado, lo había escondido para no seguir sufriendo.

Aunque he comprendido que alejarlo fue un error, pese a que me doliera más a mí que a nadie.

—Quiang es su verdadero nieto. Los lazos de sangre son importantes, no puede darle la espalda de nuevo. No con ello quiero decir que nuestra relación no sea cercana, no sé si me explico .

A Naya le dio un vuelco el corazón. Esa muchacha no era consciente de que, a pesar de su situación, sus pensamientos eran proteger a su nieto.

—Él es mi nieto, mi sangre, si bien no necesita que lo protejan. Sin embargo, tú necesitas de esta abuela, por lo que no dejaré que se acerque a ti si no quieres. Y si te dice algo que te ofenda, dímelo que le tiro de las orejas.

—¿Por eso no le ha dicho dónde estoy?

—La decisión es tuya, niña, así como decirle que el hijo que llevas en tu interior es de él. Aun así, debes saber que no podrás ocultarte, tarde o temprano te encontrará y tendrás que enfrentarte a la situación.

Nora sí lo sabía; con todos los contactos que Quiang tenía no podría evadirse por mucho tiempo.

—Si él supiera que llevo a un hijo suyo en mi vientre, quizás no lo viera con buenos ojos, ya que no soy el tipo de mujer que busca.

—¿No has pensado que puede ser un punto de unión?

—No. Un hijo es un complemento a la pareja, no una cuerda que los ate. Jamás consentiría eso.

—Comprendo. Y tu amiga, ¿has hablado con ella? ―Nora asintió.

—Sí, hablamos todas las noches.

—Me alegra que todo esté arreglado entre vosotras, una buena amiga es para toda la vida.

—Ella es como una hermana. Siempre estuvo conmigo, aunque el temor por hacerme daño o la idea de preocuparme con sus problemas hizo que no me contara algunos detalles.

Después de que se sintiera traicionada, Del la buscó y, al final, terminaron llorando a moco tendido, como tantas otras veces.

Escuchó cómo ella, entre hipidos y con los ojos enrojecidos, le daba explicaciones; unas que no llegó a terminar porque Nora no las necesitaba.

Del sabía su paradero y, aun así, no le había dicho nada a Ming que, por otra parte, conociéndola, no habría salido impune de aquella situación.

Todas las noches a la misma hora, tenían el ritual de llamarse y conversar, pero ambas habían decidido en silencio que el tema hombres debía relegarse para otro momento.

—Si la echas de menos, hay un puesto de trabajo disponible para ella.

Nora miró a Naya, intrigada.

—Me cae bien esa chica, lidiar con Ming no es fácil. Y si además, te sirve de apoyo…

—Tengo la sensación de que no se le escapa nada.

—Ja, ja, ja… yo no diría tanto —balbuceó la abuela quitándole importancia.

—Mamá, el abuelo Mario me ha dicho que me va a comprar un poni de verdad.

Mario se acercaba junto a Nicole, y Nora lo miró con sorpresa, no por el regalo en sí, sino porque la pequeña le había llamado abuelo y él no lo rebatió.

—Espero que no le importe, Nora. Tengo unos terrenos fuera de la ciudad y a Nicole le gustan los caballos.

—Querido —intervino Naya—, creo que lo que más le ha impresionado, es que esta señorita de aquí, mi niña chiquitina, te ha llamado abuelo.

—Para mí es un orgullo ser su abuelo. Si me aceptan estaré encantado de darle todos los caprichos a mi nieta preferida .

—¡Aceptamos! —exclamó Nicole dando saltitos—. Mamá, aceptamos, ¡¿verdad?! Yo quiero tener un abuelo, nunca he tenido uno.

—Y una abuela —mencionó Naya, que recibió un abrazo esporádico de Nicole.

Los tres miraron a Nora que, con lágrimas en los ojos, asintió.

«Ahora solo te queda tener un papá, mi niña», caviló Naya confabulando de nuevo sin haber aprendido la lección.