Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Con el corazón a flor de piel y con sus pensamientos en otra parte, Quiang se dirigía a pasos agigantados hacia el salón, seguido de Ming que no iba mejor que él.

Sin embargo, solo fue Quiang quien entró en la habitación.

En su interior se encontraba su hermano Tai junto a su padre, Zaru.

Como era su costumbre, su altivez hacia Quiang no disminuía, ni siquiera sabiendo que era la casa de Naya.

—Vaya, creí que no vendrías —declaró Tai sentado en un sillón sin dignarse a mirarlo a la cara, pues su único interés era agitar la copa que retenía en su mano.

—No estoy de humor para tus juegos, terminemos con esto rápido —espetó Quiang, apoyándose en el escritorio cercano.

—En ese caso, no dilataremos más el asunto.

—Esta vez fue Zaru quien intervino en la conversación y soltó una carpeta con desprecio en el escritorio—.

Hemos traído los documentos que tienes que firmar.

No tienes opción, adquirimos la mayoría absoluta de Yurveda en estos días y la mercancía está paralizada, por lo que no podrás distribuirla.

Si no quieres que las acciones de tu empresa bajen y te hundas en la miseria, abandona.

—¿Qué me ofreces? —preguntó Quiang sin coger los documentos .

—Para que veas que somos indulgentes —terminó por decir Tai—, te ofrezco pagarte las acciones que posees al mismo precio en que las compraste. Un acuerdo satisfactorio, aunque sea solo para mí. —Quiang sonrió.

—Entiendo. Perdería todo lo que he invertido y te quedarías con los beneficios.

—Es lo que hay, hermano. ¿Lo tomas o lo dejas?

—Tengo otra opción. ¡Adelante! —gritó sin miramientos.

En ese momento, las puertas se abrieron y junto a Ming entraron tres hombres con cara de pocos amigos. Esto hizo que tanto Tai como Zaru se pusieran a la defensiva.

—Os presento al señor YuYu. Él es un inspector de la Brigada central de estupefacientes, perteneciente a UDYCO. Me parece que tiene algo que decir.

Esta vez, padre e hijo se estremecieron. El señor Yuyu comenzó a leerles sus derechos y, de inmediato, los hombres que lo escoltaban exhibieron unas esposas, dispuestos a arrestarlos.

—¡¿Esto qué significa?! —aulló Zarú ofendido.

—Esto es un arresto en toda regla. Aunque quizás podríamos…, ¿cómo has dicho antes? —Arrastró esas palabras—: llegar a un acuerdo satisfactorio, aunque solo sea para mí.

—¿Crees que con tus artimañas baratas puedes evadir la bancarrota?

—Mis artimañas, ¿eh? Hay pruebas contundentes de que os amparáis en el transporte y su paso continuo por las aduanas, para mover mercancía ilícita, además de sobornos y chantajes.

—Una vez que acalló a sus oponentes, se dirigió a los inspectores—.

Señor YuYu, ¿sería tan amable de esperar afuera un momento?

—Este asintió en silencio y se retiró junto a sus hombres.

Quiang se acercó a su hermano lo suficiente para decirle al oído :

—Si no quieres morir en la cárcel y que tu nombre sea pisoteado, me vas a vender todas tus acciones a mitad de precio, tanto las de Ensamblaje S.L como las de Yurveda, y luego vas a desaparecer del país. —Tai lo miró con odio.

—Es un farol. ¡No tienes pruebas!

Con un solo movimiento de cabeza hizo que Ming le entregara una carpeta: Cuentas ocultas, nombres que Tai reconoció de inmediato y que había sobornado de alguna manera; fotos incluidas de cómo se hacían estas transacciones y todo lo que creía tener controlado, estaban delante de sus narices.

Suficiente material como para que su padre y él ingresaran en la cárcel de por vida.

—¡No te atreverías, llevamos el mismo apellido!

—Perdiste esa ventaja cuando intentaste asesinarme y drogarme. Es lo que hay hermano, ¿lo tomas o lo dejas? —volvió a repetir sus propias palabras hirientes.

—¿No me dejas otra opción?

—No. —Quiang fue contundente.

—¿Y los agentes?

—Yo me ocuparé de ellos, tengo mis métodos. Firmar estos papeles y haré que retiren los cargos.

—¿Y cómo puedo fiarme de que cumplirás tu palabra?

—Tendrás que arriesgarte.

Tai y Zaru no tuvieron más remedio que aceptar sus imposiciones. Quiang era despiadado en los negocios, a pesar de ello, siempre cumplía con su palabra.

—Veo que lo tenías todo calculado —espetó Tai, al tiempo que extendía los papeles firmados, manteniéndolos suspendidos en el aire mientras aguardaba a que Quiang los tomara.

Entonces, sin apartar la conexión visual lanzó la pregunta—: ¿Tuviste algo que ver con que el anciano nos vendiera todas sus acciones?

Quiang esbozó una sonrisa socarrona, que hizo que su hermanastro confirmara así sus sospechas, y tomó la documentación de un tirón.

—¡¿Me hiciste comprar esa maldita empresa para obligarme a venderla a mitad de precio?! —siseó, dejando escapar todo el veneno que llevaba dentro.

—Tú empezaste este juego, y ahora, no quiero volver a verte. Si tengo el más mínimo vestigio de que vuelves a confabular contra mí, no tendré problemas para arrastrar tu nombre y meterte en la cárcel. Es una promesa, hermanito.

Con toda la inquina acumulada en su corazón, Tai y Zaru se dirigieron a la puerta para salir de la habitación, pero antes se volvió y le dijo:

—Ja, ja, ja. ¡Yo nunca te drogué!  Parece que no soy el único que va contra ti.

Los hombres que estaban afuera les cortaron el paso, no obstante, un leve gesto de Quiang hizo que se replegaran, dejándoles vía libre; hueco que no dudaron en aprovechar.

Una vez que se habían perdido por la puerta el grupo empezó a reír. Ming palmeó la espalda del señor Yuyu con familiaridad.

—No conocía esta faceta tuya, realmente, tienes cara de inspector de narcotráfico.

—He ensayado mucho en el espejo —le respondió el otro, con total seriedad, haciendo que Ming lo mirara con sorpresa—. Era broma —concluyó.

Aquello provocó una sonrisa en Ming. El verdadero nombre del señor Yuyu era Óscar, que en realidad era el jefe del equipo de guardaespaldas.

Tras los intentos de asesinato, Quiang finalmente accedió a contar con escolta.

Para ello, contrataron a un grupo de cinco hombres, con Óscar al mando, encargados de velar por su seguridad.

—Lo prometido es deuda. Y señores, pueden seguir con su trabajo, hablaremos de los honorarios más tarde.

Una vez que se quedó a solas con Quiang, comentaron la jugada.

—Todo ha salido a la perfección. Tai no conocía a nuestro nuevo equipo de seguridad. Hasta yo mismo pensaba que eran inspectores de verdad.

—Pasarse por la autoridad es un delito, espero no tener problemas.

—No los tendrá. Son de confianza, señor. —Quiang asintió.

—Bien, sigamos el plan. Dale prioridad, que el bufete empiece a trabajar esta misma noche y agiliza los trámites legales para el cambio de titularidad, quiero que la mercancía salga esta semana de las instalaciones.

—Sí, ya están preparados, les llevaré estos documentos ahora mismo.

—Bien.

En cuanto Ming traspasó las puertas y la soledad lo envolvió, Quiang cerró los ojos, metió las manos en los bolsillos y dejó escapar un suave suspiro.

«Si no me has drogado, hermano, y sé que no lo has hecho por tus palabras hirientes, ¿quién ha sido?».

Un minuto bastó para que sus ojos se abrieran de golpe, iluminados por la certeza.

—¡¿Cómo te has atrevido?! —clamó al vacío.