Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

El aire era espeso, a pesar de que su respiración acelerada la incitaba a absorber todo a su alrededor.

Sorteó a algunos invitados sin mirarlos a la cara, como si ese gesto le ayudara a pasar desapercibida.

Quería huir del lugar, necesitaba esa distancia para recomponerse.

Era obvio que Quiang había escuchado la conversación y tenía conocimiento de que esa noche no estaba ebria, eso podía confrontarlo.

Sin embargo, ¿y si sabía de su embarazo? ¿Se lo habría dicho Ming?

Tomó el móvil con manos temblorosas, con la intención de llamar a un taxi.

No obstante, estaba tan perturbada que no advirtió que una limusina se detuvo frente a ella.

No le prestó atención, hasta que sintió el sonido grave de una puerta al cerrarse.

Con seguridad sería algún invitado rezagado, y por ello se retiró unos metros, pero de la limusina salió un hombre que la saludó cortésmente con la cabeza y abrió la puerta trasera del vehículo, dejando salir a una persona con la que no quería encontrarse.

«Menuda familia», pensó.

—Hola, Nora. Déjame ayudarte, por favor. —La voz de Naya era dulce y tierna, pero no iba a dejarse engañar de nuevo.

—Ya he tenido bastantes mentiras por hoy —sonrió con melancolía—, hasta mi mejor amiga me ha traicionado. ¿Vienes a rematar el día ?

—Aunque no lo creas, mi intención es buena. Al menos permíteme explicarme, concédeme el tiempo que dure el trayecto hasta el hotel, y después te dejaré en paz si así lo decides.

Nora respiró varias veces en profundidad,

—Solo en ese trayecto y quiero toda la verdad.

—La tendrás.

Cuando el coche se puso en marcha, Nora se encontraba sentada enfrente de Naya. Los cristales oscuros la protegían de la mirada curiosa del exterior y del conductor. Esperaba una explicación que no se hizo de rogar.

—Como ya sabrás, mi nieto es Quiang. Al llegar a los once años perdió a su madre y no hablaba, se encerró en sí mismo.

Intenté llegar hasta él, pero fracasé. Se metió en muchos líos, se volvió insensible y, cuando alcanzó los dieciocho años, decidí darle un dinero y dejar que se labrara su propio porvenir.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo?

—Déjame explicarte —intervino Naya—. Aprendió a golpes lo que era estar solo, sin un respaldo en el que escudarse y se dejó llevar por sus caprichos. Ahora es un gran hombre de negocios, pero su hermetismo, su seriedad… —dijo la abuela cerrando los ojos— no han cambiado.

—¿Adónde quiere llegar? —preguntó, si bien sus pensamientos empezaban a atar cabos.

—A pesar de que una vez, una mujer le hizo mucho daño, en los primeros momentos de su relación sonreía; su actitud era más abierta conmigo y pensé, que si alguien lograba derribar de nuevo esa barrera que había construido podría volver a ser feliz.

—En ese instante, Naya se tomó su tiempo antes de proseguir—.

Sabía que eras tú quien lo acompañó esa noche.

A Nora, ese comentario la dejó con la boca abierta .

—¿Me está diciendo que espía a su nieto? ¿No cree que ya es mayorcito para cuidarse solo?

—Tras el atentado contra su vida, me he encargado de protegerlo desde la distancia. Le asigné varios guardaespaldas, aunque él lo desconoce. Ocan, al que ya has conocido —giró la cabeza hacia su chófer—, te vio saliendo de la habitación.

—¡¿Atentado?! —Las piernas le empezaron a temblar, mientras se preguntaba qué clase de entorno tenía Quiang a su alrededor.

—La vida de mi nieto no es fácil, era necesario que interviniera. Pensé que podrías ayudarlo, por eso lo hice.

—Entonces, ¿los encuentros entre nosotras no eran casuales? —Naya negó con la cabeza.

—No, quería conocerte. Por eso me infiltré en la empresa y te busqué.

Aquel día en el parque…, no fue casualidad.

Ming, que trabaja para mí, se encargó de que te contrataran como secretaria de Quiang y de que estuvieras presente en la reunión de la fusión.

Cada uno de esos encuentros fue cuidadosamente planeado.

—¿Por qué?

—Porque es la primera vez que veo a mi nieto alguna emoción. —Esto hizo que Nora sonriera irónicamente.

—Por supuesto, me odia —gruñó, Naya en cambio sonrió.

—No lo creo, cuando te desmayaste lo vi preocupado. Mi corazón dio un vuelco en ese momento, creí que había esperanza para él. Tú, eres su esperanza.

—Creo que está equivocada, con la mirada que me ha echado esta noche lo más probable es que quiera matarme.

—Ja, ja, ja. No se atrevería. Tienes más poder sobre él del que piensas, cariño. Además, llevas a su hijo en tu interior .

Nora dejó de respirar, si ella lo sabía, todo estaba perdido. Como acto reflejo se puso la mano en el vientre, y con la que le quedaba libre golpeó el cristal que tenía detrás para llamar la atención del conductor.

—¡Pare, quiero bajarme! —exclamó histérica, alarmando a Naya.

—Niña, ¿qué ocurre?

—¡No permitiré que te lleves a mi hijo! Es mío, soy su madre.

Naya comprendió su miedo y, aun preocupada por la desazón de Nora, su corazón maternal se despertó. Esa mujer no mentía: estaba nerviosa y asustada porque pensaba que iban a utilizar su poder y dinero para quitarle  a la criatura.

Si ella supiera que a Quiang lo habían extorsionado varias veces con descendientes falsos a cambio de dinero, entendería mejor su convicción de que era la mujer apropiada para su nieto.

Se levantó junto a ella y le tomó las manos.

—Jamás haría eso, y no permitiré que Quiang se acerque a tu hijo si tú no le das permiso.

Por favor… Sé que nuestra relación no ha empezado bien, pero te ruego que me des una oportunidad.

—La anciana temía que no la creyera, pese a sus esfuerzos por que lo hiciera—.

Puedo ser tu apoyo, permíteme acompañarte en este camino.

Déjame cuidarte y darme la posibilidad de ser la abuela que nunca fui. Necesito redimirme, te lo ruego.

Naya no pudo aguantar más su tristeza y empezó a sollozar. Sus lágrimas, tan sinceras como su dolor, brotaban sin contención. Nora se unió a ella; los nervios y el peso de toda aquella revelación hicieron que tampoco pudiera contenerse.

Cuando Ocan abrió la puerta se encontró a las dos mujeres abrazadas con el rímel corrido y entre hipidos.

En cuanto ambas lo miraron, empezaron a sollozar de nuevo.

El chófer meneó la cabeza y, sin saber qué hacer cerró la puerta despacio.

Luego se recostó contra la carrocería del coche decidido a esperar a que se sosegaran.

—Mi niña —dijo Naya, una vez más calmada, retirando los pelos mojados por las lágrimas del rostro de Nora—. Si mi nieto intenta algo contra ti, dímelo, yo estoy aquí para protegerte. Desde ahora, no volverás a estar sola.

—Necesitaré otro trabajo. Necesito tiempo para pensar.

—Elige la ciudad y lo tendrás.

¿Podía ser cierto? ¿Tendría a esa mujer como aliada? Rogó porque así fuera, no se veía con fuerzas para enfrentar todo aquello. Y, de pronto una idea fugaz cruzó su mente.

—¿Me estás hablando en español?

La abuela movió levemente la cabeza, restándole importancia.