Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

El taxi no llegó a entrar en la mansión, pero la casa desde fuera parecía impresionante. Nora se repetía constantemente que era la opción más acertada, aunque de vez en cuando su cabeza se quebraba y pensaba lo contrario.

Dos días después del suceso en la reunión, Ming la llevó aparte y le dio un sobre cerrado.

—Es una invitación, dentro de varios días se celebrará una fiesta en la casa de los Fang.

—¿Y por qué me das esto a mí? Solo soy una secretaria — corroboró, sin embargo, al contemplar los ojos entrecerrados de Ming le dio a entender que se hallaba al tanto de todo.

En vez de enfadarse, pensó: «Si sigue cerrando los ojos así, después de que están ya de por sí achinados, no va a ver nada».

—¿Qué está tramando ahora? —esa pregunta hizo que Ming sonriera.

—Veo que ya lo conoces bien.

Nora sonrió. No era su intención, pues aquella frase no tenía nada de especial.

No obstante, su mente libidinosa y juguetona la asaltó con un flash de Quiang desnudo, y se sonrojó.

Al darse cuenta de su estupidez carraspeó.

Demasiado tarde. Ming pareció tener la conciencia igual de retorcida, porque soltó una carcajada como si entendiera lo que estaba pensando.

—¡Ya es suficiente! —cortó toda explicación—. ¿Sabes qué está tramando?

—Con él, todo es imprevisible. Pero sí puedo adelantarte que estarán los accionistas y es muy probable que su hermano y padrastro estén presentes, así como su abuela.

—¿Me dices eso para alentarme a ir o para que no me presente?

—Te ruego que vayas. Aunque no lo parezca, Quiang no tiene a muchas personas que lo respalden, y no sé qué es lo que le pasa contigo.

Él te aprecia, y he visto que te mira de forma diferente.

No soy persona de rogar, más te ruego que lo acompañes ese día.

Por lo menos haz acto de presencia, aunque sea en la lejanía.

—Me lo pensaré.

—Gracias. Puedes llevar a algún acompañante si así lo quieres.

En ese instante, tanto ella como Del se hallaban embelesadas mirando a través de la verja, aquella que las separaba de una multitud de guirnaldas, cordones y luces que iluminaban lo que parecía un hermoso jardín.

—No sabía que existieran casas así —comentó Del, sin dar un paso.

—Es el dinero, amiga mía, el dinero. ¡Vamos! —exclamó agarrándola del brazo y tirando de ella—. Terminemos con esto y volvamos a casa.

—Antes de entrar, tengo que decirte algo —dudó Del. Sabía que no era el momento de informarle de su relación con Ming, pero su sexto sentido le decía que en aquella reunión iban a surgir demasiadas verdades, y no quería que pensara que no confiaba en ella.

—Dime. —Paró su caminar .

—Nada —reculó—. Sabes que te quiero y jamás permitiría que sufrieras por mi culpa.

—¿Estás bien? —preguntó Nora ante esas palabras tan enigmáticas.

—Estoy nerviosa, es una maldita fiesta de ricachones —intentó eludir sus propios temores.

Nora se carcajeó, y aún más cuando el desparpajo de Del volvió a resurgir:

—En fin, vamos a demostrarles lo que es una verdadera fiesta.

Se irguió con decisión sacando el pecho con orgullo. Del, había dejado de lado su estilo más desenfadado y optó esta vez por un largo vestido azul, que ceñía su silueta con elegancia resaltando sus curvas sin caer en lo vulgar.

Los invitados se desplazaban de un lado para otro, todos impecables: los hombres con sus trajes, y las mujeres con vestidos impresionantes y elegantes.

Ellas no se dejaron intimidar. Puede que sus atuendos no estuvieran a la altura de los precios que por allí se veían, pero iban presentables y se camuflaron bien entre la multitud.

En cuanto a Nora, se decantó por un vestido negro un poco más holgado, con los hombros al descubierto y a media pierna.

Su propósito era ir elegante, pasar desapercibida, y de paso esconder un par de kilos que había cogido en esos dos meses de embarazo.

Nada alarmante por ahora, pues solo ella percibía los pequeños cambios en su cuerpo, si bien, en unos meses ya no podría esconderlo tan fácilmente.

Posicionadas en una esquina del jardín, observaban a la gente pasar. Una camarera que portaba una bandeja llena de copas con champán les ofreció a que lo probaran con una sonrisa; ambas cogieron una, pues era primordial estar acorde con los invitados .

—¡No! —dijo una voz a su espalda—. Se giraron las dos a la vez y vieron a Ming con los brazos cruzados.

—Ella no puede beber —sentenció al tiempo que le quitaba la copa de las manos a Nora, dejando a esta aturdida.

Miró a Ming con sorpresa y acto seguido en su plano de visión apareció Del, más blanca de lo normal.

—¿Qué ocurre aquí?

—¡Nada! —exclamó Del demasiado acelerada—. Ming, ¿qué crees que estás haciendo?

—¿Ming? —Los ojos de Nora se volvieron hacia Del, interrogantes, mientras pensaba en desde cuándo tuteaba a su jefe, ese que nunca le hacía caso. No fue necesario que le diera más explicaciones, las miradas entre ellos y su familiaridad, lo decían todo.

—¿Desde cuándo? —preguntó sin darle opción a su amiga.

—Nora…

—¡¿Desde cuándo?! —Volvió a preguntar más alto.

Esto generó que varias personas levantasen la vista hacia ellos.

Sin embargo, pronto siguieron con sus conversaciones, excepto una persona que no las había perdido de vista desde que llegaron.

Naya estaba dentro de la casa, en la planta alta, sin perder detalle de los invitados, y esas dos muchachas eran su prioridad.

Incluso había mandado a Ocan a que se acercara a ellas y las espiara.

—Desde hace un mes, aproximadamente —susurró Del con la cabeza gacha—. Quería decírtelo, pero no encontraba la oportunidad.

—¡Ya! Y el hecho de que me quite la copa de la mano, ¿es por algún motivo? ¿Quizás sabe algo que te he comentado en confianza?

—Yo… Nora.

—Estoy cansada. La fiesta para mí ha terminado, así que cogeré un taxi .

—¡Nora! ¡Aah! —espetó Del, y su enfado se volcó en el causante de aquel embrollo: Ming—. ¡¿Cómo se te ocurre?! —protestó, dándole un pequeño empujón.

—No quería que bebiera demasiado, si se embriaga puede ser perjudicial para su salud —dijo al final.

—Ella nunca bebe. Jamás la he conocido borracha; ni en la universidad, es antialcohol total —indicó con tal énfasis, que incluso sus manos alborotaron el aire.

—¿Ella nunca bebe? —Esta vez una voz masculina a varios metros hizo que el trio levantara la cabeza y sus semblantes perdieran el color.

Del cerró los ojos, sin saber cómo ayudar a su amiga, que se quedó paralizada mirando a Quiang.

—Una conversación de lo más interesante, ¿no crees, Nora? —señaló el presidente, dedicándole una mirada penetrante que, en apenas unos segundos, le reveló demasiado—. No te vayas muy lejos —añadió con un matiz que sonó más a advertencia que a invitación—. Después tendremos que hablar en privado.

Se volvió entonces hacia Ming, con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

—Vamos, Ming. Precisamente, venía en tu busca. Nuestros invitados especiales ya han llegado.

Cuando ambos hombres se marcharon; uno cabizbajo y el otro cerrado en sí mismo, Del miró a su amiga. Iba a disculparse, explicarle e incluso rogarle.

—No. —Levantó la mano acallándola—. Quiero estar sola.