CAPÍTULO 38
La abuela entró como un torbellino en la sala, no necesitaba permiso ni presentación. Quien sí les llamó la atención fue una figura que apareció tras ella, respirando con dificultad y haciendo gala de un bastón bastante inusual.
—No entiendo cómo te has dejado embaucar por esos dos —gritó la anciana, sentándose en uno de los sillones que pilló más a mano—. No creo que te enseñara a ser tan tonto.
—Hola, Naya. Me alegro de verte —dijo Quiang, imitando a su abuela y sentándose detrás del escritorio.
Sin embargo, no le prestaba atención a ella, sino a él, quien sin tapujos se sentó junto a su abuela.
El anciano, que había estado al lado del presidente de Yurveda cuando le fue arrebatada su empresa, lo miraba con ternura.
—Es un viejo amigo —aclaró ella intuyendo su curiosidad, pensando que con esa frase acallaría su interés, pero no fue así.
—¿Y tu viejo amigo ha venido a restregarme también mi estupidez? —Este fue a hablar, si bien, una mirada firme de su abuela lo acalló.
Quiang se retrepó en la silla, aquella escena parecía interesante.
—La relación que yo tenga con el señor Mario Venegas no es de tu incumbencia, si estamos aquí es para ofrecerte un trato .
—¿Ofrecerme un trato? ¿Hablas por los dos? —preguntó Quiang, mirándolos de uno a otro. Cuando ambos asintieron, sonrió—. Soy todo oídos.
—El señor Mario Venegas, aunque dejó la dirección y la presidencia hace unos años a su nieto, posee el 53 % de las acciones de Yurveda. Está dispuesto a ofrecértelas, y así obtendrás la mayoría, por lo que tendrás el control.
—¿Y por qué motivo el señor aquí presente, y que por lo visto no habla, iba a darle a un desconocido sus acciones?
—Ya basta, yo puedo hablar en mi nombre. —espetó el aludido elevando un poco la voz, acallándola de este modo.
Esa familiaridad, hizo que Quiang se sorprendiera y se pusiera a la defensiva. Nunca había oído a alguien hablarle en ese tono a su abuela, y mucho menos que ella lo acatara.
—Aunque delegué a mi nieto la presidencia, sigo poseyendo la titularidad de las acciones. Tengo en mi poder el 53 % de las acciones, y te las ofrezco a ti.
—¿Por qué?
—¡Ay, basta ya! —exclamó esta vez la abuela poniéndose en pie—. ¡Porque es tu abuelo!
—¿Mi abuelo? —preguntó Quiang, agrandando los ojos asombrado.
—Sí, cuando me casé con el que tú conocías como tu abuelo ya iba embarazada. Más por vergüenza que por otra cosa, en esos tiempos se tapó todo. —Acto seguido, miró al hombre que, sentado a su lado, elevó una mano esperando que ella se la cogiera.
—¡Venga ya! —interrumpió Ming, que se encontraba en segundo plano, pero seguía la conversación sin poder evitarlo.
Quiang le lanzó una mirada de reproche antes de retomar el hilo .
—¿Me estás diciendo que este hombre…? —Señaló con el dedo Quiang—. ¿Que el presidente de Yurveda es mi verdadero abuelo?
—Eso estoy diciendo —explicó la abuela con lágrimas en los ojos—.
Nos hemos dado cuenta de los errores que cometimos.
Él pensaba que yo lo había abandonado por no tener nada que ofrecerme, y yo que él sentía miedo por las responsabilidades.
Nuestra juventud, junto a los prejuicios de nuestros padres nos jugó una mala pasada, hasta que el destino ha hecho que nuestros caminos se crucen otra vez.
—Cierto —confirmó el hombre—. Y no pienso dejarte escapar otra vez, mi pequeña orquídea.
Este apelativo provocó que la abuela se sonrojara y sonriera como una niña, dejando a Quiang y a Ming pasmados por el cambio de rumbo.
El CEO no sabía si intervenir, reír, gritar o callar. Aquella escena se estaba saliendo de contexto, sobre todo, cuando intuyó que iban a besarse allí mismo. Ming también pareció predecirlo porque su cara de asco era un poema.
—Te agradezco las intenciones, si bien, no será necesario que me des las acciones —vociferó Quiang levantando las manos para evitar semejante escena; acto que dio resultado, pues la pareja se giró hacia él, más comedida.
—Es tu herencia por derecho, hijo. Es mi manera de resarcirme por no estar contigo estos años, así que permíteme que te ayude. —Sus palabras parecían ser sinceras.
—Si lo hace, perjudicará a su otro nieto —titubeó al decir estas palabras, aun no las tenía todas consigo de que ambos compartieran la misma sangre—, a quien ha criado desde siempre.
—Cierto —dijo el señor Mario Venegas volviéndose a sentar.
Esta vez parecía derrotado—. Lo he criado lo mejor que he podido, mi hijo falleció a temprana edad y le he dado todo.
En cambio, me temo que para ese niño nunca será suficiente.
Además, creo que las personas con las que se junta no son de fiar.
—Estas palabras denotaban mucho más de lo que decían.
—Si quiere ayudarme, venda las acciones al mejor postor. —Que con seguridad sería Tai, dispuesto a hacer lo que estuviera a su alcance para afianzar su poder—. Coja el dinero y disfrute de una merecida jubilación con Naya, si ella así lo quiere.
—Pero ¿qué estás diciendo Quiang? —La abuela estalló como siempre con la energía que la caracterizaba.
—Cálmate, mi pequeña orquídea —dijo el anciano dándole palmaditas en la mano buscando su sosiego—.
Hace tres años que me retiré y desde entonces, he creído ciegamente que mi nieto llevaba bien la empresa.
Viendo lo que ha ocurrido esta noche, he confirmado mis últimas sospechas, y eso entristece mi corazón.
La creé desde cero, puse mi alma en ello y me duele que la hayan convertido en lo que es.
—Después se dirigió a Quiang—. Por eso, haz lo que tengas que hacer, muchacho.
Quiang percibió en aquellos ojos cansados una profunda sabiduría. Aquel hombre conocía el mundo de los negocios, y no habría alcanzado ese cargo sin entender a las personas y ver más allá de lo evidente.
—¿Está seguro?
—Reconozco una buena jugada en cuanto la veo.
Los años, además de artrosis me han dejado mucha experiencia, y ya pocas cosas logran sorprenderme.
Sé que tienes un as bajo la manga, por lo que, si así lo deseas, venderé mis acciones.
Estoy seguro de que tu hermano estará encantado de hacerse con ellas y obtener el control absoluto, sin que nosotros intervengamos. Eso es lo que buscas, ¿verdad?
—Por sus palabras, entiendo que reconoce que la empresa ya la ha perdido.
Si vende las acciones y quieren disfrutar de una segunda oportunidad yo no soy nadie para impedirlo, todo lo contrario, los aliento.
—Quiang no pensaba decirle los planes a un desconocido; aunque tuvieran la misma sangre, no sabía si podía confiar en él o no.
Pero si era lo que intuía, y ese anciano de rostro afable y ojos inteligentes sabía leer entre líneas, vendería las acciones ese mismo día.
—Entonces, ¿nos das tu permiso? —preguntó la abuela entusiasmada.
—¿Desde cuándo necesitas mi permiso para hacer las cosas?
—Desde nunca. Aun así, quedaría bonito que estuvieras de acuerdo.
—Estaré de acuerdo si te hace feliz, por otra parte, si te hace llorar un solo momento… —Miró al que ahora era su pariente—. Haré que lo descuarticen.
Sin embargo, esa amenaza, en vez de amedrentar al anciano, le hizo soltar una enorme carcajada.
—Pequeña orquídea, tiene el mismo temperamento que tú y es tan astuto como yo, vamos a tener que vigilarlo mucho.
Ese comentario hizo que Quiang, hundido en su sillón se sobresaltara, al imaginar que tendría a esos dos merodeando en su vida. Su mala suerte parecía no tener límites, mientras Ming, ajeno a sus pensamientos, se sumaba al jolgorio.
Sin predecirlo, su mano se alargó en busca del pequeño bulto que se encontraba a su lado; un pastelito envuelto en papel de oro brillante.
Con presteza, al igual que un ladrón sin querer dejar rastro de su fechoría, abrió el envoltorio y se lo metió en la boca.
Un suave sabor a vainilla cubrió su paladar.
Recordó aquellos momentos en que su madre le hacía unas bolitas de vainilla; sus favoritas.
Ese sabor, esa fragancia suave que siempre envolvía la cocina, lo identificaba con una infancia feliz hasta el día en que ella falleció.
Desde ese instante, cerró esos recuerdos con el único propósito de no sufrir.
Es lo que siempre hacía: cerrar su mente, su corazón y sus sentimientos.
Aquellos días quedaban tan lejanos, que siempre rechazaba ese sabor, ese olor… Hasta que llegó ella y se lo puso delante. Ahora empezaban a tener un nuevo significado, uno que tenía un nombre: Nora.