Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Nora cargaba con la culpa, sabía fragmentos de la historia de Quiang, piezas sueltas que había escuchado de su abuela a quien, por cierto, no había vuelto a ver.

Tras lo ocurrido, todo cobraba sentido; Quiang se hallaba completamente solo, su padrastro y su hermanastro se habían aliado en su contra.

La fusión era crucial y estaba al borde de perderla.

No sabía por qué le había pedido que se quedara, pero su maldita conciencia no dejaba de reprocharle haberlo abandonado.

Si se hubiera quedado, ahora tendría una respuesta.

Eran casi las siete de la tarde, y aunque su jornada concluía a las cinco, había optado por prolongarla un poco más. Esas horas, sin embargo, resultaban improductivas, pues su mente demasiado imaginativa, vagaba sin rumbo a una sala vacía frente a un presidente derrotado hundido en una silla.

Ofuscada, decidió irse a casa. No obstante, a mitad de camino pataleó como una niña pequeña y bufó varias veces. Terminó por claudicar y dirigirse al lugar que, si era inteligente, debía de rehuir.

Si se lo dejó en el sillón, en él seguía. No estaba solo, Ming a su lado, también cabizbajo absorbía de manera incontrolada el líquido amarillento de un vaso repleto. Al verla, se levantó y sonrió .

—Debo hacer unas gestiones, nos vemos luego —dijo asintiendo y casi corriendo hacia la salida. Al pasar junto a ella, le susurró—: Cuídalo. —Y cerró la puerta tras de sí.

Estas palabras la desconcertaron, pero las entendió cuando miró de nuevo hacia el presidente. Apenas había levantado la cabeza, en su mano no descansaba un vaso como observó en Ming, sino una botella entera que apenas le quedaba unos dedos de líquido al fondo.

«Otra vez borracho», negó con la cabeza.

Se acercó, mientras que por el camino dejaba el bolso en lo alto de la mesa, no sin antes abrirlo y coger un pequeño envoltorio.

—Señor presidente —dijo con voz calmada, al recordar que una vez leyó en una revista que, a los ebrios, tenían que dirigirse con calma para no alterarlos.

Este levantó la cabeza.

—Deje de beber, así no se solucionan los problemas. Vamos, debe de estar despejado para darles una buena patada en el culo a esos dos. Le dejo aquí un pastelito de vainilla. Sé que le gustan, así que cómaselos, le vendrá bien tener algo en el estómago que no sea alcohol.

Nora arrugó la frente al analizar aquellas palabras y pensó que no debía hablarle con tanta familiaridad. Era su jefe, no el hombre con el que ella soñaba casi todas las noches, hasta que la realidad la azotaba y se maldecía por su estupidez.

Quiang murmuró algo, aunque Nora apenas logró entenderlo.  Alzó la botella y, por un instante, ella temió que se le resbalara de las manos. Su primer impulso fue arrebatársela.

—Deje de autocompadecerse y despierte, tiene cosas que hacer —farfulló de nuevo dejándose llevar, soltando la botella en la mesa lejos de él.

En cuanto se descuidó, él la aferró por el brazo y tras un pequeño empujón la sentó en sus piernas .

—Eres bonita —balbuceó tragando saliva y examinando cada una de sus facciones.

—Solo me ves bonita cuando estás borracho, y eso es malo para tu hígado y para mi salud mental —dijo intentando levantarse, sin poder hacerlo.

—Me has defendido, Nora.

«Es eso. ¿Cómo ha sido tu vida cuando ese pequeño detalle te ha conmovido?», se preguntó ella.

—Tú vales mucho más que ellos. Lo que has conseguido es por tu trabajo, te he visto dedicar horas y horas a este proyecto.

Apenas comes y no duermes mucho, eso debe tener una recompensa, porque si no, ¿qué nos queda a los que somos normales y corrientes?

Si nuestro esfuerzo no es valorado, no nos queda nada.

—Me gusta tu voz, me gusta cómo hueles —murmuró mientras que la acercaba a su cuerpo, y su cabeza se inclinaba hacia su cuello para impregnarse de su fragancia.

—Señor, está borracho otra vez; hasta me está tuteando. Contrólate...contrólese...ohhh, por favor. Luego no quiero que lo malinterprete y me diga que soy una aprovechada.

Esto hizo que Quiang soltara una pequeña carcajada.

—¿Y si te dijera que puedes aprovecharte de mí cuanto quieras? —Esta vez apartó su rostro y la miró sin soltarla del cuello. No era un gesto de posesión, sino de devoción.

Nora se dejó llevar por un pequeño lapso de debilidad al percibir al hombre que ella añoraba, y sus ojos, incitados por sus pensamientos, observaron por unos segundos esos labios.

«Dios, ¡qué tentación!», se dijo a sí misma.

—¡No! No puedo dejarme llevar de nuevo, ya tengo bastante con que no pueda borrar el día en que fuiste mío… Quiero decir… ¡Aah! —Intentó evadirse, sonrojada por sus palabras, por su cercanía y por lo que a ella le gustaría hacerle en ese momento.

—¿Sueñas conmigo? —ronroneó Quiang en un murmullo, acercando más su boca a la suya. Al presionar con suavidad su cuello le transmitió que la había entendido, instándola a que se acercara a él.

—Basta, por favor —clamó Nora, poniendo sus manos en su pecho para alejarlo, un error que le recordó su figura marcada e imponente, haciéndola emitir un gemido de satisfacción sin predecirlo—. Esto no es un juego. No…

Quiang hizo caso omiso a su deseo, sus labios rozaron los de ella con timidez varias veces, tanteándola, excitándola, esperando una reacción que no tardó.

Nora entreabrió su boca, invitándolo a seguir con su exploración y Quiang no dudó en aprovechar esa oportunidad.

—Esto no está bien. No… —El sabor a whisky , combinado con el roce de sus manos deslizándose por su espalda, la desconectó de todo pensamiento racional de tal modo, que no pudo terminar la frase.

Dominada por el impulso y carente de control, se levantó de sus piernas, y en vez de huir, se sentó a horcajadas sobre él. Enredó sus manos en su cabello y se dejó llevar por el ritmo sensual que poco a poco iba creciendo.

Las manos de Quiang se posaron en su trasero y con un empujón la acercó a él, dándole a conocer lo excitado que se encontraba.

Sus bocas sedientas se dejaron de rodeos y sus lenguas se enredaron en un baile sin fin.

De pronto, Quiang la alzó con facilidad y la sentó en la mesa a la vez que se posicionaba entre sus piernas.

La quería, la necesitaba allí mismo, necesitaba desprenderse de ese maldito día.

—Siento interrumpirlo, señor —objetó una voz al final de la sala, mirando hacia un cuadro desapercibido que tuvo su momento de gloria .

Cuando de soslayo, se cercioró de que la pareja ya estaba en pie; él cabreado y ella sonrojada, prosiguió.

—Perdone la interrupción, señor. Su abuela va subiendo por el ascensor.

—¡Tu abuela! Nooo, otra vez no —vociferó Nora muy nerviosa, entretanto lo empujaba y se alejaba.

—¿Otra vez? —preguntó Quiang sorprendido, moviendo mínimamente su cuello en busca de un poco de consuelo, y para concentrarse en otra parte del cuerpo que no fuera su entrepierna.

—Es una larga historia y yo debo irme. Dios mío, ¿qué estoy haciendo?

—Se dio un pequeño golpe en la frente con el torso de la mano—.

Debo ser la más idiota del universo. ¡Y deje de beber cerca de mí!

—gritó a la vez que cogía su bolso de forma acelerada y casi atropellaba por el camino a Ming, que se encontraba en medio de la puerta.

Ambos hombres la observaron alejarse sin mediar palabra, hasta que a Ming le surgió una duda.

—¿Por qué dice que ha bebido? —preguntó al aire, aun observando por donde ella se había marchado.

—No lo sé. Creo que tiene la vaga idea de que estoy ebrio —dijo Quiang, dejando caer la frase con un cansancio que no intentó ocultar.

Su mano, casi por inercia, se posó sobre la mesa y rozó un pequeño objeto. Al concentrarse en él, lo reconoció: el envoltorio amarillo brillante que Nora le había dejado era un pastelito de vainilla. Ese gesto tan simple le había descolocado más de lo que admitiría.

—Quítalo de mi vista —ordenó sin levantar la mirada.

—Claro —respondió su secretario, obediente como siempre. Lo tomó sin pensarlo dos veces y, acto seguido, se dispuso a llevárselo a la boca .

—¿Qué haces? —La voz de Quiang se tensó.

—Me ha dicho que lo quite de su vista —replicó Ming, como si fuera lo más lógico del mundo.

—Suéltalo, no es hora de comer —gruñó Quiang.

El pellizco que sintió en el pecho fue tan repentino que casi altera ese control practicado durante años. Como si ese pequeño pastelito, ridículo e insignificante fuera suyo, como si le perteneciera algo más que el envoltorio.

—Mi abuela está por llegar —añadió, intentando que su voz sonara firme, cuando en realidad solo buscaba una excusa para justificar aquella reacción absurda.

Pero Ming lo miró de reojo, y en ese silencio quedó claro que ambos sabían, que no tenía nada que ver con la abuela.