Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

—¿Qué me estás diciendo? —aulló Naya levantándose del sillón—. ¿Cómo es posible?

Su secretario Ocan, y su mano derecha no dudó en ponerla al día de los acontecimientos.

—Han estado comprando las acciones de Yurveda a través de terceros.

En estos instantes, cuentan con el apoyo del nieto del presidente que es quien maneja las acciones y han obtenido la mayoría absoluta.

Quiang no tiene nada que hacer, si quiere salvar parte de su patrimonio, tendrá que vender sus acciones a bajo precio de Ensamblaje S.L.

—Pero ha invertido mucho tiempo y dinero en adquirir esa empresa y fusionarla con la suya. —Naya elevó las manos, inquieta.

—Tiene que desvincularse pronto. Si no lo hace, su patrimonio en la empresa principal Kung Fu Panda S.L, también peligra. Tendrá incluso que vender algunos activos para recuperar su inversión.

—Sí, eso es cierto, ha invertido muchos recursos en la producción de su mercancía.

Sin esa empresa de transporte internacional, tendrá que empezar de nuevo o conseguir otra en pocos días, y eso conllevaría más costes y dinero; no tendrá tiempo de que entren activos.

Sabía que Zaru era un canalla, pero no hasta ese punto .

—Si los accionistas ven a Quiang como un fracasado o como un empresario que no está a la altura de sus expectativas, le cerrarán muchas puertas y será difícil que se mueva de nuevo en el mundo de los negocios.

El único propósito de este hombre es desprestigiarlo, sea como sea, siendo partícipe de intentos de asesinatos o incluso, manipulando a su propio hijo biológico para ponerlo en contra de su hermano.

Ocan era el único al que permitía hablarle de ese modo. Después de más de veinte años a su servicio, no tenían secretos y las escabrosas manipulaciones de su familia le eran conocidas.

—He dejado durante mucho tiempo que se saliera con la suya. Enamoró a mi hija, la dejó embarazada y luego la relegó —Naya suspiró y sus ojos se empañaron—, no dejaré que lo haga con mis nietos. Aún no es tarde para Tai, intentaré que vuelva a mí de nuevo.

—En ese caso, deme las instrucciones.

—Vamos a la reunión, esos dos deben saber que todos mis recursos y mis acciones en otras empresas se las cederé a Quiang. Si siguen molestándolo, tendrán que vérselas conmigo.

—¿Esa acción no se verá como una intervención?

—¿Qué quieres decir?

—Hace unos años le comentó a Quiang que estaba solo, le entregó dinero y le instó a construir su propio futuro sin depender de usted. Le dejó claro que no podía contar con su apoyo.

—¡Sé lo que dije! Pero mi intención solo era que se convirtiera en un hombre con iniciativa, que valorara el esfuerzo y sacrificio. No quería un gorrón como Zaru, que todo lo consigue a base de manipulaciones y traiciones, hice lo mismo con Tai.

—Sin embargo, Tai tenía a su padre y Quiang no tenía a nadie.

La abuela lo miró. Su rostro reflejaba incertidumbre, puede que incluso desazón, no enfado por aquellas palabras .

—¿Crees que hice mal?

—Creo que hizo lo correcto, se ha convertido en un gran empresario.

—No estoy segura de ello, pues es autoritario, distante y se esfuerza tanto que ha olvidado vivir. Además, si ahora pierde por lo que tanto ha batallado se quedará sin nada. Me temo que dejarlo luchar contra titanes llenos de odio en solitario, sin un respaldo, no ha sido buena idea.

—Entonces, ¿a qué esperamos? Vayamos a ayudarlo —la instó Ocan, abriendo las puertas correderas y apartándose para dar paso a su señora.

Naya, a pesar de su edad, era una mujer que siempre se había cuidado haciendo gimnasia y, en ese momento, incluso andaba más deprisa que Ocan, seguido de sus dos fieles guardaespaldas.

Por el camino, sobrepasó a un empleado de la limpieza que se la quedó mirando; quizás encontrara alguna similitud en el rostro de esa mujer que destilaba poder con la limpiadora, a la que habían hecho bullyng por el simple hecho de ser diferente.

La comitiva siguió avanzando, imparable.

Nada podía detenerlos, excepto aquella voz.

Una sola voz que, entre el murmullo de la sala, atravesó el aire como un latigazo y que fue lo único capaz de hacer que Naya se detuviera en seco.

El sonido evocó un pasado que ella había enterrado con esmero, encerrado bajo llave porque dolía demasiado.

Despacio; demasiado despacio, como si el tiempo se hubiera ralentizado giró la cabeza.

Era una escena sacada de un C- drama: el mundo difuminado, su respiración suspendida, el corazón golpeando con fuerza. Despacio…, más despacio.

Joder, qué lentitud. Hasta que por fin lo vio .

En cuanto sus ojos encontraron, aquellos que tanto había intentado olvidar, su cuerpo se paralizó. El hombre que avanzaba hacia ella tenía la misma expresión de incredulidad, como si ambos hubieran visto un fantasma.

—Pequeña orquídea, ¿eres tú?