CAPÍTULO 35
La sala se encontraba impregnada de testosterona.
Las miradas, algunas iracundas y frías, contrastaban con otras más tímidas y superficiales.
Nadie entre los presentes podía imaginar que el enigmático y seguro presidente, estaba en realidad nervioso.
Para él, aquella reunión representaba un punto decisivo en su futuro.
Desde la cabecera, acompañado por su secretario y un traductor, observaba con atención el escenario. No alcanzaba a comprender por qué el departamento de archivo había enviado a dos empleados para registrar la sesión.
Tal vez era costumbre en aquel país, pero la presencia de Nora entre ellos alteraba su ánimo y decidió que pediría explicaciones a Ming más tarde. Mientras tanto, la veía al fondo de la sala, absorta en sus notas, empeñada en pasar inadvertida sin levantar la mirada del papel.
«Tonta…, por mucho que te escondas, sé muy bien cuando estás cerca». Su subconsciente lo taladró con esa frase, que borró inmediatamente.
Ming solo tuvo que alzar un poco la voz para que todos los presentes le prestaran atención:
—Hoy es un día para celebrar. En breve, tendremos lista la primera partida de mercancía, y empezaremos un nuevo comienzo que generará un amplio camino hacia el éxito.
No debemos verlo como una derrota por parte de Ensamblajes S.L, sino como una nueva oportunidad.
Con nuestro apoyo y nuestros recursos las acciones subirán.
Esta colaboración también se extenderá a la empresa Yurveda aquí presente.
—Ming, señaló a un anciano y al joven que lo acompañaba; su nieto—. Trabajaremos estrechamente y…
En ese momento, las puertas se abrieron de golpe dejando la sala en silencio.
La mayoría se preguntaban quién era el osado que perturbaba la reunión.
Tras oír un pequeño escándalo en el pasillo, varios hombres irrumpieron en la habitación, seguidos de Tai y su padrastro, ambos con un semblante serio y con demasiados aires de superioridad.
—Me temo que tendremos que hacer unos pequeños cambios —murmuró Tai, acercándose con paso firme.
Con desdén, lanzó los papeles sobre la mesa, mientras una sonrisa irónica y sardónica se dibujaba en su rostro como una máscara de burla.
Quiang los recogió y, una vez que los ojeó por encima, lo entendió todo.
—Has comprado acciones de esta compañía. —Sonrió, al tiempo que dejaba la documentación en la mesa y miraba directamente al recién llegado—. ¿Qué pretendes con ello?
—No solo de esta compañía, sino también de Yurveda. No pretendo nada más que salvar a esta empresa de tus planes mediocres que solo los conducirán a la bancarrota. No puedo permitir que nuestro apellido se refriegue por el fango, ¿no crees?
—¿Ese es todo tu alegato?
—Sí. Me temo que este no es tu lugar.
Quiang no ocultó la mirada de resentimiento que le dirigió a su hermano menor .
—Hasta aquí hemos llegado, Tai —dijo levantándose y encarándolo.
—Cierto, y agradezco que te hayas levantado —pronunció con prepotencia y altivez, mirando a los presentes—.
Permítanme presentarme como corresponde: soy Tai Fang y he adquirido el 10 % de las acciones de Ensamblajes S.L.
En calidad de socio mayor, tengo voz y voto en esta reunión, por lo que les aseguro que esta compañía saldrá del bache en que se encuentra.
Las acciones alcanzarán un valor superior al del mercado, y quedarán libres de las absurdas restricciones impuestas por el presidente Quiang.
—Aún te queda un poco para igualar la mayoría absoluta —rebatió Quiang.
—¿Quién necesita la mayoría absoluta de tu compañía, si tengo a mi merced el transporte? No podrás mover la mercancía ni dentro ni fuera del país y las acciones caerán en picado, tanto de Ensamblaje S.L como Kun Fu Panda S.L. Si no vendes ahora, estás acabado.
Quiang observó a los presentes, hasta que su mirada se concentró en el anciano, el fundador de la corporación Yurveda.
—Si eso es cierto —dijo el aludido desde el fondo de la mesa, que procuraba pasar inadvertido. Sus ojos, sin embargo, brillaban con inteligencia y seguían la escena con vivo interés—, propongo que retomemos las conversaciones y nos concedamos unos días para decidir los próximos pasos.
—No es necesario —interrumpió su nieto, sentado a su lado—, todo está dicho. Yurveda no se encargará de distribuir la mercancía. Si quieren salvar los activos, deberían vender.
Algunos sacudieron la cabeza, confundidos; otros, como los dos antiguos directivos de Ensamblajes S.L que acudían a la reunión, mostraban un rostro preocupado. El anciano ante las palabras de su nieto se pronunció .
—Entonces, creo que todo está dicho. —Se levantó ayudado por un bastón, a la vez que miraba a Quiang con calidez—. Los negocios son los negocios, muchacho, hay que estar a la altura.
En el momento en que el hombre y el joven se levantaron, casi la totalidad de la sala, miembros de la corporación Yurveda, los siguió, quedando prácticamente vacía.
En cuanto a la otra parte perteneciente al sector vinculado a Quiang, apenas unos directivos y administrativos, dudaban entre abandonar la sala sin el permiso del presidente o quedarse.
—Has perdido, hermano —pronunció Tai en su idioma materno, disfrazando su traición tras el velo de la falta de conocimiento de los presentes.
—Eso te hace feliz ―respondió Quiang jugando a ese juego—. Dime, ¿desde cuándo soy tan importante en tu vida para que andes como un perro tras de mí?
Tai fue a acercársele de malos modos, pero su padre, Zaru, más prudente lo agarró del brazo impidiéndoselo.
—No te dejes embaucar. Solo es un animal herido que quiere morder.
Mantén la compostura. —Luego se dirigió a Quiang—.
Estás acabado. En cuanto los accionistas de tus empresas tengan conocimiento de que no podrás sacar la mercancía que has producido estos días fuera del país, te darán la espalda y se unirán a mí.
—Puede que te hagamos nosotros una oferta «hermano» —emitió Tai, introduciéndose en la conversación.
—Esto no quedara así —rebatió el presidente.
—Por supuesto que no, aún tengo que verte más en el fango. Estás solo, no tienes a nadie.
Hijo y padre iban a marcharse, cuando Tai percibió a Nora. No pudo dejar la oportunidad de meterse con ella, a sabiendas que esto molestaría a Quiang .
—Vaya. Hola, preciosa, ¿me recuerdas? —dijo Tai dirigiéndose a la secretaria, dándole un beso al aire.
Nora recordó aquella noche en la que se sintió acorralada y asustada. No obstante, hoy tenía un buen día. Con la carpeta entre sus brazos y su pecho a modo de escudo, lo miró con la más dulce de las miradas y la adornó con una sonrisa empalagosa.
—Si quieres, podemos retomarlo donde lo dejamos. Te haré ese favor. Ay, qué lástima que no me entiendas. ¿Quieres traducir Quiang? Algo se te dará bien.
—No es necesario, entiendo perfectamente sus palabras —dijo Nora sin perder la sonrisa—. Y soy lo bastante mujer para reconocer a las ratas. Los hijos de papá que solo saben recoger las migajas que los demás van dejando, no me llegan a la suela de mis zapatos.
Tai, tras una breve sorpresa inicial, no pensaba dejarlo estar.
—Es posible que me equivoque, Quiang, quizás te quede ese estúpido ayudante, y esta vieja secretaria, que puede que tenga un buen polvo…
Apenas terminó de decir esas palabras cuando un puñetazo impactó contra su cara haciéndolo caer.
—Todavía es mi empresa. ¡Así que lárgate o haré que te echen a patadas!
Quiang habló con ojos fríos y calculadores, revestido de una calma imperturbable después de la tormenta, como si nada pudiera despeinarlo. Tai se levantó dispuesto a enfrentarlo, pero de nuevo Zaru intervino y le susurró algunas palabras al oído.
Fuera lo que fuese, logró apaciguarlo. Con gesto firme, se alisó la chaqueta y cruzó la puerta. Antes de marcharse, lanzó a Quiang una mirada envenenada de odio, y a Nora, un destello que no pasó inadvertido .
—Marchaos —les dijo el presidente a los presentes, que se habían percatado de la situación, a pesar de no haberse enterado de nada.
Si bien antes de que Nora saliera por la puerta, la llamó.
—Nora, quédate.
—Tengo mucho trabajo, señor —dijo para evadirse, a la vez que aferraba la carpeta a su pecho con demasiado ahínco y no levantaba la mirada.
Nora ignoraba si sus piernas temblaban por la furia en la mirada de Tai o por la crueldad de sus palabras. Lo que más la hería era la certeza de que, ambos hermanos, la veían como un objeto sin valor, destinado a ser usado en sus rencillas familiares y despreciado a su conveniencia.
Quiang advirtió su malestar, y en lo más hondo de su ser un diminuto fragmento de su corazón se ablandó.
—Puedes marcharte —alcanzó a decir.
En cuanto la sala quedó vacía y no hubo la necesidad de fingir, se dejó caer en la silla desbordado por las emociones enfrentadas que le provocaba su hermanastro y, ahora, como un peso inesperado, una más: Nora.
«¿Qué me está sucediendo con ella?», se obligó a hacerse la pregunta, aun cuando rechazaba a que saliera a la luz lo que quería ocultar.