Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas Epílogo
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Epílogo

Seis meses después.

—¡Hijo de puta! ¡No vas a tocarme más!  —Fue lo único que pudo decir.

La mano de Quiang aprisionada por la menuda mano de Nora se quejaba en silencio, nunca pensó que su bella mujer tuviera tanta fuerza.

—Respira, Nora —resopló poniéndole el ejemplo—, como nos ha dicho la matrona. Sopla: ofú, ofú, ofú

—Aah, ¡deja de soplarme en la cara! —gritó Nora como una posesa, mientras abierta de piernas, su hijo empezaba a asomar la cabeza hacia un nuevo mundo.

—Piensa en algo bonito, ya queda poco. —La mano de Quiang fue retorcida a conciencia.

«Joder, ¿cómo tiene tanta fuerza?». Trató de evadirse, pero fue imposible. Al final iba a terminar con los huesos rotos.

—Vamos, Nora, ya lo veo, sigue así. Empuja cuando te lo diga —la animó la doctora, que tenía la cabeza entre sus piernas y solo le veía la parte de arriba de la cabeza al bebé.

Una nueva contracción .

—Cásate conmigo —le soltó Quiang de sopetón, mientras que la contracción bajaba de intensidad hasta que llegara la siguiente.

—¡¿Y me lo dices ahora?!

—Respira… ofú, ofú, ofú —contraatacó él.

—Vamos, Nora, es el momento de que tu hijo vea la luz. ¡Empuja! —indicó la doctora muy enfrascada en su trabajo, ajena a la ridícula conversación.

Después de unos minutos interminables para Nora y para la mano de Quiang, un llanto infantil llegó a sus oídos.

Las lágrimas de la madre no se pudieron contener cuando le pusieron a su hijo en brazos.

Quiang, a su lado, pretendía que su hombría como él decía, no se menoscabara.

De vez en cuando cerraba los ojos, más fuerte que de costumbre para impedir el paso de las lágrimas.

—Sí —dijo al fin Nora cuando pasaron los primeros minutos.

—Sí ¿a qué? —preguntó, aun sabiendo a lo que Nora se refería.

—Sí. —Sonrió satisfecha con su nueva vida. Por fin no se sentía sola, tenía una familia. No muy convencional, pero una buena familia.

Naya y Mario, la habían aceptado desde el principio y sabía que, si las cosas con Quiang no hubieran funcionado, ellos estarían allí, apoyándola.

Eran verdaderos ángeles con Nicole, a la que querían con locura; quizás demasiado complacientes.

Ahora, con el nuevo nieto, seguro que se volcaban en darle todo el amor posible.

Su amiga Del y su nuevo amigo Ming, se habían convertido también en parte de su vida. Verlos juntos era un gran motivo de alegría, la misma que le dieron meses antes cuando le informaron de que iban a casarse.

Y Quiang, su gran amor, aquel que se había afanado en colmarla de atenciones y de que no dejara de ser feliz; el que iba personalmente a comprar algún antojo matinal o de madrugada con una sonrisa, jamás le había exigido nada.

Para ella un papel con promesas de una vida juntos no le servía, pues lo que necesitaba ya lo tenía.

Nicole y él mantenían una relación excelente.

Su hija, embelesada por su CEO, les decía a sus amigas que su padre era mejor que los protagonistas de las novelas, más guapo y más rico.

En vez de sentirse agraviada por la diferencia de rasgos, se enardecía en llevarlo de la mano y se sentía una privilegiada.

Verlos intentar comunicarse, Quiang esforzándose con el español y Nicole chapurreando en su nivel de inglés escolar, era un auténtico deleite.

A veces cuando Naya los visitaba, ambas observaban aquella escena, y con solo mirarse se lo decían todo.

No se había dado cuenta que su pequeña necesitaba una figura paterna hasta que la tuvo.

Y, en cuanto a ella, ese hombre que aparentaba dureza y altivez la adoraba, igual que a sus hijos, con una devoción que jamás habría imaginado.

No sabía qué le depararía el futuro, pero tenía claro que HABIA VIVIDO EN PRIMERA PERSONA UNA HISTORIA DIGNA DE LOS MEJORES C-DRAMAS. ELLA, UNA MUJER NORMAL CON SUEÑOS IMPOSIBLES.

FIN