Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Por fin, la puerta se abrió y apareció Nora visiblemente alterada, que como de costumbre entró en el apartamento sin permiso.

—Has tardado mucho en abrir —dijo sin parar su paso, dejando sus pertenencias en una pequeña mesa para terminar sentada en el sofá que tanto conocía.

—No he tardado tanto —contestó Del, frotándose los ojos con la manga.

—¿Estabas dormida? Apenas son las nueve de la noche.

—Solo me he echado un rato, me dolía la cabeza. —Del, titubeó.

—Sí, y has debido tener una pesadilla porque tienes el cabello todo revuelto.

Esto provocó una mueca de disgusto en Del, pero pronto se apaciguó.

Nora no estaba allí por casualidad, casi nunca dejaba a Nicole a solas, a no ser que fuera algo imprescindible.

—¿Ha pasado algo? —preguntó sentándose junto a ella, curiosa y a la vez en guardia.

—Mira. —Señaló con el dedo el objeto que traía consigo. Enseguida que Del lo vio, se escandalizó .

—¿Cómo las has conseguido? No aparecieron cuando nos infiltramos en el despacho.

—Él me las ha dado. —Aquella idea le quedaba clara, porque sabía que permitirle llevárselas equivalía en el fondo a entregárselas. Si se hubiera opuesto, ella no habría podido hacer nada.

—¡¿Él?! ¿Lo sabe? ¿Sabe que eras tú la de esa noche? ¿Y qué te ha dicho? —Empezó a palparle por encima de la ropa hasta que la agarró por los hombros—. Te va a despedir. ¿Te ha gritado? ¡Háblame, por Dios! —La zarandeó.

—No me ha hecho nada, se veía tan confundido como yo. En un principio, pensó que quería aprovecharme de la situación, pero creo que ya está todo aclarado, porque al final del día me han informado que vuelvo a mi antiguo trabajo en los archivos.

—¿Eso te parece bien?

—Mejor así. Estoy segura de que lo ha decidido porque vernos resulta muy incómodo para ambos.

—No eres estúpida, solo has tenido mala suerte de que fuera tu jefe. No obstante, pensándolo bien, puede que seas un poco tonta.

—Mira quién fue a hablar. Te recuerdo que te acostaste con el tuyo; ese Ming al que llamas pomposo impotente. Si te ha molestado, dímelo y lo pondré en su sitio.

Del se enrojeció ante ese comentario y sus ojos parpadearon varias veces, nerviosos.

—Ah, no me ha molestado, fue muy educado cuando…, ya sabes, cuando me atacaron —dijo con una sonrisa esquiva—. Ya no lo llamo así.

—¿Cómo? ¿Ya no es pomposo? A lo mejor es impotente.

—Deja de decir tonterías, me has asustado al venir tan tarde. ¿Aún no has llegado a casa? —forzó el cambio de conversación .

—Necesitaba pensar y reorganizar mi vida.

Aunque gano un buen dinero, por un momento decidí cambiar de trabajo y alejarme de todo.

Pero ahora, en mis circunstancias, dudo que alguien quiera contratarme y, si lo hacen, apenas me incorpore me despedirán, y no puedo permitírmelo.

Así que tendré que seguir algunos meses más hasta que nazca el bebé —soltó Nora de golpe sin detenerse a respirar.

—¡No!

—¿No?

—Digo que has pensado bien. Perdóname, es mi dolor de cabeza, no sé lo que digo. Me tomé unas pastillas y aún estoy adormilada.

—Siento haberte molestado, debes seguir descansando.

Nora se levantó con la intención de marcharse, pero Del la siguió, y la cogió de la mano.

—Siempre serás bienvenida. Si quieres quedarte, mi casa tiene las puertas abiertas para ti y si necesitas hablar, estaré ahí. Sabes que eres más que una amiga; eres mi hermana, y tanto Nicole como tú me tendréis eternamente.

Aquellas palabras rompieron la tensión que Nora había guardado en silencio y que fingía no sentir. Un gemido se le escapó, y sus ojos comenzaron a brillar, empañados por la angustia que la había atenazado los últimos días. Al final, las frases que tanto temía decir en voz alta brotaron sin remedio.

—Estoy asustada. Vivir en soledad y criar a una hija sin apoyo ya era duro, y ahora esta situación… —La miró con el alma en un puño—. Tendré otro ser al que cuidar. Me aterra no hacerlo bien; no tener fuerzas para salir adelante. Yo…

Del, uniéndose a su angustia la abrazó y, por fin pudo dar rienda suelta a sus emociones apenas contenidas. Cerró los ojos y se dejó envolver por ese cálido abrazo .

Minutos después, Del le secaba sus mejillas húmedas mientras que las lágrimas corrían también por su propio rostro.

—No estás sola, cielo, me tienes a mí. Seremos dos madres, y juntas cuidaremos a los pequeños para ofrecerles lo mejor. ¿De acuerdo? Ahora dejemos de llorar, somos dos mujeres fuertes y podremos con todo.

—Gracias —dijo Nora retirándose un poco—, contigo me siento arropada. Sé que eres más que una amiga, eres mi hermana y jamás me fallas.

En ese momento los labios de Del se estremecieron con un temblor involuntario.

—Yo… no…

Nora al ver su rostro descompuesto, se obligó a sosegarse.

—Está bien, dejemos de llorar. Ya hemos derramado suficientes lágrimas por hoy —murmuró, al tiempo que ella misma se las limpiaba con la manga, como si así pudiera borrar la pena y recuperar la apariencia de calma—.

Regreso a casa, necesito descansar. He vagado demasiado y deseo el abrazo de mi hija.

—No estás bien para conducir, yo te llevo —se ofreció Del.

—No hace falta, no vivo lejos. Quédate tranquila, llegaré bien.

—Sigo pensando que es mejor que te lleve.

—No. Gracias por escucharme.

—No seas tonta. —Nora recogió sus pertenencias y la abrazó de nuevo—. Llámame cuando llegues a casa.

—Sí, mamá —dijo Nora, perdiéndose por la puerta.

En cuanto Del, vio cómo la figura de su amiga se alejaba por el pasillo agachó la cabeza, derrotada. Aunque Nora aparentaba ser una mujer fuerte, a veces, como en ese momento, le dejaba ver su vulnerabilidad.

Deseó acompañarla y ofrecerle consuelo, pero la culpa que la atenazaba le impidió dar un paso más e insistir, por lo que cerró la puerta de forma sigilosa y, sin preámbulos, se golpeó la cabeza contra la madera, mientras apoyaba las manos en ella.