CAPÍTULO 32
Ming entró en el despacho disculpándose:
—Entiendo que esté enojado, pero estoy seguro de que tendrán una buena razón para hacer lo que hicieron. Es evidente que no querían llevarse nada de valor.
—Lo sé, ya tienen lo que querían —dijo Quiang sentándose en el sillón, mientras posaba los codos en la mesa y apoyaba sus manos entrelazadas en su barbilla.
—¿Y puedo saber qué era?
—No sería un caballero si te lo dijera —respondió, esta vez con un tono sorprendentemente jovial, casi burlón, como si recordara las palabras de Nora, y estas le provocaran una chispa de diversión inesperada—. No obstante, te diré que abras el armario y me digas si falta algo.
Ming lo miró con desconcierto. La actitud de Quiang no encajaba con la gravedad que había mostrado minutos antes.
Aun así, obedeció. Caminó hacia el armario con pasos lentos, como si temiera encontrar algo que no quería ver.
Abrió las puertas y revisó los estantes uno por uno.
Sabía que Quiang había guardado allí un objeto que, según él, simbolizaba su humillación; un recordatorio silencioso de una noche que prefería no mencionar, pero que pensaba conservar hasta dar con el culpable y cobrarse su deuda .
—No sabría decirle —admitió Ming, frunciendo el ceño mientras repasaba cuidadosamente las baldas una y otra vez—. Sé que a veces lo abre y mira su interior, pero desconozco lo que busco exactamente.
—En él guardaba un objeto que me recordaba esa noche —explicó Quiang cruzándose de brazos, observándolo con una mezcla de paciencia y diversión—. Y ya no lo tengo, la señorita Nora se lo ha llevado. Según ella, le pertenece.
Ming se giró de golpe, como si el nombre le hubiera atravesado la espalda.
—¡¿Ella?!
—Ella —confirmó Quiang, y su tono no tenía ni rastro de enfado. Al contrario, parecía casi entretenido, como si la situación le resultara irónicamente satisfactoria.
Ming parpadeó, incrédulo.
—¿No está enfadado?
—Debería estarlo, en cambio, ahora lo veo de otra forma. Yo no controlaba mis actos y al parecer, ella tampoco. De alguna manera, al retenerme hizo que no saliera de la habitación en tu busca. Si lo hubiera hecho, quizás aquellos que me drogaron hubieran tenido una oportunidad para seguir su plan.
—Me alegra que piense eso. —Al terminar aquellas palabras, se dio cuenta de sus connotaciones.
—¿Por la cercanía a la señorita Delfina?
—Porque no parece una mujer que se aprovecharía de la situación. —Intentó eludir ese camino—. ¿Entonces está en deuda con ella?
Quiang no le dio una respuesta, pero ver cómo se echaba hacia atrás en el sillón y se relajaba después de tantos meses de tensión, lo confirmó .
—Lo que he de reconocer, es que corroborar que no tiene ninguna conexión con Tai, me ha quitado un peso de encima —admitió, dejando escapar un suspiro que llevaba demasiado tiempo retenido.
—¿Tai? ¿Ella lo conoce?
—Lo conoció en la fiesta.
La palabra «fiesta» le cayó como un golpe seco, la imagen de los dos juntos ocultos por el seto lo atravesó con una fuerza inesperada, borrando de un plumazo la diversión que había sentido segundos antes.
Su expresión se ensombreció. Conocía a su hermano mejor que a nadie, y sabía de sobra que el corazón retorcido de Tai era capaz de jugar con cualquiera y disfrutarlo.
La idea de que hubiera puesto sus ojos en ella le revolvió algo muy hondo, algo que no quería nombrar.
Intentó convencerse de que aquel impulso, esa punzada de protección que le nació sin permiso no tenía nada que ver con esa mujer, que era solo la aversión que siempre había sentido hacia su hermano, la repulsión hacia sus métodos y su crueldad disfrazada de encanto.
Sí, eso debía ser, no podía permitir que fuera otra cosa. No podía permitirse sentir.
Ming, que lo observaba en silencio, no estaba preparado para lo que siguió.
Tras ese gesto tenso, casi doloroso, apareció en el rostro de Quiang una sonrisa muy leve, apenas un destello, pero suficiente para descolocarlo.
Llevaba muchos años a su servicio, demasiados quizá, y en los últimos tiempos rara vez lo había visto sonreír así.
Las pocas veces que lo hacía era cuando aplastaba a sus oponentes en los negocios, y aquella sonrisa solía ser irónica, afilada, casi cruel.
Pero esta no, esta era distinta. No sabía cómo catalogarla: tristeza, melancolía, satisfacción, ni de dónde había salido. Tampoco, qué la había provocado exactamente. Solo sabía que no guardaba relación con la victoria ni con burla.
Y, sin entender del todo por qué, eso le dio esperanza.