Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Entró en el despacho como un huracán, preparada para enfrentarse al mismísimo demonio si hacía falta.

Llevaba varios días delante del minúsculo espejo del baño proyectando todas las escenas posibles y planeando estrategias.

En cambio, su imaginación sin límite se quedó corta, porque no esperaba esa realidad.

—Cierre la puerta y acérquese —le dijo su jefe en tono neutro, demasiado sereno para la situación.

Mientras hablaba, tamborileaba con los dedos sobre un pequeño cristal que contenía en su interior la prenda amarronada.

«¡Mis bragas! No sabrá la verdad, ¿no?».  Esa simple pregunta hizo que se olvidara de su teatro, y la seguridad que quería transmitir se evaporó.

Se quedó en medio de la habitación envuelta en sus dudas. Sin embargo, en cuanto se percató de que Quiang se levantaba de la silla y rodeaba la mesa, sus pasos retrocedieron hacia la salida.

No le dio tiempo. Una mano poderosa atrapó su antebrazo y con un giro, como en esos C-dramas que ella veía, la empujó suavemente hasta que su espalda dio contra el armario.

Aunque el giro inesperado no tuvo ni de lejos la elegancia de una serie de televisión, el impacto fue igual de contundente.

Ella perdió el equilibrio, tambaleándose, como si el suelo hubiera cedido bajo sus pies.

Estuvo a un suspiro de caer, pero una mano firme la sostuvo en el último instante y la acorraló contra la madera oscura del armario con sus brazos a ambos lados de la cabeza.

—¿No tiene algo que decirme, señorita Nora? —le preguntó taladrándola con los ojos.

Nora giró la cabeza, apenas un poco, evitando cualquier roce.

—¿No? Última oportunidad, Nora. No soy de los que tiene mucha paciencia —dijo oprimiendo sus labios y emitiendo un pequeño gruñido—. Una noche; una fiesta…; una habitación que no era la suya. ¿Lo recuerda?

«¡Lo sabe! ¡Coño, que sabe que esa noche estuvo conmigo!». Sus piernas empezaron a flaquear de tal modo, que el rostro de Quiang se elevaba. ¿O era ella la que se encogía?

Un golpe seco de la mano contra la madera, la hizo reaccionar. Sus rodillas por sí solas se enderezaron y su rostro se alzó de nuevo hasta llegar a su altura.

«Ningún hombre me va a menospreciar y menos a intimidar», bramó su conciencia vestida ahora con armadura.

—¿Qué necesita saber, señor? —escupió con desdén. Fuera filtros, era hora de que conociera a la verdadera Nora y dejara suelta su boca viperina como la llamaba Del—. ¿Acaso bebió tanto que no se acuerda de lo sucedido? Debería tener más cuidado con el alcohol. —Este entrecerró los ojos.

—Lo sabía desde el principio. Se metió en mi cama aun sabiendo que yo no estaba en condiciones, ni lúcido para tomar una decisión libre, y mucho menos para recordar nada de esa noche. Dígame, ¿qué esperaba conseguir? ¿Alguien la instó a hacerlo ?

Nora abrió los ojos de par en par, por fin todo encajaba. En cierta manera, él se sentía ofendido, pero iba a tener que decírselo en voz alta.

—No lo entiendo.

—Se lo diré más claro: Mi hermano, ¿le pagó para que se metiera en mi cama?

Nora no esperaba aquellas palabras, ninguno de los escenarios posibles que recreó en su cabeza se acercaba a esa situación. Recordar cómo se sintió de desprotegida cuando ese energúmeno se le acercó, causó que un brillo apareciera en sus ojos.

—No conocía a su hermano hasta ese instante y, sinceramente, me hubiera gustado no tener que hacerlo. ¡No quiero tener relación alguna con él ni con usted!

Quiang la observó por unos segundos que le parecieron eternos. La estaba analizando sin tener claro qué decisión tomar.

—No es mi tipo de mujer y nunca conseguirá nada de mí. De hecho, ni siquiera la recordaba. En cambio, usted ha estado trabajando para mí durante dos meses… —siseó

—¿Qué debería haber dicho? —dijo empujándolo, pero este no cedió—. Y si tenía alguna duda, acaba de aclarármela: no fui lo suficientemente mujer para que se acordara; no visto adecuadamente y soy vieja. Me quedó claro.

—¡Me ha estado engañando!

—¡¿Engañando?! Me he sentido insultada, menospreciada, no necesitaba que me humillaran más como lo está haciendo en este momento.

—¡Te aprovechaste de mí!

—Intenté ayudarlo. De hecho, me pidió ayuda —expresó bajando el tono de voz, a lo que él hizo lo mismo .

—Me metió en la cama. Enhorabuena, pero no espere nada a cambio.

Eso ya era la gota que colmó el vaso. Lo empujó con más ahínco y con la certeza de que, si esta vez no se movía le metería una patada en sus mismísimos huevos. Sin embargo, no tuvo que llegar a ese extremo, como prediciendo sus pensamientos él se echó hacia atrás dejándole un poco de espacio.

—Lo único que necesito es que me deje en paz.

¿Quién se ha creído que es con su traje inmaculado y sus aires de grandeza?

—dijo en tono despectivo, agitando la mano—.

Yo… Yo también estaba bebida y no sabía bien lo que hacía, y no creo que le pusiera una pistola en la cabeza para que se metiera entre mis piernas.

No es de caballero olvidarse de la mujer con la que ha estado.

Ahora, si quiere despedirme, hágalo, pero ¡no vuelva a insultarme de esa manera o le tiro un jarrón a la cabeza!

Volvió a empujarlo de nuevo y, una vez que lo tuvo alejado, mientras se preguntaba de dónde había salido ese valor, una palabra resonó en su mente.

«¡Jarrón!». Ese pensamiento fue el detonante de una reflexión más perturbadora.

Levantó el mentón y, sin miramientos, se dirigió a la mesa. Cogió el cristal que atesoraba en su interior las dichosas bragas y lo miró, esperando una reacción. En cambio, él, con las manos hundidas en los bolsillos, no soltaba prenda: su boca permanecía cerrada y sus ojos fijos en ella.

Debía de estar muy nerviosa porque el enfado que entrevió al principio en el presidente, le pareció que había desaparecido, dando paso a unos ojos jocosos.

—¡Y esto es mío! —Se lo puso en el pecho, protegiéndolo con los brazos entrecruzados y, con paso ligero, salió de la habitación. No sin tener dificultades para abrir la puerta; con sus nervios y su preciada carga, tuvo que zarandear el pomo un par de veces hasta que este cedió.

Por suerte para ella, su acompañante no se lo impidió. Pese a que siempre tenía la última palabra, por eso, en cuanto logró abrir la puerta, le habló desde atrás.

—Nora, no vuelva a beber tanto.

Ella se volvió sorprendida. Lo iba a increpar de nuevo, pero no pudo hacerlo.

Esta vez su rostro estaba relajado, en paz, y una pequeña sonrisa enmarcaba sus labios.

Aquel era el hombre que ella recordaba de esa noche, el que la amó como ninguno y, aunque eran dos completos desconocidos, la trató de manera especial.

No podía negar la pasión y la excitación, pero en ciertos momentos también la miró con devoción, con un cariño inesperado. Incluso le confesó que le gustaba su fragancia, mientras apartaba con suavidad un mechón de su cabello que, revoltoso, le tapaba su rostro.

Tragó saliva y solo pudo susurrar mientras asentía:

—Vale.

—Ahora, vuelva al trabajo —terminó de decir mientras le daba la espalda.

Nora resopló, como solía hacer para descargar toda la tensión acumulada. Al salir, los presentes: sus dos compañeras y, entre ellas, Ming, hicieron como que trabajaban. Desde luego, eran muy malos actores.

En cuanto se sentó en la mesa y dejó a buen recaudo lo que llevaba encima, es decir, liar su preciada carga con su rebeca y meterla en una bolsa, se dispuso a seguir con su trabajo. Necesitaba olvidar esos ojos escrutadores y que le dieran un respiro para pensar en lo sucedido.

—¿Estás bien? —preguntó Ming acercándose a ella .

Iba a responderle cuando una voz del interior del despacho del jefe lo llamó. Gracias a eso, se sintió más aliviada, pues no quería mentirle. En cuanto a las compañeras, respondió con rapidez:

—Solo me ha llamado la atención por un documento, todo está bien —zanjó la conversación.