CAPÍTULO 30
Quiang y Ming, no dejaban de observar la cinta de seguridad.
Ming movía el dedo índice en pequeños espasmos; gesto que hacía cuando estaba nervioso, hasta que su jefe, a su lado, soltó una carcajada.
Entonces, el CEO, retirándose de su postura inicial, codos hincados en la mesa y mirada expectante se relajó.
Echó el cuerpo hacia atrás impactando contra el sillón y, por primera vez, emitió una sonrisa que parecía estar destinada para ese momento.
En las imágenes se veían dos locas, sí, porque Ming no tenía otra palabra en mente.
Vestidas con la túnica de Scary Movie , careta incluida, y coronadas con una gorra de propaganda de Coca-Cola en la cabeza, se deslizaron con sigilo en el despacho directas a su objetivo, que se encontraba dentro del armario.
Ming no entendía qué buscaban, lo que sí tenía claro era quiénes eran.
Quizás al principio no las identificó, pero lo que vino después de abrir las puertas del armario no le dejó ninguna duda. Una de ellas, en un arrebato, empezó a repartir patadas en el aire a la vez que agitaba las manos y gruñía. La otra, más pacífica, intentaba calmarla; acto que no consiguió.
Para su sorpresa, y vaya sorpresa, la energúmena hiperactiva que parecía tener resortes en lugar de huesos, soltó un manotazo tan inoportuno que la linterna salió volando como si hubiera decidido independizarse.
El artefacto recorrió dos metros en el aire antes de estrellarse contra el cristal de uno de los cuadros.
Ese crujido hizo que ambas se quedaran inertes por un breve instante.
Sin embargo, el lapso duró poco. Se miraron, y sin pronunciar palabra alguna, comenzaron a buscar la linterna.
En unos pocos segundos, una de ellas, la más alta, esa que tanto lo tenía embaucado, la encontró y lanzó un sonido de satisfacción mientras decía en voz alta:
—¡Toma ya!
—Chist — susurró la otra, moviendo las manos con aspavientos y gesticulando que cerrara la boca como si fuera una cremallera, para luego hacer ademán de tirar las llaves. En tanto que, la que sostenía la linterna, la levantó fingiendo golpearla.
Ambas empezaron a mirar a su alrededor y, ya más calmadas, una de ellas cerró el armario: lo que fuera que buscaban no lo habían encontrado. Luego, abriendo la puerta con sigilo, desaparecieron.
—¿Qué acabo de ver? —preguntó Ming con la cara desencajada, aun intentando ordenar las piezas de lo ocurrido.
—¿No la conoces? —interrogó Quiang, recostándose en su sillón con gesto calculado.
Aquello encendió todas sus alarmas. Le hubiera gustado mentirle, pero sabía que esa pregunta, viniendo de Quiang, no era al azar.
—Sí, es Del.
—Ah, Del, la mujer con la que sales —soltó sin más, mirándolo con picardía—. No creerías que podías ocultármelo. —Ming se sonrojó al sentirse pillado.
—Siento no habérselo dicho, señor, necesitaba un tiempo antes de entender bien nuestra situación —dijo para amenizar sus actos, y Quiang suspiró .
—Entiendo que soy tu jefe, pero también pensaba que éramos amigos. ¿No creíste que debía saberlo? —Como Ming no le contestó, siguió su conversación—. Ya veo, pensaste que no lo admitiría.
—Quería tenerla cerca, señor —declaró al fin sin tapujos.
—Conoces el motivo por lo que tengo esa premisa.
Mi madre tuvo muchas dificultades al salir con uno de sus subordinados, perdió prestigio y casi hundió su carrera.
Al final, al quedarse embarazada sin estar casada y enfrentarse al escándalo, muchos le dieron la espalda y tuvo que dejar el trabajo a un lado, y este…
bastardo, empezó a manejarlo todo con sus planes retorcidos.
Él subía de escalafón, y mi madre se hundía en el desconsuelo.
—Siento no habérselo dicho. —Volvió a repetir.
Quiang se levantó y le puso una mano en el hombro.
—Te deseo suerte, espero de todo corazón que no te equivoques.
Ming creyó leer entre líneas, y la memoria lo golpeó con una imagen nítida: Quiang, acurrucado en un rincón de cuclillas y las manos apretando su cabeza; las lágrimas y la desesperación lo devoraban sin piedad.
Mina, la mujer de su vida, acababa de perder a su hijo nonato.
Él se impuso ser fuerte por ella, juró recompensarla con cada día de su existencia, hasta aquel nefasto día en que todo cambió.
—Gracias. —Pudo articular, entretanto se desprendía de aquellos recuerdos.
—Voy a prepararme —intervino por fin Quiang—. Creo que cierta dama ha empezado a trabajar hoy. Espero que no esté muy cansada por haber allanado la propiedad ajena este fin de semana.
—En cuanto a eso, no entiendo el motivo por lo que lo han hecho, con todo, estoy seguro de que tendrán una razón válida. Yo me haré responsable de sus acciones y …
—¡Basta, Ming!, yo sí sé lo que estaban buscando. Si tenía alguna duda, acaban de hacerla desaparecer y, tranquilo, no voy a tomar represalias por ahora. No se han llevado nada, aunque quizás me deberían pagar un cristal roto.
Ambos miraron a la vez el cuadro que reposaba en uno de los laterales, el vidrio mostraba un agujero en el centro y se extendía agrietado a su alrededor.
—Entonces, ¿qué pretende hacer?
—Dígale a la señorita Nora cuando llegue que pase.
Ming asintió a regañadientes, y salió por la puerta más despacio que de costumbre. Una rápida ojeada a su alrededor y divisó a Nora que, en ese momento soltaba su abrigo en el perchero.
—Nora —dijo a escasos metros de ella.
Al volverse reparó en su rostro, la notó cansada y más pálida de lo normal. Sintió verdadera lástima por ella, conociendo a Quiang y su manera de enfocar los problemas, hablar con él ocasionaría que saliera llorando.
—El presidente quiere hablar contigo.
—No —dijo de forma escueta.
Ming se quedó impactado, ¡acababa de negarse a reunirse con el presidente!
—Es una orden directa, no puedes negarte.
Nora dejó caer el bolso en la silla de un golpe y lo miró. Esperaba ver un semblante de preocupación, sin embargo, parecía enojada.
En realidad, Nora no estaba simplemente enojada: estaba furiosa y profundamente defraudada.
Habían aprovechado el fin de semana para infiltrarse en la empresa.
Gracias a Del, y a sus contactos en el departamento de recursos humanos, conocían al detalle el horario de cada empleado.
No les resultó sencillo encontrar la manera de coincidir con uno de los guardias de seguridad, un hombre que tenía por costumbre fumar a determinadas horas y ausentarse más de lo debido.
Claro que sabían que las cámaras estaban diseminadas por todas partes.
Por ello, cuidaban cada gesto para no mostrar el rostro.
Vestidas con el uniforme del personal de limpieza y con el carrito como tapadera para esconder los disfraces, se lanzaron a la aventura. Confiaban en que aquello bastaría para pasar inadvertidas.
Los trajes de Scary Movie estaban listos, pero la gorra no combinaba en absoluto; rojo chillón, con el logo de Coca-Cola. No obstante, era eso o las de su pequeña Nicole, de Elsa; la de Frozen.
De todas maneras, las usaban para despistar y ocultar el rostro, ya que a veces era necesario quitarse la careta para paliar el calor asfixiante del plástico y, además, los pequeños huecos de los ojillos no les dejaban ver lo suficiente.
Y todo ese esfuerzo para nada, pues las bragas habían desaparecido.
—Tengo muchas cosas que hacer —respondió Nora echando chispas por los ojos—. He perdido muchos días. ¿Y ahora qué demonios quiere?
—No lo sé, pero… —No le dio tiempo a terminar la frase cuando lo rodeaba y se dirigía al despacho, hacia la cueva del león.