Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Naya fue la primera en reaccionar, ya que Quiang se había quedado parado en la puerta viendo como Nora se perdía por el pasillo.

—Esa mujer está un poco loca, ¿no crees? —dijo la anciana pretendiendo azuzar a su nieto.

—Cada uno tiene que lidiar con sus propios temores y responsabilidades —verbalizó Quiang, vocalizando la última palabra con más fuerza a la vez que cerraba las puertas del armario—. ¿Qué te trae por aquí, Naya?

—Creo que va siendo hora de que hablemos en serio, ¿no te parece?

—Claro. Por favor, siéntate. —Le ofreció señalando el sofá de dos plazas que se ubicaba en un lateral—. Te prepararé un té.

Quiang aprovechó para darle la espalda y contener el temblor de sus manos; la taza vibraba al compás de sus emociones. Con destreza, la mano libre se aferró a la que sostenía el té, como si buscara infundirle valor y sofocar su nerviosismo.

—Dime pues —pidió, esperando de todo menos lo que la abuela le soltó tan directa.

—Tu hermano está en España con su padre, lo sabes, ¿no ?

—Me encontré con mi «hermanastro» en la gala —recalcó la última palabra—.

Y, supongo que su padre… — «Ese parásito que embaucó a mi madre en un momento de debilidad, y la dejó embarazada para escalar puestos», aulló su conciencia—.

Estará cerca, hay mucho amor filial entre ambos.

—Su tono irónico hizo que Naya volviera la cabeza .

—Entre los dos me vais a matar. La familia siempre es lo primero.

—Lo sé —confesó al tiempo que dejaba la taza en la pequeña mesa cercana con rapidez, evitando así dársela en mano y delatar su malestar.

—Dicho esto, te diré que quiere comprar acciones de tu empresa, por lo que es probable que tengas problemas para mantener el puesto de presidente. —La anciana se lo quedó mirando, el comentario no parecía sorprenderle.

—¿Me estás diciendo que mi hermanito, aquel que tiene mi misma sangre y apellido, quiere sabotear mi trabajo?  —Un leve levantamiento de labios le indicó a la abuela que estaba siendo sarcástico.

—No es necesario que insultes mi inteligencia —proclamó con una sonrisa angelical y un brillo en los ojos endemoniado.

—Te recuerdo que, a mis dieciocho años, me diste una buena suma de dinero, cosa que te agradezco, pero también me dejaste muy claro que no obtendría más de ti. Lo que he conseguido ha sido por mi esfuerzo, y si he llegado hasta aquí es porque no me gustan los cabos sueltos.

—Cierto, todo lo hice por tu bien, no quería un holgazán en la familia que no se pudiera defender. Ahora, viéndote en lo que te has convertido, estoy muy orgullosa de ti. Era una forma de protegerte.

—Como protegiste a mi madre .

—Ella tomó su propia decisión, yo no pude hacer nada —señaló con una mirada sincera—. Aun así, a veces los remordimientos me atacan.

—Eso ya es el pasado, ciñámonos al presente.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó bebiendo un pequeño sorbo de té y retomando la compostura.

—Si lo que te da miedo es que deje entredicho el honor de la familia, no debe preocuparte, pero debes saber que no lo dejaré estar; estoy cansado de sus sabotajes.

La mirada de Quiang se volvió tan fría, que incluso su abuela, una mujer curtida de la vida, se estremeció.

—No te preocupes, manejaré el asunto con sutileza. Ahora si me disculpas, tengo mucho trabajo.

—¿Me estas echando?

—Por supuesto que no. Sin embargo, si quieres que arregle este desastre, tendré que dedicarle tiempo.

—Está bien, estaré cerca por si me necesitas. —Naya se levantó con agilidad a pesar de sus años y lo abrazó, no obstante, el gesto no fue correspondido. La típica postura de Quiang con los brazos en los bolsillos no cambió—. Cuídate.

—Siempre lo hago, Naya.  Lo mismo digo.

En cuanto la abuela cruzó el umbral, aquel frágil control se desvaneció y Quiang exhaló un suspiro en tanto cerraba los ojos.

Un leve golpecito en la puerta lo sacó de su ensimismamiento y, sin esperar la orden, Ming entró con sigilo.

—¿Cómo va mi hermano con la compra de las acciones de esta empresa? —expresó mientras se sentaba en su sillón y abría una carpeta para visualizar su contenido.

—Lleva casi un 10 %, entre empresas terceras. —Quiang asintió .

—No podrá hacer nada con ese porcentaje, deja que gaste su dinero —dijo, muy seguro de sus palabras.

—¿En qué piensa?

—Que no es propio de él dejarse pillar tan fácilmente. Creo que esta compra solo es una cortina de humo para su plan real, no tiene suficiente efectivo como para hacerme sombra. ¿Qué hay del otro asunto, la empresa de transporte Yurveda?

—¿Puede que nos ataque por ahí? —preguntó Ming al aire captando al momento las sospechas de Quiang.

—He invertido mucho en esto. Mi empresa de China, Kun Fu Panda S.L., fabrica los chips y demás dispositivos. La empresa Ensamblaje S.L. se encarga de armar los equipos y distribuirlos por Europa, pero… ¿y si no llegan a tiempo? ¿O la distribución se ralentiza? Perderíamos mucho dinero.

—La empresa de transporte, ¡ese es su verdadero objetivo! —exclamó Ming, seguro de sus predicciones.

—Es probable. Concierta una reunión con los directivos de la empresa Yurveda, veamos a qué atenernos.

—Lo haré. —Ming, reconociendo que las órdenes habían terminado, salió con las tareas pendientes.

Entretanto, Quiang, una vez a solas golpeó la mesa, cogió su teléfono e hizo una llamada:

—Quiero que investigues un par de cosas para mí, en un minuto te enviaré los detalles. —Una vez que tuvo confirmación, colgó.

Sabía que esa persona no trabajaba del todo dentro de la legalidad, pero ¿a quién le importaba? En su mundo, aquel que tuviera la información adecuada era el que llegaba primero a la meta, y sus competidores, a diferencia de él, tenían demasiada vida social y muchos trapos sucios que esconder .

Ese hacker tenía una pericia excepcional para infiltrarse en cámaras de seguridad; ningún cortafuego lograba interponerse entre él y su objetivo.

Informes, cuentas, registros…, todo lo que se le pedía aparecía pronto en sus manos, siempre que detrás hubiera una buena suma de dinero y una gran amistad.

Al fin y al cabo, era su mejor amigo desde la universidad.

—Hermanito… si descubro que fuiste tú quien estuvo detrás de mis intentos de asesinato y de aquella noche…

—Quiang recordó a Nora junto a Tai en el jardín.

¿Se conocerían? La idea provocó que volviera a golpear la mesa con el puño sin sentir dolor alguno— te lo haré pagar.

Y en cuanto a ti, pequeña embustera, si confirmo lo que temo, no saldrás indemne de esta; yo mismo me encargaré de ello.