CAPÍTULO 28
Esa misma noche, Ming se dirigía a una cita decisiva. Menos mal que conocía la dirección de antemano y los semáforos parecían estar de su lado.
Pasadas las nueve, llegó al lugar, y con una simple llamada la mujer de sus sueños apareció ante él, como si la realidad se hubiera rendido a su deseo.
Su contoneo al acercarse al coche lo hipnotizó.
Esa noche llevaba un vestido holgado de color verde por encima de las rodillas, la tela se mecía con cada paso y, cuando le regaló esa sonrisa dedicada solo a él, quedó completamente desarmado.
—Estás preciosa, Deli. —No pudo dejar de adularla mientras le abría la puerta del coche, y la miraba expectante por si había algún indicio de enfado por lo sucedido ese día con Nora, pues sabía que, aunque él no había sido partícipe de lo ocurrido, no la informó.
—Gracias, Ming, tu sí que sabes disculparte —dijo señalando su reloj.
—El trabajo —se excusó—. Aun así, siguió esperando una reacción, pero Del no le dio esa satisfacción hasta minutos después, que interrumpió el embarazoso silencio.
—Hum… —verbalizó ella, antes de preguntarle—. Un día ajetreado en la oficina, ¿verdad ?
—Del —dijo Ming, suspirando—. Ya sabrás lo que ha pasado, por lo que no veo necesario que te lo cuente. Nora se desmayó, y cuando se repuso salió corriendo. Supongo que se sintió avergonzada. ¿Cómo se encuentra?
—Ya. ¿Y eso es todo?
—¿Estas molesta?
—¿Por qué no me lo dijiste cuando te llamé? —Miró por la ventanilla, antes de decir en un susurro—. Pensé que había confianza entre nosotros, y sabes que ella es como mi hermana.
—No podía hablarte, Quiang me llamó en ese momento y hubiera resultado un poco extraño. Por otro lado, no quise alarmarte, cuando salió de la oficina la vi con mucha energía. Creo que hasta iba enfadada.
Del, lo miró con los ojos entrecerrados, intentando descifrar lo que había detrás de sus palabras, pero después sonrió como si un peso se le hubiera quitado de encima.
—Se encuentra bien. No estaba del todo recuperada y se desmayó. Con algunos días de descanso todo volverá a la normalidad. —Ming suspiró.
—Eso espero.
—Y hablando de descanso. No entiendo por qué tu jefe siempre te manda trabajos a deshoras y te tiene tan absorbido. Sé que vuestra cultura es diferente, pero creo que es demasiado posesivo.
—¿Lo dices porque he llegado tarde?
—Lo digo porque nunca respeta la hora de salida para sus empleados más cercanos y tú siempre estás pendiente del móvil, no tienes privacidad.
—Estos días están siendo un poco caóticos. La fusión tiene que salir bien, nos jugamos bastante en ello y tenemos mucho trabajo. Te compensaré —dijo con un brillo especial en los ojos .
—Siempre está en la oficina. ¿También trabaja los fines de semana?
—Solo cuando es necesario.
—¿En serio? ¿Y este fin de semana es necesario?
—No. Trabajará desde casa.
—Vaya —dijo Del sonriendo.
—¿Por qué te interesa saber de su vida?
—No me interesa su vida, sino la tuya —señaló con presteza—. Si él trabaja, tú también trabajas.
—No te preocupes, este fin de semana seré todo tuyo.
—¿De veras?
—Por supuesto.
—Y lo de la fusión, ¿cuánto tardará?
—Pareces una espía.
—No seas tonto, solo quiero saber el tiempo que estarás por aquí. No me malinterpretes —terminó bajando la voz.
—Perdóname, Deli. No lo sé, pero creo que, si todo va bien, en tres semanas podremos cerrar el trato definitivamente y una vez controlado, podremos descansar.
La idea de Del, era conocer los hábitos de Quiang para infiltrarse en la oficina, en cambio, acabó pensando en que sus días con Ming tenían plazo de caducidad y, a pesar de su sonrisa, sus ojos la delataron.
Puede que él se diera cuenta o tal vez no, más nada dijo. Seguramente, tan confundido como ella.
Media hora más tarde, ya sentados en un lujoso restaurante y aguardando la cena, Del no pudo contenerse. Su plan era sonsacarle la información que necesitaba, pero la urgencia por saber más sobre Ming la desbordó y tenía claro que todo giraba en torno a su jefe .
—¿Desde cuándo lo conoces?
—¿A Quiang?
—Sí. Quiero familiarizarme con tu día a día.
—Llevo con él más de diez años; nos conocimos en la universidad. Es un buen hombre, aunque distante con los desconocidos. Yo antes me metía en más problemas de los que podía sobrellevar, y él… —hizo una pausa—, de algún modo me tendió una mano. Le debo mucho.
—¿Estudiaste con él?
Ming ladeó la cabeza y entrecerró los ojos rememorando esa época.
—No. Quiang estudiaba el último año de universidad en el momento en que nos conocimos; yo solo pasaba por allí y un hada madrina con un sentido del humor un tanto retorcido nos unió. —Del sonrió, pensando en que estaba de broma.
—Anda, un chico malo.
—Ja, ja, ja. Antes, ahora soy un corderito.
—El puñetazo que le metiste a Javier, no parecía una caricia. —El semblante de Ming se sombreó.
—Ese malnacido tuvo su merecido.
—No te entiendo, lo dejaron libre a las pocas horas. —Algo en Ming la alarmó—. Dime qué pasó con él, no quiero secretos.
Ming agachó la cabeza, no pretendía cometer el mismo error que días anteriores cuando fue tan sincero, pero a la vez quería que supiera quién era en realidad.
—Lo despedimos. Lo vetamos en muchas empresas, le exigimos un par de préstamos que tenía pendiente y… —dudó, sin embargo, al final se decidió—. Lo dejamos tirado en un camping con algunos moratones. Resulta que no fuiste la única a la que intimidó.
El silencio los envolvió por un momento, y Ming creyó que era necesario aclarar su comentario.
—Sigue con vida, solo que con una buena lección de modales. No podía dejarlo impune, Del. No podía… —Sus ojos buscaron los de ella anhelando su aprobación o su rechazo; algo que le mostrara sus pensamientos.
—La próxima vez, avísame. Me hubiera gustado darle una buena patada en los huevos —declaró ella, alzando la copa de vino y sonriendo.
Ming por fin pudo respirar, admirando a la mujer que tenía delante.
—No habrá próxima vez.
—Brindo por eso. —Alzó de nuevo su copa y volvió a beber