CAPÍTULO 27
Ming, con mucha ilusión, esperaba que llegara la noche para tener su velada romántica con Del. Desde el incidente con el acosador, cualquier momento que tenía libre lo dedicaba a ella.
Al principio era reticente a su cercanía, al fin y al cabo, era su jefe y ambos sabían que su idilio debía seguir en las sombras, ya que Quiang no permitía que las parejas trabajasen en la misma sucursal.
Sin embargo, lo que sentía por ella, no era poca cosa y no podía dejar de verla todos los días.
Además, el CEO requería su presencia constantemente. Como en ese momento, eran las siete y media de la tarde y aún seguía en su despacho. Con seguridad, la cita con Del a las ocho se tendría que posponer, pues en la voz de Quiang, dedujo que algo no andaba bien.
Y no se equivocó.
—Ya estoy aquí. ¿Qué necesita? —preguntó con un recelo que no logró disimular.
—Ella… ¡Es ella! —estalló Quiang, dejando caer un manojo de papeles sobre la mesa. El sonido seco resonó como un disparo.
Ming se acercó con cautela, recogió los documentos y, tras unos minutos de lectura silenciosa, alzó la mirada con el ceño fruncido .
—Según esto… —murmuró Quiang, inclinándose sobre uno de los folios y señalándolo con un dedo, tembloroso—, la señorita Nora debería haberse hospedado en la sexta planta, y su amiga Delfina, en la séptima.
Ming sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y no fue así? —Quiang negó.
—Investigamos el grupo que se hospedaba en la planta séptima, donde todo ocurrió, aunque la variante de que se cambiaran de habitación no la tuvimos en cuenta. Nora solicitó un cambio para estar en la misma planta que Delfina. Mira la hora de su salida de la fiesta, allí sí hay cámaras.
Ming empezó a atar cabos, y sintió cómo el calor empezaba a subirle por el rostro.
—¿Qué debo concretar?
—Observa la hora en que yo salí de la reunión. ¿Qué ves?
—La misma hora, con unos minutos de diferencia.
—¡Exacto! —exclamó chasqueando los dedos, al tiempo que alzaba el brazo y giraba sobre sí mismo.
—No obstante, eso no confirma nada —musitó, elevando sus pensamientos en voz alta, como si pronunciarlos pudiera deshacer la realidad que se le venía encima. La idea de que la amiga de Del pudiera ser la misma mujer que tenía obsesionado a su jefe le revolvió el estómago.
—Yo me dirigí a tu habitación —explicaba Quiang, ajeno al semblante cada vez más descompuesto de Ming—. Ella iba hacia la suya, pero descubrí que no estaba registrada a su nombre, sino al de otra empleada. Por eso no la había investigado antes.
Ming sintió que el aire se espesaba.
—¿Y cree que ella… ?
—No lo creo. Sé que es ella —afirmó con una ironía amarga—. Ya lo han confirmado mis hombres con la empleada que debía ocupar esa habitación. Su desmayo…, sus palabras…, todo encaja. ¡Aaah! —gruñó, levantándose de golpe de la silla como si el aire mismo lo irritara.
—¿Y qué piensa hacer? —Ming tragó saliva, porque las piezas iban encajando en un puzle que llevaba días intentando traducir.
—Desde que se marchó no ha vuelto al trabajo en todo el día. ¿Qué sabemos sobre eso?
—Ha pedido unos días de asuntos propios, se reincorporará el lunes.
Ming se arrepintió de inmediato de que aquellas palabras hubieran escapado de su boca, y esperó una reacción del CEO que no tardó en llegar.
—¿Y cómo lo sabes?
—Pues… teniendo en cuenta la manera en que se desmayó y se marchó, quise informarme y acudí a recursos humanos. Soy muy eficiente, señor. —Rezó para que no siguiera interrogándolo.
—Entiendo —indicó sin prestarle mayor atención, ya que él mismo estaba cavilando cómo proceder—. Cuatro días… Solo cuatro días. —Se sentó en el sillón detrás del escritorio y empezó a tamborilear los dedos en la madera oscura.