Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Una y otra vez, recorría el mismo trayecto: los pocos metros libres que su amiga Del tenía en el apartamento. Ella, sentada en el sofá, miraba a Nora sin pronunciar palabra. Conociendo su carácter volátil, sabía que el silencio era lo más prudente en esas circunstancias.

De entrada, parecía una persona calmada que nunca perdía los estribos. Craso error, pues en cuanto la situación la sobrepasaba, explotaba sin miramientos. La única capaz de amedrentarla era su hija Nicole; por desgracia, la niña seguía en el colegio.

—¡Mis bragas dentro de un tarro de cristal! ¡Como si fuera un maldito trofeo! —gritó al aire gesticulando con las manos, para luego mirarla con unos ojos ensartados en furia—. El muy bastardo se regodea de su conquista.

Tras unos minutos más dando vueltas, volvió otra vez a la carga:

—¡Lo odio!

Esta frase hizo que Del soltase una pequeña carcajada sin previo aviso, pero viendo que ese gesto provocó que su amiga se girara hacia ella, intentó arreglarlo.

—No creo que a ese tío le falten líos amorosos, y solo estaban tus bragas. Quizás lo impresionaste tanto que aún te recuerda .

—Te vuelvo a remarcar que no se acuerda de mi cara. Y, además, la anciana que me caía tan bien…, resulta que es su abuela —siseó con los brazos cruzados—. Me sentí una estúpida. Los tres me miraban como si supieran algo que yo ignoro, y la abuela me observaba con lástima o… ¡yo qué sé!

—¿Los tres? —Del intuía quien era uno de ellos y esa idea no le agradó.

—Sí, Ming también se encontraba allí; el perrito faldero del presidente.

—No tienes que insultar.

—¿Y tú porque lo defiendes?

—¡¿Yo?! Solo digo que estás muy alterada, que debes calmarte. —Evadió la pregunta a la vez que agitaba la cabeza para quitarse la idea de que Ming sabía de lo ocurrido y no la había informado. Ya pensaría en ello más tarde.

—¡Mis bragas! ¿Qué clase de maniaco guarda las bragas de una conquista de una sola noche y las observa? Si únicamente me considera una secretaria más y ni siquiera me ve como a una mujer, ¿por qué lo hace?

—Pues, si piensas que te ve de esa forma, ¿qué problema tienes? Deja pasar el asunto. Además, ¿qué hacías tan temprano en la oficina?

—Quería llegar un poco antes. —Nora se sentó en el sofá de golpe, cabizbaja—. Buscaba un poco de privacidad para conseguir el valor de enfrentarme de nuevo a él. Antes era distinto, ahora… —Se tocó el vientre.

—¡Oh, amiga! —susurró Del, a la vez que la abrazaba—. Qué tonta he sido, no he estado contigo en estos días. Debes sentirte muy perdida, lo siento.

—No te disculpes, tú has pasado por un mal rato y necesitabas tu espacio. Yo puedo sola con esto, como siempre; aunque preciso mi tiempo y estos giros inesperados no me ayudan. ¡Mis bragas, por Dios! Las bragas son mías y quiero recuperarlas.

—A ver si me entero, me dices que no quieres saber nada de él —Nora afirmó con la cabeza dándole la razón—, pero quieres recuperar unas bragas de algodón marrones que tenías en un cajón olvidado, que, por cierto, nunca te pregunté: ¿Por qué llevabas esa cosa encima?

—¿Acaso no viste el diario de Bridget Jones?: no te afeitas las piernas para no pensar en compartir la cama con un tío, yo me llevé mis bragas anticalentón por lo mismo.

—Tú no tienes calentones. —Cerró los labios para no sonreír—. Bueno, o sí…

—No es por la prenda en sí, es cuestión de autoestima. —Se volvió a levantar, retomando de nuevo su paseo por el pasillo—. ¿Y si así puede coger el ADN?

En cuanto esa idea descabellada penetró en la mente de Del, empezó a carcajearse.

—Nunca pensé… —se paró un poco para proseguir su frase—, que alguien analizase la identidad de una persona por el ADN «chochoril».

—Esto es serio, Del —dijo Nora, volviéndose a sentar en el sofá junto a ella—. Me siento avergonzada de que ese hombre tenga mi prenda íntima y la mire cada dos por tres. Porque te aseguro que era lo que estaba contemplando.

—Está bien —claudicó al fin más seria, agarrándola de las manos—. Es primordial que la recuperemos, ya tendremos tiempo de valorar el motivo por lo que la abuela ocultó su verdadera identidad y nos engañó. Bueno, a nosotras y a toda la empresa.

—Eso, aunque me enfada puedo pasarlo, no me acercaré más a ella y listo. Pero lo otro… ¿Me ayudarás ?

—Claro, para eso están las amigas. Por lo pronto, debes tranquilizarte. A mí me quedan aún varios días de baja. ¿Qué vas a hacer tú?

—Ahora mismo no me encuentro con fuerzas para volver a esa oficina.

—Entonces pide unos días de asuntos propios, será suficiente para seguir el plan.

—¿Qué plan?

—Vamos a recuperar tus bragas —expresó Del esbozando una sonrisa pícara—. Esa gente no sabe con quién se está metiendo.

Nora asintió con énfasis, contagiándose con la efusividad de Del.