CAPÍTULO 23
Quiang, sentado enfrente de Naya, la miraba con determinación. Ella no estaba allí por casualidad, buscaba algo y debía averiguarlo, ya que parte de sus problemas eran por su culpa.
—Ahora me vas a decir qué te ha traído por aquí. No creo que hayas abandonado a tus queridas plantas solo para verme.
—Adoro a mis orquídeas, pero también te adoro a ti.
Quiang sonrió, su abuela era extremadamente bipolar; a ratos era una anciana encantadora y de pronto, podía volverse la arpía más astuta que conocía.
—Entiendo; los balnearios de los alrededores.
Un gesto de quitar importancia con la mano fue lo único que consiguió de ella.
—Comamos en paz, pronto vendrá la tormenta. —Por fin veía a la verdadera Naya.
«¿Qué estará tramando?», se cuestionó en su interior.
—Come. Te hace falta, cariño, estás muy delgado. Debes cuidar tu salud, no me gustaría asistir a tu entierro.
«¿Entierro? ¿Estará enterada de los intentos de asesinato?». Esa pregunta empezó a rondarle por la cabeza .
—La comida en España es deliciosa, pero no tanto como la de nuestro país. Cuando termine el trabajo que he venido hacer, tengo previsto regresar.
—Me han comentado que la fusión se hará en unas pocas semanas, y por ahora va bien —dijo Naya, mientras le daba las gracias al camarero por el plato que le dispuso delante.
—Como te prometí. ¿No era eso lo que querías? Que lo dejara todo atrás y me volcara en el trabajo?
La abuela levantó la cabeza al tiempo que cogía el tenedor y el cuchillo con maestría.
—Veo que aún no lo has entendido. Procedemos de un linaje de grandes hombres, nuestro honor está por encima de los caprichos e incluso de nosotros mismos. El honor, la familia… —dijo cortando el filete con demasiado ahínco.
—La familia, ante todo —terminó Quiang por ella, y su pensamiento se fue hacia su hermano.
Su corazón se hallaba dividido por el amor que le profesaba cuando era pequeño y el rechazo que ahora sentía al verlo. Porque muchos indicios le indicaban que sus últimas dificultades eran provocadas por él, incluso temió que también fuera el causante de la encerrona con la botella de whisky.
—Lo que ocurra dentro de nuestra familia, se queda dentro de esta —señaló Naya.
Quiang estaba a punto de responder cuando sonó el teléfono. Muy pocos tenían su número, y esa melodía en particular solo significaba una cosa: Ming. Si lo llamaba sabiendo que se encontraba con su abuela, era porque tenía algo importante que decirle, no lo haría por cualquier cosa.
—Discúlpame, Naya. —Se levantó para tener un poco de privacidad y se retiró unos metros—. Dime .
Pronto estuvo al tanto de lo acontecido en la empresa: la amiga de Nora había sido atacada. Sabía que era cercana a ella, pues en todo momento le gustaba estar bien informado de las personas que trabajaban a su alrededor. Además, la joven la había acompañado al viaje a Madrid.
Lo más desconcertante era que no lograba identificar el origen de su furia: ¿era por el daño a la empresa, o por la posibilidad de que esa secretaria inepta estuviera involucrada? No quería que ninguna mujer viviera algo así, pero imaginar que fuera ella…
«Ella, ni siquiera la llamo por su nombre soy estúpido». Su conciencia lo atacó, mientras que las puertas de sus pensamientos se cerraban. Era absurdo divagar más sobre ese tema.
—¿Y el culpable? —interrogó entrecerrando los ojos.
—Seguramente lo amonestarán, una vista y fuera. ¿Puedo proceder?
—No antes que yo. Dame un informe completo de ese insecto, me apetece jugar un poco.
—Eso está hecho, y después con lo que quede, será mío.
Quiang dedujo entre aquellas palabras que era algo personal y no le iba a quitar el desahogo. Colgó el teléfono y miró a la mesa donde estaba su acompañante, luego suspiró. La noche iba a ser larga.
—¿Problemas en la oficina?
—¿Por qué tiene que ser en la oficina?
—Querido, no sales de ahí. No tienes vida personal y solo ese chico; tu guardaespaldas, te haría levantarte de una cena conmigo.
—Deberías haberte hecho detective. No puedo lidiar contigo —dijo sonriendo y cogiendo los cubiertos para unirse a su abuela.
—Menos adulaciones y dime .
—Ming no es mi guardaespaldas. Es verdad que una vez lo fue, pero ahora es mi secretario y una persona muy competente en su trabajo.
Los ojos de la abuela se entrecerraron, no era la respuesta que requería.
—Una trabajadora ha sido víctima de abuso por parte de un compañero y lo ha denunciado. Bajo ningún concepto esto puede volver a pasar. En mi empresa, el respeto jamás debe perderse, y por ello no soy partícipe de las relaciones entre empleados. Ya conoces mi política.
—Nunca digas que… —hizo una pausa, en busca de las palabras adecuadas—. Si dos personas se gustan no puedes impedir ese acercamiento.
—No sabía que tuvieras una vena romántica. Aun así, que tengan ese acercamiento fuera de mi empresa. Si quieren una relación tendrán que trabajar en diferentes sucursales, no quiero que los problemas personales interfieran con su labor profesional.
—Temes que tengan las mismas dificultades que tu madre. —A Quiang se le encogió el corazón. Solo ella podía hablarle de la mujer que le dio la vida, a la que adoraba y que tan pronto perdió. ¿Por qué la mencionaba ahora?
—Mi madre está muerta —señaló dando a entender que, aunque la respetaba y la quería, no deseaba hablar de ello. Ese tema era tabú.
La abuela, como buena negociadora se percató de que ya había sido suficiente por esa noche. Le daría un poco de tregua, pero no mucha, pues el tiempo se le echaba encima.
—Me han dicho que en este restaurante hacen unos pastelitos de vainilla muy buenos. Sé que es tu sabor preferido, ¿podemos… ?
—¡No! —exclamó, y al darse cuenta de su brusquedad, apaciguó sus palabras—. Hace mucho que dejó de gustarme ese sabor…, y ese olor.
Su tono cortante le indicó a Naya que aún no lo había superado y su corazón lloró. Era necesario pensar en su próximo paso.