CAPÍTULO 24
Los días de descanso se agotaron con una rapidez inesperada.
Nora, despertó la mañana en que debía incorporarse al trabajo con un ánimo sombrío: la falta de sueño durante la noche, las divagaciones sobre lo que le esperaba y la certeza de tener que enfrentarse de nuevo al presidente; el objeto de sus quebraderos de cabeza, la tenían más inquieta de lo normal.
En cuanto posaba sus ojos en ella, sus piernas temblaban. Pero bastaba con que abriera la boca, con ese tono autoritario para ordenarle una tarea u otra, y ese tembleque se transformaba en dos poderosas armas, que apenas podían retener el impulso de meterle un puntapié en las rodillas.
Encerrada de nuevo en esa caja metálica llamada ascensor, empezó a contar hasta diez. Al llegar al último número, resopló y volvió a empezar; esa mañana hasta el habitáculo infernal estaba en su contra.
«Mala señal, hoy debería de haberme quedado en casa», le advirtió su conciencia.
Apenas eran las siete y media de la mañana; la mayoría del personal no había llegado a la empresa, excepto las limpiadoras y los conserjes.
Incluso para el déspota de su jefe era temprano, por lo que necesitaba un instante de privacidad al volver a esas cuatro paredes.
Su vida había cambiado de manera inesperada: un nuevo ser crecía dentro de ella, invisible para todos, incluido su padre, que jamás sabría de su existencia.
Cada día debía enfrentarse a su presencia, como si nada ocurriera.
Respiró hondo, se repitió que aquello no era más que un trámite, un papel que debía cumplir hasta que pudiera pedir la baja por maternidad.
Con un poco de suerte, cuando regresara, el presidente ya habría partido a su país y ese capítulo quedaría atrás.
Lo que no esperaba era encontrar la puerta de la oficina del CEO abierta.
No quería entrar, se resistió, pero el destino ya la había marcado y su curiosidad terminó por vencerla.
Allí estaba: el hombre de sus sueños y al mismo tiempo, su verdugo particular.
Miraba el interior del armario con las puertas oscuras de madera abiertas de par en par.
Aquella pose con los brazos en cruz y la cabeza agachada la sobresaltó, ya que normalmente, la altivez era su carta de presentación.
Debió haber salido corriendo, sin embargo, su cordura estaba perdida como las llaves de su coche en el fondo de su bolso, esas que normalmente no encontraba a la primera.
—¿Se encuentra bien?
Qué pregunta tan absurda, ese hombre lo tenía todo. No obstante, al no obtener respuesta y a advertir cómo sus hombros se habían encogido unos centímetros, se preocupó.
«¿Estaría llorando?». No, negó con la cabeza quitándose esa idea descabellada.
Sin saber el motivo exacto, sus pasos se acercaron lentamente hacia su figura, hasta que, por inercia, su mirada se fijó en el objeto que tan ensimismado lo tenía.
—¡Ah! —Su exclamación provocó que Quiang se girara hacia ella. Este acto pasó desapercibido para Nora, que no podía quitar la vista de ese punto .
Su mano instintivamente se agarró a su garganta y el labio inferior empezó a temblarle. No estaba preparada para aquello. No lo estaba…
«Contrólate, no puede saberlo…». En cambio, los recuerdos de aquella noche la golpearon con fuerza: el cosquilleo que sentía cada vez que lo veía, la desazón de que no la reconociera y hasta los múltiples improperios que le había dedicado en voz baja por su manera tan estricta y fría de trabajar.
Todo volvió de golpe y no pudo evitarlo.
Y entonces, en una escena que parecía sacada de una película con un guion muy bien orquestado, apareció la anciana limpiadora junto a Ming.
«¿Por qué está ella aquí?», se preguntó, como si el pensarlo le permitiera deducir una respuesta coherente. Pero, al parecer no era la única que se lo preguntaba.
—Naya, ¿qué haces aquí? —La voz de Quiang resonó en su cabeza, despertándola de su estupor.
«¡¿La conoce?!», asombrada, seguía sin concretar su conexión.
—Te he dicho que me llames abuela —señaló a conciencia, ya que, de todos los presentes, miraba a Nora dedicándole una sonrisa cálida.
«Naya…, ¿su abuela?», murmuró para sí, con la mente martilleándola sin descanso en medio del caos de ideas.
Nora volvió la mirada hacia los recién llegados y, acto seguido, la elevó para observar por encima del CEO, el objeto oculto en el interior del armario. Tras aquel recorrido con la vista, retomó su camino y volvió a empezar.
De inmediato, un sudor frío le cubrió la frente resbalando a modo de presagio oscuro.
Su respiración se volvió errática y la realidad empezó a desvanecerse: las formas se difuminaron, los colores se apagaron y su vista se fue borrando poco a poco, como si el mundo entero se deshiciera frente a ella.
Sabía que iba a perder el conocimiento, porque allí delante estaba lo que nunca pensó que volvería a ver.
Unas manos la cogieron antes de que llegara al suelo. No conocía a su salvador, ya empezaba a entrar en esa neblina de la subconsciencia. Solo quedó un pensamiento, solo uno…
«Mis bragas», se dijo antes de perderse en la oscuridad, dónde unas bragas marrones de algodón enormes querían atraparla.
Dentro de lo ridículo que parecía esa escena y siendo consciente de que era un sueño, intentó huir.
Huir de la realidad; de la responsabilidad; de las preguntas incómodas y, sobre todo, de la vergüenza de que él supiera que había compartido con ella una noche de locura y pasión.
Porque era evidente de que no la recordaba y, además, no la consideraba a la altura de sus conquistas. Pero…
«¿Por qué conservaba las bragas?», se preguntaba mientras se veía corriendo delante de esa prenda enorme.
No supo cuánto tiempo estuvo en esa situación cuando la realidad la alcanzó. Un roce en sus mejillas, un calor bien recibido y sus párpados empezaron a abrirse. Una figura borrosa, unos labios sensuales y unos ojos interrogantes muy fijos en ella.
—Tú —articuló, pensando en que todavía se hallaba dentro de un sueño.
Esos labios sinuosos se elevaron, y le respondieron:
—Yo.
«¡Mierda!». Por fin, sus neuronas empezaban a hacer su trabajo.
Quiang se hallaba sentado en el sofá y reclinado junto a ella.
Su primer impulso fue alejarlo, por ello sus manos, sin preaviso se amoldaron a su pecho.
Mala decisión, ya que, aunque ese gesto lo hizo con total inocencia y por puro instinto, nada consiguió, excepto sentir su cuerpo fuerte y marcado, mientras que una oleada abrasadora le conquistaba cada rincón y le subía hasta las mejillas.
Él la miraba de forma extraña: una mezcla de ironía, sorpresa y un dolor oculto que la desarmó por completo.
Apretó los labios y retiró las manos para evitar ese contacto que le transmitía un calor inesperadamente bienvenido.
Cerró los dedos una y otra vez, como si quisiera atrapar el temblor que la delataba y anclarse de nuevo en la realidad.
Con seguridad, sus mejillas estarían sonrosadas y su labio inferior temblaría como una hoja al viento.
Y pese a su estado patético, acallaba las ganas desesperadas de consolarlo.
No, aquello no era un C-drama ni un sueño. Era real. Y aquel hombre no era alguien con quien se pudiera jugar. Debía huir, cuanto más lejos mejor.