CAPÍTULO 22
Nora pagó el taxi con urgencia, y sus pies se apresuraron hacia las puertas correderas de la comisaría.
Tras unos minutos en tensión localizó a su amiga sentada en una silla cabizbaja.
No tuvo que decir su nombre, parecía que su conexión iba más allá de la física, pues Del, levantó la mirada justo en ese momento y corrió hacia ella gimoteando. El abrazo que se dieron fue eterno.
—¡Maldito malnacido! ¿Dónde está que lo descuartizo? —gritó Nora muy cabreada y a la vez preocupada.
—Está detenido, sin embargo, no creo que hagan mucho, es su palabra contra la mía.
—¿Y ese golpe? ¿Te ha pegado? ¿Ha intentado…? ¡Joder! —calló, no era necesario echar más leña al fuego—. Debemos ir al hospital.
—No, solo quiero ir a casa, ya he pasado por demasiados interrogatorios.
—Os llevaré —se ofreció Ming, que había visto toda la escena sin atreverse a intervenir—. Aquí hemos terminado.
Nora, por fin se percató de la presencia de Ming, y de algo en lo que no había reparado antes: sus miradas conectaban demasiado. El cuerpo de su amiga, sus gestos, le transmitían en ese código morse que solo ella sabía descifrar cuando había tema.
—Yo me quedaré con ella —expresó en voz alta, y volvió a revisar su figura en busca de más secuelas.
—Nicole no me puede ver en este estado —replicó Del.
—No hay problema, está con la vecina y su hija. Esta noche se quedará a dormir con ellas, así que te llevaré a tu casa y permaneceré contigo, te sentirás más cómoda.
—Entonces, vamos —señaló Ming con gesto amable.
Ambas esperaban pacientemente que las recogiera en el coche. No obstante, un suave tintineo de los brazos de Nora le indicó a Del, que no todo andaba bien.
—¿Qué ocurre? —La miró para informarse—. Estás más blanca que yo. ¿Te sigue doliendo el estómago?
—Sabes que esa parte la tengo delicada, y estos días han sido muy intensos para mí. Me asusté tanto cuando me llamaste que… —enmudeció de golpe, no era el momento de traslucir su malestar—. Pero seguro que a partir de ahora empezaré a sentirme mejor, tengo que cuidar de mi amiga del alma.
—Y un carajo —farfulló Del con ese desparpajo que la caracterizaba, y como una heroína sacada de una película la agarró por los hombros—. No voy a esperar a tener que ir al hospital corriendo como otras veces para que te inyecten la medicación y calmen los ardores. ¡Nos vamos ahora!
El coche se paró a su lado, y una Del, poseída por el demonio, abrió la puerta de atrás y le señaló con un dedo que entrara.
—Esto es ridículo, tú necesitas más atención que yo —se quejó Nora intentando que su amiga, embargada por un sentimiento maternal atroz, encontrara la cordura .
—¿Tú tienes prisa? Yo no, tenemos toda la noche. Además, necesito que me revisen a mí también —mintió, en espera de generar un sentimiento de lástima y convencerla.
Tras verla arrugar la nariz, se dirigió a Ming que había salido del coche y se encontraba de pie sin saber qué pasaba.
—Podemos coger un taxi —propuso Nora, intimidada por la presencia del secretario.
—Soy todo vuestro, yo tampoco tengo prisa —se ofreció con un gesto cortés.
—Ya lo has escuchado, es todo nuestro. —Y volvió a agitar el dedo de forma imperiosa, señalando la puerta del coche.
En el hospital, mientras veía a Del perderse por el pasillo para que le vieran ese labio hinchado, junto a un rostro rojizo que empezaba a amoratarse por algunos puntos, a Nora le sacaban sangre.
La enfermera, muy amable, le preguntó si era alérgica a algún medicamento o creía estar embarazada, a lo que Nora negó.
Aunque, mientras salía de detrás del biombo que la separaba de otros pacientes, con el brazo doblado apretando el algodón, su mente empezó a divagar.
«No… Sí… No puede ser, el universo no puede ser tan cruel conmigo. Aunque mis reglas son irregulares, manché un poco».
Y antes de alejarse varios metros se paró en seco. Se volvió a la enfermera y le pidió una prueba de embarazo.
«Solo por descartar, es una entre un millón. No puedo estar tan jodida».
Después de pasar casi toda la noche en el hospital, llegaron a casa sobre las cuatro de la madrugada agotadas. Tras una ducha relajante, varios vasos de tila y una gran cantidad de antibióticos en el cuerpo acabaron sentadas en el sofá, mirando una televisión apagada .
El silencio las arropaba y sus mentes poco a poco encontraban la paz, hasta que la voz de Del irrumpió cortando esa quietud.
—Menos mal que nos han dado la baja por unos días, tendrás tiempo de recuperarte, y yo de tranquilizarme.
Del observó a su acompañante de soslayo, pero esta no le prestaba atención. Desde que salieron del hospital la notaba extraña, apagada. La mirada de Nora se perdía en la oscuridad de la pantalla, como si buscara algo que no podía ver. .
—Desembucha, quiero saber la verdad —espetó sin poder contenerse, con todo lo acontecido sus nervios estaban a flor de piel —. No me trago eso de que estás cansada y blablablá… Normalmente, no sales tan descompuesta después de una recaída.
Nora, haciendo caso omiso a sus palabras no varió de postura.
—¡Habla! —gritó Del, levantándose del sofá para reforzar sus palabras. La frustración acumulada durante todo el día estalló por fin, sorprendiendo a Nora, que dio un respingo y salió de sus cavilaciones.
A pesar de ello, se tomó su tiempo para contestarle. La miró fijamente, para acto seguido cerrar los ojos, suspirar y decirle:
—Estoy embarazada.
—¡La leche! —exclamó Del, dejándose caer en el sofá y uniéndose a Nora que había retomado observar la pantalla negra de la televisión. El mismo color que teñía su futuro.