Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Ming no podía dejar de flagelarse por su torpeza del día anterior. Una regla que jamás debió olvidar: «Cuando una mujer te dice que seas sincero, cuidado, no bajes la guardia».

A pesar de ello, nunca había conocido a alguien como ella. Del, era vivaz, siempre con una sonrisa en su rostro y unos ojos almendrados que le quitaban la respiración.

Cerró los ojos y elevó un poco el labio superior, sin olvidar ese cuerpo escultural y esos pechos que lo volvían loco.

Era tal su desconcierto mental que, sin darse cuenta, le había asignado más trabajo del habitual.

Sabía que no podría terminar la tarea en una sola jornada laboral, pero no podía evitarlo, necesitaba tenerla cerca.

—¿Dónde estás? —preguntó al aire, mientras sus dedos inquietos entreabrían las varillas de la cortina que le brindaban privacidad a su despacho.

No la vio en la mesa. A esas altas horas de la tarde, pocos empleados seguían su cometido, apenas eran tres con ella incluida.

Suspiró. Necesitaba otro nuevo acercamiento y, aunque no se sentía en absoluto culpable, creía necesario pedirle disculpas.

Así que, olvidándose del protocolo, fue en su busca.

Sus pasos se dirigieron con alevosía por el largo pasillo y, en ese trayecto no se tropezó con nadie.

Era razonable, ya pasaba casi una hora del cierre de las oficinas.

Tras girar varias veces y adentrarse hacia la habitación donde se localizaban las fotocopiadoras, la encontró.

Sin embargo, la escena que observó, lo dejó paralizado.

Del, con una carpeta en la mano, golpeaba con saña a un hombre tirado en el suelo que se protegía a duras penas con sus manos.

De pronto, esa furia en los golpes le salió por la boca.

—¡Maldito cabrón de mierda! No volverás a ponerme la mano encima o te desuello vivo. —Acto seguido le metió una patada.

Su intención era seguir así, pero el individuo la cogió del pie y tiró de ella haciéndola caer. Ming dejó de ser un espectador y se abalanzó a socorrerla, la levantó del suelo y la retiró del lugar. Ella, sin saber a qué atenerse le dio un cabezazo, y fue a golpearlo hasta que lo reconoció.

Entonces, empezó el drama. Su cara se contrajo haciendo pucheros y sus ojos empezaron a lagrimear. Con horror, se percató que tenía el labio herido, de que la habían golpeado y su camisa estaba rasgada. Verla así, hizo que su sangre se acelerara.

El tipo, aprovechando esos segundos de incertidumbre estaba ya en pie y se limpió la cara; al parecer también había recibido.

—Esta zorra… —El puñetazo que le llegó de Ming lo hizo caer varios metros hacia atrás, golpeándose contra la pared y haciéndole perder el conocimiento.

—¿Te duele? —preguntó acercándose a Del, y rozando sus mejillas.

—¿Por qué le has pegado? No sabes lo que ha pasado.

—Creo entender lo que ha ocurrido —señaló mientras sus ojos recorrían su rostro—. Pero, de todas maneras, nadie te pone la mano encima sin que yo intervenga. Si quieres seguir pateándolo, yo lo sujeto .

Ese comentario provocó que Del sonriera, aunque el dolor del labio la paró y empezó a llorar. No sabía si era porque Ming la apoyaba sin restricciones o que el supuesto compañero de trabajo: Javier, que la acosaba desde hacía unos meses, al final se atrevió a acorralarla y meterle mano.

Al ser rechazado, se puso furioso y temió que no pudiera detenerlo.

Lo empujó, pero esto no lo alejó. Lo abofeteó dejando clara su postura, y lo que recibió fue que le devolviera la bofetada lacerándole el labio.

Y luego, todo fue tan rápido que no tuvo tiempo de pensar.

La atacó rompiéndole la camisa, y esto hizo que se horrorizara tanto de lo que podía hacerle que arremetió contra él con todas sus fuerzas.

Primero, una patada en su entrepierna y luego, lo golpeó con todo lo que tenía a su alcance, que no era otra cosa que unas carpetas que encontró por el camino.

Dejó esos pensamientos en cuanto sintió algo sobre sus hombros. Ming la cubrió con su chaqueta y la abrazó. Ese contacto, la reconfortó tanto que su llanto se intensificó.

«Me siento tan bien entre tus brazos, pero ¿cuánto tiempo durará?». El miedo a sentirse arropada junto a alguien para después quedarse de nuevo sola, le dolió más que la propia situación.

—Llamaremos a la policía y lo denunciarás.

—Es el hijo de un pez gordo de la empresa. —Levantó la mirada agotada—. Es su palabra contra la mía, lo único que conseguiré es que me señalen y me ataquen.

—Escúchame bien, si no lo denuncias, lo hará él; conozco a ese tipo de alimaña.

No puedo alejarte de las habladurías, en cambio, te prometo que estaré a tu lado y no permitiré que ese bastardo se salga con la suya sin tener su merecido.

—Una sonrisa tranquilizadora llenó el rostro de Ming, no obstante, sus ojos brillaban de una forma muy especial—.

Déjamelo a mí, nosotros resolvemos nuestros asuntos de forma muy particular cuando se meten con nuestra familia.

—¿Yo soy familia?

Ming carraspeó y la apretó más fuerte.

—Siempre que me aceptes, estaré a tu lado.

—Ming… —susurró, sin saber cómo tomarse esos sentimientos tan contradictorios—. Él se retiró un poco y le metió otro puñetazo al hombre que empezaba a despertar e intentaba levantarse.

—Todavía no me había quedado a gusto —dijo sacudiendo el puño.