CAPÍTULO 20
Los papeles casi se esparcen por la mesa tras ser arrojados con fuerza.
«¿Qué se habrá creído?».
Trabajaba desde las nueve de la mañana hasta las siete la mayoría de los días, a pesar de que su hora de salir eran las cinco, ese hombre nunca se cansaba de pedirle informes o cualquier tipo de documentación.
—No te esfuerces tanto —dijo Beatriz con una sonrisa burlona—. Nunca lo apreciará.
—Solo hago mi trabajo —contestó, sentándose a la mesa y controlando su mal genio.
Sin embargo, apenas había tocado la silla cuando su jefe la llamó. No resopló, se contuvo y dio paso a una sonrisa forzada. Todo por el trabajo y por su hija; Nicole.
Cogió su libreta y el bolígrafo. Con paso firme, tocó la puerta y se adentró en la cueva del demonio. En cuanto tuvo permiso para entrar, lo hizo.
Esperaba ver a su jefe sentado como de costumbre detrás de la mesa, absorto en informes y documentos, pero esta vez lo halló de pie.
Las puertas del armario que se erguía en un lateral de la oficina se encontraban abiertas; algo debía de llamarle la atención, pues no se movía, sumido en sus pensamientos, con las manos metidas en los bolsillos.
Nora no se atrevió a interrumpir esas cavilaciones y esperó a que le diera instrucciones.
Tras un minuto interminable, las sacó y cerró las puertas.
Al girarse, esa mirada la atrapó por completo.
La altivez que tanto lo caracterizaba había desaparecido, y ante ella tenía al hombre que recordaba: vulnerable y cercano.
Fue apenas un destello, pero suficiente para removerle algo por dentro.
Después, él, tras un carraspeo incómodo, como si quisiera borrar lo ocurrido se dirigió hacia la mesa y se sentó.
—Mañana la quiero aquí a las siete y media. —Nora abrió la boca para después cerrarla; no podía discutir con eso—. Él arqueó una ceja, claramente esperando una reacción que no llegó. —¿Algún problema? —preguntó el presidente.
«Claro que sí, las personas tienen vida e hijos, capullo», protestó en su interior.
—Ningún problema —espetó, sintiéndose muy cansada.
—Puede irse —dijo mirando el reloj.
—No es necesario, mi horario aún no ha terminado. — Eran las dos y media, le faltaban poco más de dos horas para salir y bufó en silencio, como si esa pequeña concesión compensara el madrugón del día siguiente.
—No le he pedido su opinión. Váyase ahora, nos veremos mañana.
—Bien.
«Zopenco», terminó pensando al tiempo que la puerta se cerraba.
Nora cogió su bolso y, sin mediar palabra, dejando atrás a las otras mujeres, salió de la oficina. En el vestíbulo llamó a Del.
—Hola, me voy a casa, no almorzaré contigo hoy .
—¿Te sigue doliendo el estómago?
—Estoy cansada y no duermo muy bien, pero no es eso, mi jefe me ha dado el día libre.
—Vaya, ¿te lo has tirado otra vez?
—Calla, loca. No es por eso, mañana tengo que entrar a las siete y media.
—Ya me parecía a mí. Tal para cual, estos se creen que lo saben todo y que son los reyes del mundo —escupió en un siseo.
—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó sin encontrarle mucho sentido a sus palabras.
—Mala noche, muy mala —soltó con una risa sarcástica.
—Eso me huele a que te ha pasado algo. ¿Te ha vuelto a molestar ese imbécil de Javier?
—No, lo tengo controlado. Ya no se me acerca desde que le dije que sus insinuaciones rayaban el acoso y que lo iba a denunciar. Su papi lo mataría si se manchase su reputación.
—Ten cuidado.
—Claro, sabes que estoy en clases de defensa personal. Si se acerca demasiado, ¡zas!, hago una tortilla con sus huevos.
—¡Tonta!
—Ja, ja, ja. Oye, puedo recoger hoy a Nicole y dormir en tu casa, y por la mañana me encargo yo de llevarla al colegío.
—Me vendría bien.
—Perfecto, y así hablamos un poco. Cuando salga del trabajo me pasaré por mi casa por algo de ropa, la recojo y voy hacia la tuya
—Nos vemos entonces esta tarde.
—Me gusta la pizza, por si no lo sabías.
—Creí que no eras un niño holgazán —dijo una voz en el umbral muy conocida.
—Naya, ¿qué haces aquí? —Se levantó el CEO apresuradamente, sorprendido y a la vez contrariado.
—¿Ese es el recibimiento que me das? ¿Cuándo vas a llamarme abuela?
—Sabes que siempre serás bienvenida, Naya —remarcó la última palabra afianzando su postura.
Su abuela sabía que nunca podría esperar de él una sonrisa o un abrazo, ese chico era completamente hermético a los sentimientos.
—Me gusta saber dónde invierto mi dinero. Como podrás comprobar, jovencito, aún no estoy enterrada y algunos activos son todavía míos.
—Y espero que por mucho tiempo.
—Yo también —dijo mirando a un sillón—. ¿No le ofreces a este cuerpo viejo que se siente?
—Sabes que no es necesario, siempre haces lo que quieres.
—La abuela entrecerró los ojos de forma pícara.
Bien sabía que su nieto no lo decía con maldad, sin embargo, le encantaba retarla.
Ese juego de palabras siempre le enternecía el corazón, pues al igual que con él, lo hacía con su madre; su querida hija a la que perdió a tan temprana edad y cuyos ojos había heredado su nieto.
—Sabelotodo —enfatizó haciéndose la ofendida—. Y tú, Ming, sigues aguantando a este dictador. ¿Has visto la hora que es?
—Ya se iba Naya, ¿verdad? —Miró a su secretario, que asintió y salió despavorido, meterse en la conversación de esos dos era entrar en una zona de guerra .
—¿Y tú no te vas? Debes descansar —le recomendó su abuela.
—Lo haré, pero tengo que dejar atado este proyecto.
—Desde que viniste de la universidad solo has trabajado, trabajado y trabajado. Descansa un poco, cariño.
—Quiero que estés orgullosa de mí, Naya.
—Ah, no. No me pongas como excusa de tu obsesión. Deja por hoy el despacho e invita a esta vieja a cenar.
—Eso está hecho, y así me contarás que te trae por aquí.
—Ja, ja, ja, por supuesto, los balnearios de esta zona son espectaculares.
El presidente movió la cabeza, no le sacaría nada si ella no quería.
Jamás en su existencia había conocido a alguien tan inteligente y calculadora.
Ni siquiera los rectores de su universidad, aquellos que con tanta fama se paseaban por el campus con tanta pomposidad, le llegaban a la suela de los zapatos en cuanto a estrategia.