CAPÍTULO 19
Los dedos, inquietos, jugueteaban con el bolso, como si buscaran una salida de emergencia.
Sus piernas danzaban con timidez embargada por una música silenciosa.
Del, se flagelaba mentalmente por esa estúpida decisión.
Ese hombre la derretía con solo una mirada y, además, no podía dejar de recordar esa noche de pasión y sus cinco orgasmos.
—¡Aaah! —gruñó sin recato—. ¿Qué estoy haciendo?
Dicho esto, se preparó para marcharse; una retirada a tiempo era crucial para no caer en las redes de ese seductor.
Si al menos la hubiera ignorado con elegancia o la hubiera insultado con su indiferencia, ella podría haberlo mandado a paseo sin remordimientos.
En cambio, hizo todo lo contrario. La miraba cuando creía que ella no se daba cuenta y le había entregado uno de los trabajos más importantes de la empresa.
Durante un tiempo pensó que era una estrategia barata para volver a meterla en la cama, pero no: después del encuentro en el ascensor, se había comportado como todo un caballero.
Un caballero irritantemente atento, para colmo.
Y ahora, allí estaba ella, a las ocho de la tarde en pleno invierno enfundada en su abrigo, esperando a que llegara para ir a cenar.
A pesar de que él se había ofrecido a recogerla en su casa, se había negado; mejor mantener las distancias hasta tener las ideas claras, porque lo peor de todo, era que ella no estaba pensando en el menú, sino más bien en el postre.
—¿Huyes? —Escuchó a su espalda.
«Mierda, he sido demasiado lenta». Tras sentirse pillada, esbozó una sonrisa y se volvió para encararlo.
Sus labios se entreabrieron por la sorpresa.
Si su madre la hubiera visto en ese momento, le diría que mejor la cerrara o le entrarían moscas, puesto que delante de ella tenía al hombre más guapo del mundo.
El traje oscuro y la corbata quedaron relegados por unos pantalones vaqueros y una camisa blanca, junto a una cazadora de cuero negra.
Su pelo siempre impoluto y peinado, bailaba en un desorden que le daba un aspecto mucho más juvenil.
—¿Estás bien? —preguntó, acercándose a ella con las manos en los bolsillos y esbozando una sonrisa demasiado sensual.
Del asintió, luego negó y, al final, volvió a asentir.
—Perdóname si te he hecho esperar, aun no conozco bien la ciudad.
Un sonido lastimero escapó de la boca de Del; todavía seguía analizándolo como si fuera un examen final.
Y entonces, llegó lo que más temía cuando los nervios la atacaban: sus tripas empezaron a moverse sin control, como si dentro de su estómago alguien hubiera pulsado el botón de la centrifugadora.
Un cosquilleo traicionero, seguido de un dolor suave, apareció sin pedir permiso.
«Oh, no… Noo… Noo…, ahora no», suplicó su conciencia, que ya estaba buscando una salida de emergencia. No era el momento ni el lugar. Pero su cuerpo, muy considerado él, decidió ignorar todas las normas sociales.
—Creo que ha sido un error. Es mejor que me marche… —dijo, respirando hondo y agarrando el bolso como si fuera un salvavidas. El apretón en su estómago iba en aumento, y sabía que pronto tendría qu e correr, o protagonizar el ridículo más legendario de su vida delante de ese adonis.
En fin, un «peíllo» ocasional tenía un pase, pero lo que ella sentía venir, no era precisamente un inocente susurro, el suyo venía cargado con intenciones oscuras.
—Deli, solo quiero conocerte mejor, dame una oportunidad. De verdad que…
—¡No! Esto se queda aquí, y yo me voy ya, que…
«Corre, loca, que no te va a dar tiempo. ¡Qué vergüenza!».
—Lo siento —se disculpó decidida a huir.
Del, elevó el mentón, y con toda la entereza posible le dio la espalda. En cuanto giró la esquina y se sintió a salvo de esa mirada tan penetrante y confundida, arrugó la cara.
—Maldita sea mi estampa, ¿por qué en cuanto me pongo nerviosa me cago viva? —decía en voz baja mientras que sus pies, antes temblorosos, ahora parecían tener la energía suficiente para recorrer los cien metros lisos en apenas veinte segundos.
Sin dudarlo, se metió en un bar cercano. Sorteando las mesas, los comensales y algún que otro admirador llegó hasta su salvación; el cuarto de baño. Una limpieza rápida con un pañuelo, y se sentó. Ni se molestó en cubrir la tapa como solía hacer con tres tiras de papel cruzadas.
Diez minutos después, sonreía: el apretón ya había desaparecido, al igual que su cita de ensueño. La sonrisa se le borró dando paso a un rostro entristecido, rezando para que el silencio reinara.
¿Cómo demonios había terminado sentada en un inodoro, haciendo lo imposible por no emitir ruido y evitar que los demás se percataran de su… inminente tragedia intestinal ?
Con la cabeza gacha, el bolso en la mano, con menos peso y más ligera de lo que había entrado, salía por la puerta en busca de un taxi.
Cerca de la parada, se detuvo ante un semáforo esperando a que le diera paso.
Su mirada triste revelaba todo lo que llevaba dentro: soledad, enfado, impotencia…
emociones mezcladas en su cabeza como un cóctel sin sabor definido.
Observó la calle, estaba llena de personas que iban y venían, la mayoría eran parejas agarraditas de la mano, felices, como si el universo los hubiera puesto ahí para fastidiarla.
Claro que aquella calle, era uno de los lugares de moda por sus buenos restaurantes y lugares de ocio.
«De nuevo sola, y con la dignidad por los suelos».
El sonido del semáforo le indicaba que tenía vía libre, no obstante, ella ni se había percatado de ello.
Un coche oscuro se paró a su lado, haciéndola despertar de su ensoñación. Se sorprendió al ver que de él bajaba Ming y le abría la puerta del pasajero.
—Vamos, te llevaré a casa —manifestó él para llamar su atención. La vida, claramente, tenía un sentido del humor retorcido.
Ella se mordió el labio, con lo que siempre hablaba, en ese momento se quedó sin palabras.
—Yo…
—Sube. Si no quieres hablar, no importa, pero es tarde y no quiero que vayas sola. Déjame por lo menos acompañarte.
—Vale —aceptó, convencida de que lo peor ya había pasado, y de que, sinceramente, nada más podía ocurrir. Aunque, con su suerte, eso era casi una invitación al desastre.
Ming arrancó el coche y entreabrió su ventanilla, algo que le agradeció con la mirada.
—Tendrás que indicarme un poco, tengo la mala costumbre de perderme .
—No es necesario que te tomes estas molestias, acabo de… —«Cierra la boca o te saca del coche aquí mismo».
—Darme plantón —concluyó Ming sin apartar la mirada de la carretera y sonriendo levemente.
—¿Qué te hace gracia?
—Nunca he tenido una cita tan corta.
—¿Era una cita?
—Entraba en mis planes, sin embargo, por lo que veo contigo nunca funcionan.
Del, miró por la ventana, y sintiéndose a salvo se machacó en silencio:
«Joder, ¿por qué esta noche?».
—¿Crees que cuando te encuentres mejor podríamos quedar de nuevo?
—¿Qué quieres decir con… que me encuentre mejor? —Al ver que él no hablaba, lo instó a que continuara y se explicara—. No me ocultes lo que piensas, no es una buena forma de entablar una amistad.
Ming dudó, no obstante, al ver su semblante al final claudicó.
—Me preocupaste. Estabas pálida, y tu forma de irte… —tardó unos segundos en continuar, aun dudando si debía decirlo. Pero un leve meneo de cabeza de ella, lo animó—. Te seguí. Me sorprendió, hasta que vi hacia dónde te dirigías.
Del se hundió un poco más en el asiento.
Conforme Ming hablaba, su sonrojo subía por grados y su pobre bolso se quejaba mentalmente del apretón al que lo sometía.
Él la había seguido hasta el bar, había visto cómo esquivaba mesas, sillas y personas como si participara en una maratón de obstáculos, todo para llegar al servicio a tiempo.
Y luego, allí estaba él, esperando en una esquina con la paciencia de un santo, o de alguien que ya había visto demasiadas cosas raras en la vida.
—Y, además —añadió Ming, con una mezcla de ternura y diversión—, al salir llevabas un trozo de papel higiénico incrustado en el tacón.
Del cerró los ojos un segundo. Si existía un agujero negro cerca, ese era el momento perfecto para que la absorbiera.
—¡Suficiente! —exclamó Del sin poder creer lo que escuchaba, la vergüenza que sentía fue superior al día que se resbaló cayendo despatarrada delante del chico que le gustaba—. ¡Para el coche!
—Del, no tienes de que avergonzarte. Es normal.
—¡Aah! Lo paras o lo paro yo —gritó como una desalmada.
Ming así lo hizo, y luego la miró sorprendido, destilaba fuego por los ojos. Esa mujer estaba realmente furiosa, e incluso no sabía que tuviera tanta fuerza, pues el portazo que le dio a la puerta hizo que retumbara todo el coche.
Por el espejo retrovisor, la vio alejarse a paso ligero, gesticulando con las manos y contoneando las caderas como una diosa. Sonrió. Era tan diferente. Tan única. Y, mientras la veía desaparecer calle abajo, tuvo un pensamiento tan claro como imprudente: tenía que ser suya.