Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Después del desastre de Madrid, Nora se sentía cansada. En los últimos meses había tenido demasiados cambios y ella no estaba acostumbrada a eso.

Nicole, ajena a todos sus pensamientos y dudas, recorría con una sonrisa cada uno de los rincones del parque.

Solía llevarla cuando tenía tiempo para que jugara con otros niños.

A diferencia de ella, su hija era muy extrovertida y siempre encontraba con quién divertirse.

Además, aquello también funcionaba como una especie de terapia para ella; verla feliz le hacía sentir que estaba haciendo las cosas bien, y esa sensación le daba la energía necesaria para seguir adelante.

En ese momento, más que nunca, necesitaba esa energía. Su prioridad era ella, pero no podía dejar de sentirse sola y ver cómo los días pasaban sin una meta final.

—Te veo muy pensativa.

Esa voz le era conocida. Nora giró la cabeza sin saber si sonreír o preocuparse. La anciana a la que le prestó ayuda se hallaba junto a ella, sin atreverse a sentarse en su mismo banco.

—Hola, ¿qué haces por aquí ?

La mujer esbozó una enorme sonrisa y levantó la mano, dejando entrever una pequeña bolsa de papel blanca con un logotipo inconfundible: Pastelería Nunut.

Con esa visión, Nora recordó el instante en que se la recomendó.

—Ha venido a comprar los pasteles que le dije. —Se relajó.

—Sí. ¿Puedo sentarme?

—Claro.

—Después de varios turnos seguidos, tengo el día libre y me acordé de lo que me comentaste.

A mi nieto le encanta la vainilla y decidí comprarlos, pero como llegué al país hace poco y no conozco muchos sitios a donde ir, busqué la dirección y vine a por ellos.

Lo que no podía imaginar era que te encontraría por aquí.

—Vengo a veces con Nicole a este parque, le gusta jugar en él. —Nora giró la cabeza y miró a su hija.

Lua la observó con nostalgia.

—Mi hija también era muy risueña, supongo que lo llevaba en la sangre.

Nora la miró expectante, sin saber cómo comprender esas palabras y su acompañante se dio por aludida:

—A pesar de las circunstancias, su padre era un joven muy divertido con un gran sentido del humor. —Lua respiró y un halo de tristeza la invadió.

—Él ya no está. —Entendió Nora.

—Pues no lo sé. Nunca he vuelto a verlo. Aunque no puedo quejarme, me casé con un buen hombre. Si bien, he de reconocer que el primer amor nunca se olvida.

—Pues yo no tengo problemas en olvidar al padre de mi hija. Era un granuja que me embaucó en un momento difícil de mi vida y no entrábamos en sus planes .

—¿Y tu familia?

—No tengo. Me crie en un orfanato hasta los seis años que me adoptó mi madre, pero era mayor y me dejó cuando tenía veintiséis. —Nora esperaba la misma reacción de todos en cuanto se enteraban, y esta no se hizo esperar.

—Oh, mi niña, debe haber sido muy duro. —Y ella le respondió lo mismo que siempre decía:

—A pesar de que no tuve una familia convencional, no me faltó de nada. Carecía de padre y mi madre adoptiva ya tenía cierta edad, pero también una gran sabiduría.

—Eso, hoy en día es muy importante para educar a un hijo.

—Lo cierto es que fui criada por una gran mujer, que me enseñó a ser fuerte y a no temer enfrentarme al mundo sola.

No puedo negar que a veces fue difícil, pero no me quejo porque en ese camino la encontré.

Aunque cuando falleció, me refugié en mi ex.

Supongo que busqué en él la atención que en ese momento necesitaba. Qué ciega estuve.

Nora la miró confusa. Era muy extraño que se abriera tanto a un desconocido, sin embargo, aquella mujer le agradaba. Sus ojos, melancólicos y cansados por el tiempo, estaban llenos de sabiduría, le recordaban tanto a su madre adoptiva que le resultaba inevitable abrirle su corazón.

—¿Un pastelito? —Ofreció Lua, elevando la bolsa para amenizar aquellas palabras.

—¿Por qué no? Pero solo uno, últimamente tengo el estómago revuelto. —Cogió la pequeña delicia, envuelta en papel dorado y, sin dudarlo, lo abrió y le pegó un mordisco. Segundos después, una Nicole intrigada se acercó con una sonrisa que ya le daba a entender lo que buscaba.

—Mamá, ¿qué comes ?

—No seas maleducada Nicole, saluda.

—Buenas tardes, señora.

Lua sonrió mientras le daba unos golpecitos en la cabeza con cariño.

—Para ti. —Le ofreció. Aunque Nicole no entendió por qué le daba una de las bolsas con pastelitos, la entusiasmó. Aun así, miró a su madre esperando aprobación.

—No es necesario —interrumpió Nora, avergonzada.

—Tranquila, verla tan emocionada es un aire fresco en mi corazón. Es tan bonita como su madre, y yo he comprado muchos.

—Muchas gracias, pues.

Nicole, saltó de alegría y le preguntó a su madre si podía compartirlos con sus amigos. Al obtener su beneplácito corrió hacia ellos con la bolsa alzada.

Esto causó que ambas soltaran una sonora carcajada.

—Y, además, es generosa. La has criado bien.

—Aún queda mucho que hacer, pero me siento orgullosa de ella.

Su acompañante le dedicó una sonrisa cariñosa y sus ojos reflejaban admiración, algo a lo que Nora no estaba acostumbrada y se ruborizó.

—Es hora de que me marche, mañana hay que madrugar y tengo muchas cosas que hacer —dijo la mujer levantándose.

Nora también lo hizo y agachó la cabeza a modo de saludo.

—Nos veremos pronto.

—Será un placer.

Lua se marchó con paso lento y seguro, una sonrisa irónica le cruzaba la cara. El encuentro no había sido tan fortuito ni tan casual como la muchacha creía .

El teléfono sonó en ese instante, no era necesario ver el número para saber quién era.

—Recógeme en la esquina de la plaza, ya he terminado. —Al girar varias manzanas se metió en la parte trasera de un coche de alta gama con cristales oscuros que ya la esperaba.

—Veo que todo ha salido bien —le dijo el conductor, mirando por el espejo y observando su semblante risueño.

—De momento, pero hay mucho que hacer. ¿Tienes lo que te pedí?

—Sí, toda la información que ha pedido de ella —afirmó y le alargó un pequeño dossier para después girarse y ponerse en marcha.

—¿Te has desecho de la botella de whisky ? —declaró la mujer al tiempo que ojeaba las páginas. Su semblante ahora era adusto y nada tenía que ver con la amabilidad que había mostrado antes.

—Sí.

—¿Qué sabemos de Ming?

—Está bajo control. A pesar del apego que le tiene al señor Quiang, hará lo que nosotros queramos. No puede negarse.

—Bien, llámalo, tengo unas órdenes que darle. No podemos perder el tiempo, la fusión está a punto de firmarse y debemos actuar con cautela.

—¿Y la muchacha?

—Desde que la viste saliendo de la habitación de Quiang le he estado dando muchas vueltas, aún no sé qué hacer con ella. —Tras una pausa—. Lo decidiré más tarde, ahora no es el problema principal.