CAPÍTULO 17
Quiang observaba cada detalle a su alrededor, aunque su mirada estuviera centrada en su copa. No conocía a la mayoría de los invitados, y no le importaba. Su equipo ya estaba haciendo las gestiones pertinentes para ficharlos y estudiarlos exhaustivamente.
Eran buitres a la caza de noticias que le hicieran ganar más dinero; aunque no podía culparlos, él también se hallaba en aquella batalla silenciosa.
Se excusó de manera cortés ante un grupo de accionistas que creían, en su inocencia, que tenían el control.
Lo veían joven y en un país extraño, en un entorno que no era el suyo.
Craso error por su parte, ya que los tenía a todos cogidos por los huevos.
Un solo movimiento de él y la empresa caería en picado, aunque no era eso lo que pretendía.
En cuanto se halló apartado del murmullo, Ming se acercó a él.
—Lo veo malhumorado, ¿la señorita Beatriz no lo acompaña?
—Esa mujer es un florero muy bonito y, además, inteligente. Estoy seguro de que llamará mucho la atención esta noche y le lloverán muchas insinuaciones —siseó el presidente, al parecer esa actitud provocadora le traía malos recuerdos.
—¡Ah! —Ming lo observó. Era probable que ese comentario estuviera aludiendo a Mina, la mujer que lo vapuleó años atrás y lo cambió.
Pero el presidente levantó la cabeza y empezó a observar a los invitados.
A él no lo engañaba, sabía lo que buscaba—.
Está fuera, en la terraza. ―Quiang lo miró ceñudo.
—No es ese su cometido, tiene que estar atenta a las conversaciones.
—Lo sé, en cambio, no creo que se desenvuelva tan bien en este ambiente. Ya ha recibido varias tarjetas, y creo que algunas de ellas para que cambie de trabajo. Esa mujer no sabe disfrazar lo que piensa, dado que al último que se le acercó, pensé que le iba a morder en la yugular.
Esto hizo que el presidente emitiera una leve sonrisa. Ming, poco acostumbrado a ver ese gesto en su rostro, siguió dándole explicaciones. Quizás exagerara un poco, pero en ese momento merecía la pena por ver las diferentes muecas de Quiang.
—Vuelvo enseguida, debo aclarar algunos puntos con mi secretaria —dijo tajantemente tras escuchar a Ming, dirigiéndose hacia la terraza.
Deseaba ponerla en su sitio, no había nada que le diera más coraje en ese mundo que desobedecieran sus órdenes.
Sin embargo, al llegar a su objetivo no la vio.
Algunas personas iban y venían sobre los adoquines blancos, mientras otras conversaban animadamente entre los macetones. ¿Dónde estaba su secretaria?
Ojeó la terraza de nuevo, para luego observar de soslayo el jardín. Nada inusual, solo varias parejas y algún que otro despistado, que necesitaba un poco de aire fresco para infundirse el valor suficiente y volver a esa fiesta de alimañas.
«Espera», le gritó su conciencia, esos zapatos los conocía. Se escondía detrás de un gran seto y al parecer tenía compañía.
La rabia le recorrió las venas; no la había llevado allí para que se exhibiera en la fiesta y coqueteara. Cerró con fuerza los puños y, sin reparar en lo que ocurría a su alrededor, avanzó decidido hacia el lugar.
—¿Interrumpo? —vocalizó en tono seco cuando le faltaba un par de metros para llegar a la pareja.
El hombre, que se encontraba casi encima de ella se irguió dejando un pequeño hueco entre el seto y sus brazos, distancia que Nora aprovechó para evadirse. Iba a descargar toda su ira y artillería hacia esa mujer, sin embargo, sus labios no se movieron.
Los ojos con los que ella lo miraba eran de agradecimiento; incluso un brillo en sus pupilas amenazaba con convertirse en lágrimas. El miedo invadía su rostro.
—¿Está bien? —preguntó en tono seco, a la vez que la cogió de la mano y la arrastró a su lado.
Nora asintió, e hizo ademán de marcharse, pero él aún no estaba de acuerdo. La figura del hombre seguía dándole la espalda, y quería ver la cara del malnacido que había ofendido a una de sus empleadas.
—Deberíamos presentarnos, ¿no cree? —dijo con voz grave.
El desconocido se volvió y con una sonrisa irónica le dijo sin más:
—¿No conoces a tu propio hermano?
—Mi hermano no acorrala a mujeres en el jardín. —La voz afilada de Quiang encogió a Nora.
—Solo jugaba un poco. No te enfades, sé que a ti también te gusta jugar —pronunció en su idioma, dando un paso hacia ellos y remarcando las palabras.
—Creo que debes pedirle disculpas.
—Ja, Ja, Ja. ¡Disculpas! Es ella la que debe estar agradecida de que me haya acercado. Soy todo un partido, ¿verdad, preciosa? —La miró con socarronería—. Aaah vaya, se me olvidaba que no me entiendes.
Quiang dio un paso hacia Tai; su hermano menor, si bien, una mano pequeña lo sujetó por el brazo.
—No es el momento ni el lugar, no se rebaje a su nivel. Por favor, no sería bueno para la fusión. Yo estoy bien.
Los puños de Quiang se cerraron con tal fuerza que los nudillos palidecieron y la piel se tiñó de rojo bajo la presión. Sabía que tenía razón: no era el momento ni el lugar adecuado. Halló un respiro en la idea de que más adelante lo encontraría y, entonces, todo se resolvería.
—Veo hermanito, que no has cambiado, siempre tan respetuoso y digno de nuestros ancestros.
Eres un aburrido ―entonó Tai, de forma despectiva, a la vez que se metía las manos en los bolsillos y se retiraba.
Sin embargo, debía tener la última palabra—.
Te la dejo, es muy vieja y, además, frígida. No merece la pena.
El presidente lo miró con ojos entrecerrados prometiéndole que ya se verían las caras, comentario que a Tai le hizo reír a carcajadas. Aún observaba su marcha cuando una voz débil le habló desde atrás.
—Si no le importa, me gustaría retirarme. Las conversaciones a las que he tenido acceso son de poca importancia. Nadie ha hablado de la fusión, lo siento.
—¿Me está diciendo que no ha hecho un buen trabajo?
—No pretendía ofenderla, solo quería que dejara de compadecerse o de usar aquella voz lastimera con la que se le había dirigido.
Lo que no esperaba era que ella lo mirara fijamente a los ojos, se acercara a escasos centímetros y, con una mueca burlona, le soltara:
—Se queda solo.
De sus labios no salió ningún insulto, pero su expresión y su gesto se lo gritaban en silencio .
—Nos encontramos en una finca privada, no hay taxis ni autobuses cerca.
—Lo esperaré en la limusina, allí por lo menos estaré a salvo de ricachones hijos de puta que creen que el mundo está a sus pies.
—dijo mientras le daba la espalda y se alejaba, aunque se paró unos segundos en el instante en que terminó la frase y movió la cabeza.
Quizás arrepentida de lo que había dicho.
Él sabía que tenía razón: aquella reunión no le aportaba nada y no estaba dispuesto a perder el tiempo. De igual modo, debía enfrentarse a su hermano, y la sola presencia de este era un mal presagio. Por eso decidió regresar a la fiesta y no seguir a su secretaria.
Aun así, algo lo detuvo. Miró por donde Nora se había marchado, ese impulso de querer reconfortarla lo desconcertó, incluso más que la propia situación. Después de esos segundos de sorpresa, se convenció de que solo había sido compasión al verla tan desorientada, tan perdida. Nada más.
Localizó a su hermano en una esquina hablando con uno de los accionistas mayoritarios, y se preguntó qué estaría tramando. Se acercó con su semblante relajado y la conversación se cortó.
—Me alegro de verte, hermano —lo saludó Tai en tono suave, obviando lo acontecido minutos antes.
—¿Qué te trae por aquí?
—Discúlpeme ―le dijo Tai al hombre con el que hablaba―. Hace tiempo que no nos vemos y tenemos cosas que contarnos. —El aludido asintió y se retiró —. He venido a verte y España tiene su encanto.
—Déjate de rodeos. No intentes intervenir en este asunto, esta vez no te lo dejaré pasar.
—Hermanito, ¿cuándo te darás cuenta de que ya no soy un niño? No puedes mandar sobre mí .
—Déjalo estar —dijo en tono más severo.
No iba a tolerar más escarceos ni escándalos sobre su familia. Sus fiestas, borracheras y desenfrenos sexuales saltaban a la prensa demasiadas veces y él tenía que taparlos para salvar la reputación y el apellido familiar. Sin embargo, empezaba a cansarse.
—Seré bueno, papi. Ah no, que mi padre sigue vivo. Recuerdos de tu padrastro ―dijo cogiendo de nuevo otra copa y dejándolo solo.
Su padrastro, el hombre que se casó con su madre cuando su padre biológico murió, era también un hombre de negocios, recto y muy estricto. No podía imaginar cómo podía sobrellevar a ese hijo tan pendenciero. Si por lo menos hubiera sacado algo de su sangre no lo tiraría todo por la borda.
La fiesta o reunión acabó para él. Con un gesto le indicó a Ming que se acercara.
—Lleva a Beatriz al hotel, yo me marcho con Nora.
En cuanto entró en la limusina, Nora se puso a la defensiva. Lo miró expectante, interrogándole por el motivo por el cual se encontraba allí.
—Ya he obtenido la información que necesitaba, así que nos vamos —le indicó al chófer, que igualmente estaba un poco descolocado por el cambio de pasajero.
—¿Está seguro? Quizás debería pensárselo un poco más —dijo Nora en tono suave, ocultando tras su cortesía el deseo de librarse de él.
Quiang se quedó callado; su respiración dejó por unos segundos de fluir. Aquella frase, dicha con tono suave y melancólico, ya la había oído antes. Era la noche que no podía dejar de recordar, cuyos detalles no lograba ver con nitidez.
Y esa fragancia… Si no era perfume, ¿de dónde provenía ?
No, no podía ser. Ella no era su tipo, no era la clase de mujer que le llamaba la atención. Aunque, ¿quiénes eran aquellas mujeres? Solo pasajeras en su vida que lograban mantenerlo interesado durante unos días y, con suerte, un par de meses. Sin embargo, ese olor…
No. Lo olió por primera vez en el ascensor, aquella vez antes de la reunión.
Sí, con seguridad se impregnó de él en ese momento, que se encontraba más nervioso y vulnerable por la situación.
Porque era imposible que la mujer de sus pesadillas estuviera sentada junto a él.
No obstante, la duda empezó a resurgir en su corazón.
—Seguro. Vamos —ordenó tajante al conductor que no se atrevió a desobedecer.
Nora suspiró y cerró los ojos, ya había tenido bastante por esa noche.