Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

La fiesta

Nora se contuvo para no respirar hondo varias veces, hábito que solía tener cuando los nervios la dominaban.

En su lugar, pensó en arrugar el dedo gordo del pie tres veces para infundirse valor.

Nadie se fijaría en ello, pero a ella le daría un coraje ficticio, una nueva estrategia para sobrevivir a esas fiestas en las que parece que no te mira ni el apuntador, aunque todos te están observando.

Empezó a relajarse y decidió dar un paseo a su ritmo. Lo primero que hizo fue dirigirse a una de las mesas y regalarle una sonrisa especial al camarero. Le pidió que le recomendara una bebida sin alcohol, y él, muy amable, le ofreció un cóctel de frutas tropicales.

Al volverse, echó un vistazo a su alrededor; para ello se hallaba en esa fiesta.

No obstante, como si un hilo invisible los uniera, lo primero que enfocó fue al presidente.

Se encontraba hablando con un grupo de varias personas que al parecer tenían su total atención; el muy condenado no sonreía, pero claramente se le veía en su salsa.

A su lado, Ming y Beatriz, que también parecía encantada; ella sí que destilaba elegancia con cada gesto o movimiento.

Al observar con más detalle a las invitadas se sintió acobardada.

Al principio creyó que su atuendo encajaba, sin embargo, de pronto se sintió como una cucaracha: apagada, fuera de lugar e invisible.

—Una panorámica inusual —le dijo una voz a su espalda.

Nora se volvió para encarar al recién llegado.

—Es inquietante e interesante ver a tantas personas juntas de este nivel —añadió, tranquilizándose al comprobar que era un hombre de avanzada edad con rostro afable. Por alguna razón, no se sintió intimidada por su presencia.

—Ja, ja, ja —Rió el desconocido, impecablemente arreglado y con un gusto exquisito para vestir. Ella no entendía del todo esa jovialidad ni su repentino acercamiento, pero ese traje era claramente hecho a medida y desprendía poder.

—No se deje impresionar por los trajes caros. —Al ver que ella ponía cara de póker y sin querer sus pupilas lo repasaban, irrumpió a reír—. Yo incluido.

—No era mi intención ofenderlo —se excusó Nora.

—No se preocupe —dijo con un gesto quitándole importancia—, solo he venido a hacer acto de presencia. En breve me marcharé, estas reuniones a mi edad me aburren.

—No es usted tan mayor.

El aludido tomó un sorbo de su bebida y levantó la copa.

—Si alguna vez se decide dejar de trabajar para él… —Giró la cabeza hacia el presidente—. Búsqueme.

—¿Cómo sabe que…? —preguntó al tiempo que otra figura entraba en su panorámica y le daba una tarjeta.

—Es divertido, y a la vez necesario para moverse en este mundo, tener toda la información disponible. Su fama de hombre recto y autoritario lo precede, no es un secreto para nadie.

—Es un hombre que sabe lo que quiere. —No entendía por qué había dicho eso. ¡Ella defendiéndole! Si era la primera que pensaba que tenía un grano en el culo y no la dejaba vivir, ni dejaba vivir a los demás.

—Piénselo —dijo sin más, saludándola con la cabeza y perdiéndose entre la multitud.

Nora elevó la tarjeta y la leyó: Corporación Yurveda, después se la guardó en el bolso. Era hora de dar una vuelta.

Con la copa en la mano y con el perfil bajo, anduvo alrededor de aquellos hombres y mujeres que no le prestaban atención.

Sus conversaciones eran vanas y sin sentido, por lo menos para ella.

Era obvio que la mayoría estaban acostumbrados a fingir simpatía y consideración, aunque todo era pura fachada.

Multitud de sonrisas falsas, gestos de amistad vacíos y, en especial, demasiado ego disperso por la sala.

Parecía un corral lleno de gallos y gallinas que peleaban para ver quien tenía las plumas más grandes y brillantes.

Cansada de tanta falsedad, soltó la copa en una mesa y salió a la terraza. Unos minutos de tregua le vendrían bien, pues hasta en las jornadas laborales tenían derecho a un descanso. Así que bajó por unas grandes escaleras hacia el jardín por donde algunos invitados paseaban tranquilamente.

Pensó que alejarse un poco y evadirse de la multitud no sería peligroso; aquellas personas eran arpías, pero no delincuentes.

Se deleitaba con aquel bello paisaje cuando alguien la alertó.

—Bonita noche —dijo una voz desconocida, en perfecto inglés, que la devolvió a la realidad.

El extraño era un hombre joven y apuesto. Aun así, algo le dijo a Nora que en su mirada se reflejaba algo oscuro.

—Sí, es una bonita noche —saludó cortésmente y se desplazó hacia la derecha en busca del camino hacia la fiesta.

No obstante, este le cortó el paso con su figura, y mirando a las estrellas, le dijo :

—¿Realmente tiene ganas de volver a esa fiesta tan tediosa?

—Debería regresar, me están esperando —explicó en su inocencia, pensando que ese dato sería suficiente para que la dejara en paz.

Los ojos del hombre dejaron de mirar al cielo y se centraron en ella. Lo que vio no le gustó, por lo que dio varios pasos hacia atrás hasta que notó un pinchazo en la espalda. De soslayo, entrevió un enorme seto que le impedía seguir su huida y mantener las distancias.

Miró a su alrededor. ¿Dónde estaba la gente que antes había visto?

—No creo que esto sea correcto. —Intentó hacerse la fuerte, porque no se iba a dejar avasallar por un ricachón que creyera que acorralarla era un juego.

—Nora. Nora… —dijo acercándose a ella hasta casi tocarla— ¿Por qué te pones a la defensiva?, solo quiero hablar contigo sin interrupciones. Creo que podemos llegar a un entendimiento que nos satisfaga a los dos.

—Si sigue acercándose gritaré.

—Hazlo. —Su rostro se acercó al de ella peligrosamente, mientras que una de sus manos se levantó hacia sus mejillas—. Veremos a quien creen. Es más, seguro que si intento algo contigo en este lugar aplaudirían por el espectáculo. La gente rica está muy aburrida.