Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

—No sé cómo me he podido dejar convencer, venirme a Madrid contigo ha sido una locura.

—Porque tienes un corazón de oro y sabes que yo lo haría también por ti. Además, tienes que verme con el vestido que me has prestado. Te lo agradeceré siempre, con tan poco tiempo y mis gustos en moda, hubiera sido un estrepitoso fracaso.

Del, con el corazoncito encogido, quería a Nora como a una hermana. Desde el instituto habían sido amigas, y a pesar de sus kilitos de más y su horrible nombre, siempre la apoyaba y se enfrentaba a quien fuera por ella.

Ahora, al verla tan vulnerable e inquieta, se sentía mal; una cobarde que la había traicionado ocultándole lo sucedido con Ming. Pero se excusaba pensando que era lo mejor, hasta que la situación de ambas se normalizara o hasta que ella misma aclarara sus ideas. Por eso decidió guardar silencio.

—Deja de hablar del vestido. Si quieres pasar desapercibida en esa reunión, no puedes ir con pantalones vaqueros, darías mucho el cante, ¿no crees?

—No iba a ir vestida con pantalones vaqueros .

—Ya, pero casi. No lo niegues, no sabes sacarte partido. Si quisieras tendrías a más de uno a tus pies. —Nora valía mucho, sin embargo, el cabronazo de su exnovio la dejó vacía, y necesitaba de vez en cuando que se lo recordaran.

Nora resopló y se miró en el espejo. ¿De verdad esa era ella?  Estaba maquillada por una profesional que había resaltado sus ojos verdes, y su piel ahora refulgía como la porcelana. Peinada de forma elegante con un precioso recogido y mechones sueltos, parecía hasta una dama de alta alcurnia.

—Hala, me va a dar un síncope. Apenas me reconozco —manifestó embobada acercándose al espejo.

—Estás preciosa, ya te lo dije, aunque te aconsejo que no abras mucho la boca, pierdes completamente tu ventaja por ese agujero.

—¡Ah! Cállate y ayúdame a vestirme.

—Sí, mi señora. Como guste, milady —señaló en tono sarcástico.

El vestido en color negro, elegante y sofisticado para esa reunión no enseñaba nada crucial.

Era sencillo, igual que su recogido. El escote barco dejaba al descubierto sus hombros y su esbelto cuello realzaba su figura, ceñido hasta sus caderas y realzado por una falda con vuelo hasta las rodillas.

Unos tacones de infarto con un fino hilo de plata, que iba a juego con la diadema entrelazada en su cabello, ponían el toque final a su atuendo.

Como accesorio, un pequeño bolso de mano para llevar lo imprescindible; entre ello, unas tiritas para mitigar el dolor de pies, que seguro tendría a mitad de la noche. Sí, ya estaba lista.

Con la autoestima elevada, suspiró y se dijo a sí misma: «¡Vamos a por todas!».

Al caminar despacio por los largos pasillos y saberse objeto de muchas miradas, se puso algo nerviosa, pero al mismo tiempo se sentía extrañamente excitada. Ese ramalazo de poder y sensualidad, era una emoción que hacía mucho tiempo que tenía enterrada en el cajón de los recuerdos.

Esa noche, la estrella de la suerte de Nora se encontraba de vacaciones. Recreándose por su transformación y animándose a sí misma, no advirtió que dos hombres, al final del pasillo, la miraban con interés.

Se paró en seco cuando los reconoció. Su autoestima se esfumó, pues un pequeño tic nervioso le atacó la comisura de su labio, y hasta el brazo que portaba el bolso cerca de su pecho, cayó lánguido hacia sus caderas.

«Maldita sea, ¿no podían esperarme en la habitación? ¿Tienen que repasarme de esa manera ahora, que todavía no me he hecho a estos tacones?».

—Buenas noches, Nora. Está preciosa —la halagó Ming, arrancándole una sonrisa y un suave rubor en las mejillas, pese a su incomodidad.

—Gracias, Ming, siempre tan atento.

Nora no quería mirar al presidente, no deseaba inducirlo a decir lo mismo, pero este, por lo visto, no quiso quedarse callado.

—¿Por qué va vestida así? —le preguntó con voz grave.

—Y, ¿cómo voy vestida?  —No entendía su pregunta, incluso parecía molesto.

—Le dije que tenía que pasar desapercibida. ¿Entiende lo que significa eso? —Aquella pregunta iba cargada con malas intenciones, porque sus brazos se cruzaron en su pecho y sus ojos, clavados en ella, no le daban tregua.

—Entienda que no siempre voy vestida de forma inadecuada. No obstante, si no le gusta, puedo darme la vuelta y marcharme por donde he venido .

«Mierda. Nora, tranquila, que te juegas el trabajo y no te lo puedes permitir», se censuró, ya que siempre era comedida en sus palabras; aunque se mordiera la lengua la mayoría de las veces.

Pero ese hombre sacaba lo peor de ella. Y además, vestida de esa forma tan extraña, se sentía vulnerable y su primer impulso fue atacarlo verbalmente, como solía hacer al estar acorralada.

Quiang, soltó un gruñido bajo y pasó junto a su figura en silencio, alejándose por el pasillo.

—No se lo tengas en cuenta. Está sorprendido, y no le gustan las sorpresas —le dijo Ming y, abriendo la mano, le cedió el paso.

—Empezamos la noche bien —farfulló Nora en voz baja, causando una sonrisa irónica en la mano derecha del presidente.

El acuerdo era que ella viajaría con Ming en su coche, mientras Beatriz; la otra secretaria, acompañaría a Quiang. En ese instante, Beatriz apareció al final del pasillo.

Nora la contempló con la boca abierta, el vestido plateado, ceñido a su silueta perfecta brillaba junto a su melena rubia y sus penetrantes ojos azules.

«Me siento como la bruja del cuento; la de la verruga en la nariz», murmuró su conciencia encogiéndose.

Pero su pesar no acabó ahí, porque justo antes de entrar al ascensor, sin previo aviso y con una sonrisa seductora, la rubia despampanante agarró del brazo al presidente.

«Será crápula y arpía, pues que sepas, rubia putona, que yo me lo he tirado, aunque no se acuerde de mí», batalló su conciencia en un intento de animarse.

Fue un error, pues al recordar ese encuentro, lo miró de soslayo. No era su intención, sin embargo, por un momento quiso buscar a ese hombre que le hizo el amor con tanta pasión como delicadeza .

—¿Se ha repasado los puntos? —habló el CEO como si tuviera un radar en la nuca y ella fuera el coche que avanzaba a toda velocidad.

«Mierda, me ha pillado».

—Sí. No se preocupe, llevo conmigo la invitación. Entraré, me daré una vuelta, escucharé y pasaré desapercibida. —Al finalizar esa palabra, un carraspeo por parte del presidente la interrumpió, si bien, decidió proseguir—. Nadie me conoce, por lo que no me darán conversación.

Él se inclinó hacia ella y entrecerró los ojos, lo que hizo que Nora se sintiera incómoda.

—¿He dicho algún inconveniente? —Nora tragó saliva, desconociendo si sus palabras de alguna manera lo habían alterado.

—¿Qué perfume se ha echado?

—No…, no me gusta el perfume —respondió seguido sin saber a qué atenerse—. Siento que le moleste.

—Yo llevo uno de la marca Draza, es tendencia. ¿Le gusta? —intervino rápidamente Beatriz, atenta a las reacciones de su jefe y dispuesta a llamar su atención. Aunque este, no dejaba de observar a Nora; fueron unos segundos muy tensos, hasta que las puertas del ascensor se abrieron.

—No me molesta —dijo al fin, retomando su postura y volviendo de nuevo a fijar la vista al frente para reanudar el camino.

Nora alzó una ceja y miró a Ming, quien le respondió con un leve encogimiento de hombros restándole importancia a lo sucedido, antes de salir del ascensor tras su jefe.

Acto seguido, dirigió la mirada a Beatriz, era evidente que la había ignorado por completo.

Durante unos segundos, creyó distinguir un gesto sombrío y disgustado, pero este se desvaneció como por arte de magia, dando paso a una sonrisa descomunal .

Nora cerró los ojos, ya lo aguantaba lo suficiente en la oficina, y, encima, ahora también tenía que hacerlo durante el fin de semana.

Le mandaba un sinfín de documentos que traducir, mientras que a las otras secretarias las tenía de un lado para otro.

La puntualidad era un requisito esencial, pero nunca salían a las cinco de la tarde, siempre había algo que hacer.

En definitiva, ese hombre carecía de sentimientos. Era tan distinto a aquel que conoció esa noche.