CAPÍTULO 14
Quiang, sorprendido por esa mirada de ojos verdes y brillantes, se había quedado sin habla.
Él, que era todo locuaz ante las situaciones extremas y se había enfrentado a numerosos rivales en las negociaciones, no sabía qué decir.
No le importaba lo más mínimo los sentimientos de esa mujer, si bien, que le hablara en su idioma con esas palabras tan comunes, pero que iban cargadas de un dardo envenenado, lo sorprendió.
—Ming, contrátala.
Ming asintió y, sin que le diera más instrucciones salió tras ella. Pareció conocer sus intenciones de huir, porque era lo que estaba haciendo, y no la habría podido frenar si no hubiera sido tan rápido.
—Ya está, le he dado el día libre. —Al ver la expresión de interrogación del presidente se justificó—. Acaba de llamarla vieja, mal vestida y que no la quiere ver. Dele un poco de tregua.
—¡Cállate! Podías haberme avisado de que me entendía.
—No me dio tiempo. Además, eso no es excusa —calló al ver el rostro del CEO.
Quiang se levantó, dando un manotazo sonoro en la mesa.
—Ya sabes lo que quería decir, no es lo que estoy buscando .
—Lo sé, no es la persona que pide. No obstante, habla inglés, chino y he visto su trabajo: es puntual y eficiente. Una secretaria de verdad es importante, puede traducirnos muchos documentos y transcribirlos. Hasta podrá hacer de traductora y…
—No.
—¿No? Entonces, ¿para qué la ha contratado?
—Me gusta cómo huele.
—¡¿Eh?! —El secretario se quedó paralizado de la sorpresa.
El presidente rodeó la mesa y se apoyó en ella en una postura desinhibida mientras cruzaba los brazos.
—Será nuestra espía. Dentro de tres días tenemos que ir a la inauguración oficial de la empresa a Madrid.
Allí, haré acto de presencia y me presentaré como es debido.
Muchos de nuestros directivos aún no me conocen, aunque está claro que han oído hablar de mí.
He invitado a varios rivales en ese sector.
—¿Cree que asistirán?
—Por supuesto. Yo lo haría; el mejor ataque es tener a los enemigos cerca. La mayoría se preguntarán por qué he adquirido esta olvidada y pequeña compañía, sentirán curiosidad e irán a por todas.
—Pero ¿por qué ella?
—Los directivos de la corporación Sayo y Yurveda, estarán presentes. Es una mujer ordinaria que no destaca por nada, quiero que escuche y nos informe.
—Yo no la veo tan ordinaria.
—¿Qué quieres decir?
—Nada —señaló risueño—. Arreglaré el transporte para el viaje.
—El jet privado será suficiente, no quiero demoras ni perder el tiempo .
—Claro.
«Cómo no, el jet será suficiente», se regodeó Ming en su mente con una sonrisa.
—Largo —le ordenó el presidente, a sabiendas de lo que le pasaba por la cabeza.
Ming salió del despacho, pensativo, pues últimamente Quiang se hallaba de muy mal humor.
Lo achacaba a los nuevos proyectos, sin embargo, no podía ser, siempre se había enfrentado a obstáculos más difíciles que ese en concreto.
¿Sería por esa mujer? La de esa noche que seguía oculta y, a pesar de que no lo decía a viva voz, lo había calado lo suficiente para no quitársela de la cabeza.
Tras la traición de Mina, años atrás, su personalidad había cambiado por completo: las promesas incumplidas, los engaños, eran el detonante de sacar lo peor de él y, en ese momento, había volcado toda esa frustración en ella.
Era cuestión de tiempo que encontrara a esa desconocida, pero lo que hiciera después, no lo tenía tan claro.
No podía reprochar su actitud. Él mismo también conocía el hechizo de una mujer, aunque desde otra perspectiva menos oscura y con un nombre muy particular: Delfina.
Del, como la llamaban en la oficina, o Deli, como él la llamó esa noche de pasión.
Cada vez le resultaba más difícil obviar su presencia.
No vestía de forma ostentosa, si bien, no podía dejar de imaginar arrancarle cada trozo de tela.
Si llevaba un pantalón puesto, su culito respingón lo llamaba para que se lo comiera; si llevaba un vestido largo, el vaivén del bajo de la tela en sus tobillos al andar, lo ponía cachondo.
Y ese día, ese maldito día, le había dado por ponerse un vestido corto que enseñaba sus hermosas piernas y aquellos senos que, aunque no dejaban ninguna piel a la vista, los recordaba redondos y duros entre sus manos.
Su entrepierna no dejaba de suplicarle atención.
Podía buscar un desahogo con cualquier otra mujer, pero es que no quería .
«¡Me voy a volver loco!». Con estos pensamientos salió del despacho. Menos mal que el objeto de su deseo se encontraba a muchos metros de distancia.
¿O no?
Las puertas del ascensor se abrieron, y allí estaba ella con unas pequeñas gafas enfrascada en leer unos papeles. Esa pose de intelectual lo desarmó. Le pareció hermosa, sensual y muy a su alcance.
Entró sin miramientos y se posicionó a varios centímetros de ese cuerpo perfecto. Su rápida intromisión hizo que levantara la vista. Al verlo, sus ojos y su boca se abrieron al unísono.
—Hola, Delfina —manifestó con voz ronca. No podía fingir más, no quería…
—Me llamo Del —dijo sin ningún deje de enfado, más bien sorprendida por aquella situación, y sus pechos; aquellos que no podía olvidar, empezaron a subir y bajar a un ritmo acelerado.
—No hagas eso, Deli. —Soltó sin tapujos, mientras que sus pantalones empezaron a achicar o su miembro a agrandar.
—¡¿Deli?! ¿Te acuerdas de mí? —preguntó, dejando caer los brazos y provocando que las hojas del informe cayeran al suelo.
—¿Cómo olvidar a la diosa que esa noche me hizo tocar el cielo? —Un paso hacia ella, y otro, hasta que la figura femenina dejó de retroceder impedida por la pared.
—Pensé que no querías saber nada de mí. ―Era lástima, reproche lo que sintió en ella.
—Creí que te avergonzarías de que fuera tu superior. Las relaciones en el trabajo nunca salen bien. Solo quería darte una salida, aunque he de confesar que tenerte tan cerca ha sido un calvario, Deli, no puedes provocarme así.
—¿Te provoco? —preguntó juguetona .
Sus labios se entreabrieron para él, así fue como lo intuyó.
No pudo contenerse, y con las manos a ambos lados de su cabeza, devoró esa boca.
Pensó que lo rechazaría, estaba temblando como un adolescente en su primera cita, pero ella no protestó.
Todo lo contrario, lo agarró de la solapa y se unió a ese beso tan húmedo y excitante.
—Me vuelves loco, Deli. —Gimió mientras pegaba su cuerpo a esa diosa y hundía sus labios en su cuello.
—Ming, estamos en un ascensor.
—Demonios, ¡lo sé! Le he dado al botón de parado. —La cogió de una pierna para alzarla y que le permitiera mejor acceso para meterse entre ellas, necesitaba sentir su calor, su cercanía, y al mismo tiempo quería darle a conocer lo que provocaba en él.
La sujetó de las manos, aprisionándolas sobre su cabeza con una de las suyas y con la otra, le agarró el pecho.
Oh, ¡los adoraba! Adoraba ver esa pequeña cintura, su vientre plano y esos grandes y hermosos senos mientras devoraba su boca, porque lo deseaba y porque no quería darle tregua a negarle esa exquisita tortura.
—No podemos —jadeó ella, retirando sus hermosos e hinchados labios por la pasión.
Él suspiró varias veces, buscando la calma que no tenía, y como buen caballero se retiró.
—Perdóname, Deli, no he sido consecuente con la situación.
—¿Te arrepientes? —preguntó ella, poniéndose a la defensiva.
—Nunca. Pero quizás debería haber empezado con invitarte a cenar y comprarte unas flores.
—Tonto —dijo relajando la expresión y sonrojándose.
—Permíteme que te ayude a recoger estas hojas, últimamente parece ser la tarjeta de visita de nuestros encuentros .
Deli sonrió. Además de apasionado, guapo y caballeroso, tenía sentido del humor. Vio cómo se agachaba para ayudarla y ella hizo lo mismo, no sin antes darle un buen repaso a su figura y morderse los labios.
Una vez todo recogido y en silencio, él le quitó la carpeta.
—¿Por qué? —preguntó De, ante este gesto tan inesperado.
—La necesito para salvar mi reputación, es una medida desesperada.
Del, lo comprendió en cuanto las puertas del ascensor se abrieron y su jefe, con el aire de seguridad que tanto lo caracterizaba, salió de él con la carpeta suspendida sobre su entrepierna. Un gesto de lo más normal.