CAPÍTULO 13
Las piernas le flaquearon y cedieron en cuanto pisó la terraza, teniendo que recurrir al banco de piedra para no caer al suelo. Necesitaba ocultarse en su refugio particular.
«Menudo marrón, el tío buenorro es mi jefe, y un déspota en toda regla»
Cerró los ojos, por lo menos no la había reconocido. Tenía que llevar un perfil bajo y no delatarse.
«¡Maldición! ¿Tan borracho se encontraba para acostarse con una mujer que no creía estar a su altura? Maldito estúpido».
—Lo siento, no sabía que estaba aquí.
Levantó la cabeza despacio. Ni siquiera se inmutó ante esa voz, tenía otras preocupaciones.
—Lua, me alegro de verte. Pero recuerde, tutéeme —dijo en tanto le hacía una señal con la mano―. Acércate, no te preocupes, estaba haciendo un pequeño descanso.
La mujer agachó la cabeza y con timidez se sentó junto a ella, le puso delante lo que parecía una caja con algunos dulces.
—Un poco de azúcar para hacer el día más ameno. —Le ofreció a la vez que le dedicaba una sonrisa amable .
Nora aceptó. ¿Por qué no? El sabor esponjoso se disolvió en su boca, y un regusto azucarado se le quedó en el paladar.
—Están muy buenos, Lua. Gracias.
—Eran los favoritos de mi nieto; el muy granuja siempre se los comía todos y no esperaba a nadie. —Emitió una sonrisa tierna recordando al pequeño—. ¿Tienes familia, Nora?
—Una hija de ocho años. —La miró esperando la pregunta que todos solían hacerle después: «¿Dónde estaba el padre?», aunque esta nunca llegó.
—Yo tenía una hija, murió cuando dio a luz a su segundo hijo.
—Lo siento mucho. No podría concebir la idea de perder a la mía. De veras que lo siento. —La anciana la miró con ternura.
—Eres una buena niña, tu hija tiene mucha suerte. —Esto hizo sonreír a Nora.
—No sé si es suerte o no, pero desde luego, es mi vida, mi pilar para seguir viviendo.
—Sí, te entiendo a la perfección. Cuando yo era joven, me enamoré de un español.
—Sonrió melancólica—. Me quedé embarazada y creí, con esa noticia, que era la persona más feliz del mundo; a esa edad una es tan inocente…
Mi familia, demasiado convencional, no lo quiso, y al parecer, él tampoco me quería lo suficiente, pues aceptó el dinero que le dieron y me abandonó.
—Lua, eso es horrible, debió sentirse muy desilusionada.
—Me sentí herida, traicionada, y hubiera hecho una tontería si no fuera porque mi hija crecía en mi vientre.
Ella era mi fuerza y mi vida, como la tuya lo es para ti.
—La miró con un brillo especial en los ojos, sabiendo que su pequeña ya no estaba con ella—.
Ahora tengo a mis dos nietos, cabezones y tercos como yo.
Nora se sintió tan identificada con ella que la abrazó antes de sincerarse, diciéndole algo que muy pocas personas sabían .
—El padre de Nicole también me abandonó cuando se enteró de que estaba embarazada —suspiró con desdén—, no tuvieron que sobornarlo para que saliera corriendo como un cobarde. No quería responsabilidades, su vida se hallaba demasiado estructurada para el revés de un bebé.
—La criaste sola.
—La sigo criando sola. Dejé atrás los modelitos de marca, las salidas y los caprichos, pero jamás me he arrepentido de mi decisión y nunca lo haré.
—¿No te has planteado retomar tu vida con otra pareja?
—No. —Negó Nora—. No tengo tiempo para conocer amistades y soy muy sosa en ciertos aspectos. Ja, ja, ja. —Rió al recordar el encuentro con el CEO—. Además, según me han dicho recientemente, soy vieja y no visto muy bien.
—Quien te ha dicho eso es un verdadero tonto y está bastante ciego. Eres una mujer con un gran espíritu de lucha y muy bonita.
—Ja, ja, ja. En lo de tonto y ciego, estoy de acuerdo; en lo demás, un poquito.
—¿Otro pastelito? —Le ofreció Lua.
—Te lo agradezco, pero últimamente no estoy muy bien del estómago, no debo saltarme las comidas.
Para la próxima te traeré unos de la pastelería que hay cerca de mi casa: la pastelería Nunut; son deliciosos.
Llevan una crema suave, un sirope de fresa y tienen un sabor avainillado espectacular que se derriten en el paladar.
Yo los llamo antidepresivos, porque te comes varios de ellos y se te olvidan todos los problemas.
—Tendré que probarlos, seguro que a mi nieto también le gustan. Su sabor preferido era la vainilla; ahora ya no lo sé muy bien, pero haré que los pruebe.
—Seguro que le encantarán .
El teléfono de Nora sonó con la melodía de Juego de Tronos; su amiga Del la reclamaba. Se levantó y, con un gesto, le indicó a su acompañante que la perdonara.
—Hola, Del, ¿todo bien?
—Bien. He ido a buscarte para contarte algo importante y me han dicho que Recursos Humanos quería hablar contigo. ¿Te han despedido?
—Decirme eso es de mal augurio. Deja de hablar de despido, por favor. No, me han trasladado a otra sección. Y… ¿adivina qué?
—¿Qué? Dímelo, y déjate de enigmas —aulló su amiga en el otro extremo.
—Me han metido en el departamento del mismísimo presidente de la compañía, y es él —dijo esta vez en un susurro. Suponía que Lua no se estaba enterando de nada.
—¡¿Él?!
—El que iba al lado del bajito.
—¡¿El que te has tirado?! ¡¿Es el presidente?!
—El mismo.
—¿Te reconoció?
—Creo que no. Ya hablaremos después, me voy a casa. Me han dicho que tengo el día libre y estoy cansada.
—¿El día libre? ¿Por qué?
—Sí, tu bajito me lo dio. No me preguntes el motivo, yo no lo sé. Te dejo, hablamos después y me dices qué te ha pasado, me tienes intrigada.
—Lo mío no es nada, comparado con tu notición. Te llamo a la hora del almuerzo, no me puedes dejar a medias .
—Adiós. —Nora colgó el teléfono, apesadumbrada y miró a Lua—. Mi amiga es una gran persona, pero demasiado impetuosa.
—Es bueno tener amigas.