Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Abrió las manos, agarrotadas, en busca de darles un poco de sosiego. Esa misma mañana, Nora recibió una noticia que la dejó en shock , hasta creyó que el desayuno se le agolpó en los talones por el susto.

«¿Por qué yo?», se preguntó, si se encontraba muy tranquila en su Departamento de Contabilidad, cuyo único problema era tener mucho trabajo o encontrarse sin grapas en la grapadora.

Dentro del ascensor, se dirigía a su nuevo destino. Según le habían informado, la trasladaban al servicio del mandamás; el presidente de la corporación. Ella ignoraba la razón para ese traslado; de hecho, esa noticia la sorprendió tanto como a sus compañeros.

La cuestión es que, en ese momento, avanzaba hacia lo desconocido, situado, por lo visto, en el último piso.

Al entrar en la habitación, comprobó que había un par de mesas en cada ala de la pared; dos de ellas ocupadas por unas mujeres jóvenes que la miraron con extrañeza, después de darle un buen repaso.

—Debes de ser Nora —exclamó una de ellas, levantándose de su silla haciendo gala de un cuerpo escultural.

Esto le llevó a Nora a observarlas mejor: uñas esculpidas, ropa impecable, elegantes y maquilladas a la perfección.

En cambio, ella, a sus cuarenta años, aún no había aprendido a realizar la línea de los ojos derecha, y siempre le salía dispar .

—Sí, encantada.

—Yo soy Paula y ella es Beatriz —señaló a la otra chica que, con un gesto adusto de la mano, la saludó—. Esta será tu mesa.

Nora miró a su derecha, una mesa enorme cerca de otra puerta.

—Gracias, ¿sabes qué tengo que hacer?

—No, pero el secretario Ming estará a punto de llegar con el presidente. Le gusta la puntualidad, y van a dar justo las nueve. —Levantó la cabeza, para ver un enorme reloj redondo colgado en uno de los laterales.

Escucharon unos pasos acercarse.

—Ya están aquí. —Sonrió satisfecha de sus predicciones.

Nora, nerviosa, se apresuró a ubicarse detrás del escritorio, de esa forma se sentiría menos desprotegida. Y fue buena idea, porque sus rodillas se juntaron buscando un equilibrio, que desapareció en cuanto el bajito y el grandote cruzaron la puerta.

La garganta se le secó de golpe. Sus manos se aferraron a la mesa para no venirse abajo y sus ojos se abrieron tanto, que casi le dolieron.

«Noooo… Estoy muerta», aulló su conciencia desatada, dándose golpes contra las paredes de su propio cerebro en busca de una salida. Agachó la cabeza, mejor no tener nada de contacto visual. Si no lo miraba, quizá él tampoco la vería; quizá pasaría de largo. Sería lo mejor: Modo avestruz activado.

Tal vez así… Pero no, no tuvo esa suerte. El hombre más alto se detuvo justo al pasar junto a ella. No giró el cuerpo, no inclinó la cabeza, no le dedicó ni una mirada. La mesa entre ambos parecía un muro endeble, incapaz de contener el temblor que Nora sentía en su interior.

Él permaneció inmóvil unos segundos que se sintieron eternos. Nora dejó de respirar; el silencio se volvió denso, como si la habitación entera contuviera el aliento con ella. Y entonces, sin una palabra, reanudó la marcha hacia la otra puerta, la misma que Nora intuía que era su despacho.

La tensión que envolvía a las secretarias tardó unos minutos en sosegarse; la de Nora, tardó mucho más.

—¿Quién es él? —preguntó, aunque en realidad no quería saber la respuesta.

—¿Quién va a ser, Nora? Es el presidente de la corporación de la multinacional Kung fu Panda S.L, y ahora, tu jefe.

—¡¿Mi…jefe?!

«Alerta de estúpida, de idiota. Después de tantos años en sequía, te tenías que tirar a tu jefe, aquel que tiene todas las papeletas para despedirte».

—Nora… Nora… —La voz de su compañera la sacudió, reclamando su atención—. Solicitan que entres.

El gesto de Nora fue automático: asintió, aunque por dentro deseaba huir.

El impulso de escapar la atravesó como un relámpago, pero se obligó a contenerlo.

¿Qué ejemplo de cobardía le daría a su hija si cedía al miedo?

No. Debía mostrarse fuerte, aunque al día siguiente la esperara la cola del paro.

Sus pasos resonaron inseguros mientras avanzaba hacia el despacho. La puerta permanecía abierta, como una invitación forzada, y el murmullo que escapaba de su interior la amedrentaba. Lo que alcanzó a escuchar no le agradó y, presintió que lo peor aún estaba por llegar.

—No la quiero aquí, no está a la altura de lo que busco.

—Dele una oportunidad, es trabajadora y…

—Es mayor que yo, ¿te has fijado en cómo viste ?

Nora se detuvo en seco, como si aquellas palabras hubieran clavado un alfiler en su ego.

Bajó la mirada hacia su ropa: pantalones de pinza negros y una camisa blanca.

¿Qué había de malo en ello? Para alguien como ella; un ratoncillo de biblioteca que no trataba con el público era más que suficiente.

Vestía de forma correcta, sobria, adecuada.

Sin embargo, mientras repasaba mentalmente sus palabras, recordó que también se había burlado de su edad.

«¡Mi edad! Será engreído y malnacido, chino de mierda». Con este insulto en su cabeza, golpeó con los nudillos la puerta.

Ming la instó a entrar, y le sonrió cuando la tuvo a su lado.

El despacho era grande, exquisito en cuanto a muebles de madera caoba, cada detalle había sido seleccionado con cuidado.

Unos grandes ventanales a la espalda del sillón presidencial culminaban la hermosa visión.

Todo era glamur, excepto el capullo que se sentaba en esa silla. Mucho traje, pero muy mala leche.

Se afanó en sonreírle, aunque era evidente que sus ojos echaban chispas y sus piernas temblaban como gelatinas. Demasiadas emociones contradictorias, y ninguna de ellas eran buenas. Su estómago empezó a darle vueltas, en los últimos días aquel polvo esporádico le pasaba factura.

—Dile que ha sido un error y que vuelva a su puesto del que nunca debió salir.

«El muy tunante, o no me ha reconocido o se hace muy bien el desentendido. Menuda cogorza llevaba. Ahora entiendo a Del, aunque, en mi caso, eso es bueno, ¿no?».

Ming carraspeó, incómodo, haciendo que a Quiang no le resultara difícil advertir que la mujer había escuchado y comprendido cada palabra; su malestar era evidente y el rostro, súbitamente desprovisto de color, lo confirmaba. Por un instante, incluso pensó que estaba a punto de desmayarse .

—No se preocupe, señor presidente, volveré a mi puesto del que no debí salir —expresó ella con un peculiar acento, pero en chino, para acto seguido apretar levemente sus labios y darse media vuelta sin esperar confirmación.

Ming la miró divertido, seguramente aprisionaba las palabras que se le atascaban en la garganta para no insultar al presidente, y este… Miró a Quiang, era la primera vez después de muchos años que se había quedado mudo, y encima… parecía estar interesado.

Nora rodeó el escritorio y cogió su bolso con presteza, pretendía salir de allí cuanto antes.

—Nora —la llamó una voz masculina deteniendo su marcha justo al llegar a la salida.

Era el señor Ming.

«Mierda, por poco». Ojeó la otra sala con devoción, como si buscara un camino secreto que le facilitara la huida.

—Tómate el día libre, empiezas mañana con nosotros. Este será tu puesto de trabajo. —Tamborileó la madera de la mesa más cercana.

Nora se volvió. Se esforzó para que su cara no reflejara la decepción, aunque creyó que no lo logró. Pensó que el señor Ming se lo tomaría a mal, sin embargo, este emitió una leve sonrisa y meneó la cabeza.