Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El secretario se afanaba por llegar a tiempo.

Se había demorado mucho en sus gestiones, y sabía que Quiang no era muy comprensivo con la impuntualidad.

Traspasó la estancia donde cuatro mesas, ahora vacías, flanqueaban la entrada de su despacho; dos de ellas eran utilizadas en horario de trabajo por dos jovencitas de muy buen ver, que siempre se levantaban a la vez y exhibían una enorme sonrisa, cargada con muchas intenciones.

A él no le llamaban la atención, cierta morena lo tenía embelesado, y ya tenía bastantes problemas con los que lidiar.

Pero ahora no era el caso, pues habían dado las nueve de la noche. El único que seguía en la empresa era el presidente y, cómo no, su secretario esclavo, según se había proclamado él mismo.

—¿Me llamaba, señor? —Entró sulfurado en el despacho. Apenas tocó varias veces y no esperó permiso para pasar.

—Llegas dos minutos tarde.

—Siento el retraso.

Quiang le daba la espalda, absorto en contemplar el interior del armario.

Una vez que lo creyó necesario se movió para cerrar sus puertas.

Ming, curioso por saber qué admiraba con tanta atención, se puso de puntillas y alargó el cuello para intentar ojear el contenido por encima del hombro de su jefe.

Las baldas estaban vacías, salvo una en cuyo centro había lo que parecía un bloque de cristal.

Dentro distinguió algo, quizá una tela marrón, aunque no llegó a identificarlo.

Lo único que tenía claro era que, para el CEO, aquello era importante.

En vez de paliar su curiosidad, la aumentó.

—Las secretarias carecen de eficacia, llegan tarde, se exceden con un perfume tan intenso que resulta mareante, y parecen ignorar que deben concluir sus tareas antes de retirarse.

—Las jóvenes hablan inglés a la perfección, es necesario comunicarse con ellas para exigirles el trabajo que pide.

La puntualidad, aquí, en España, no se mide en minutos como suelen hacerlo en…

—Bajó el tono de voz al percibir cierto brillo en el presidente—.

Hablaré con ellas de las horas extras y les informaré de que es necesario que se queden un poco más ciertos días.

—Búscame otras secretarias.

—¿Que tengan la voz suave, que sean agraciadas físicamente y que huelan bien? —señaló Ming con un tono demasiado perspicaz—. ¿Aún sigue buscando a esa mujer, señor?

—Es una cuestión de honor.

Ming agachó la cabeza, jamás había visto al presidente tan obsesionado. Normalmente, sus romances eran breves y en cuanto saltaba a la prensa, o la otra parte exigía dar un paso más, terminaba poniendo fin a la relación.

—Le he dado los informes de todas las mujeres de esta empresa. ¿No le llama la atención alguna?

El CEO negó con la cabeza,

—No logro recordar su cara, pero ahora no es el momento de hablar de ello. —Se recompuso y volvió a ser el hombre frío y calculador de siempre—. ¿Qué sabes de Tai?

—Su hermano llegó a Madrid hace una semana, y se reunió con un directivo de la corporación Yurveda en un hotel de mala muerte; estuvieron reunidos por más de dos horas. Aquí está el informe completo.

—De modo que una reunión secreta —emitió con una mueca sardónica—. Mi hermano siempre tan encantador.

—La corporación Yurveda, es una gran empresa de transporte, tanto nacional como internacional, sus acciones se valoran en el mercado por más de ochocientos millones y, por lo que he podido comprobar, va en auge.

Pensamos que han tenido mucha suerte y han crecido demasiado rápido en estos últimos años.

—¿Piensas en acciones ilegales?

—No lo descarto. Desde que el anciano y fundador dejó la presidencia a su nieto, sus activos han aumentado considerablemente mientras que las compañías que le hacían competencia han desaparecido una a una.

—¿Y qué tiene que ver mi hermano con esto?

—Todavía no lo hemos averiguado.

—Era solo una pregunta al aire, Ming. ―Se frotó el mentón―. ¿Quién se encarga del transporte?, ¿con qué empresa trabajamos?

Ming cogió el teléfono y en menos de un minuto sabía la respuesta.

—El ochenta por ciento con la corporación Yurveda. ¿Cree que tiene alguna conexión?

—Lo veremos. —El presidente se dejó caer en el sillón con pesadumbre.

Su hermanastro, unido a él solo por la sangre de su madre, le tenía cierta aversión que no se molestaba en disimular.

Nunca entendió el motivo, pues siempre lo veía como a un hermano pequeño, y así fue los primeros años hasta que regresó de la universidad.

Se despidió de un hermano afable en aquel momento, y el que regresó era totalmente distinto, su afán por destacar en la empresa y su ambición desmesurada lo alejaron completamente de él.

El segundo marido de su madre y padre biológico de su hermanastro, lo alentaba a la competencia alegando que era primordial para el auge de los negocios.

—Investigaré sobre esa empresa y nuestra relación con ellos: rutas, mercancía…, a sus directivos y, además, empezaré a buscar nuevas secretarias.

—No me cabe duda de que lo harás bien —señaló Quiang cansado—. Vete, hoy me recogeré temprano.

Ming se despidió con elegancia y salió por la puerta, esta vez más calmado de lo que había entrado. Tenía trabajo que hacer, ya descansaría más tarde. Era un sin vivir continuo junto a ese hombre, pero merecía la pena por el sueldo y por mucho más.

Antes el CEO no era así, no estaba consumido por la obsesión y el trabajo. Disfrutaba de la vida, hasta aquel nefasto día en que todo cambió.

Su teléfono sonó en ese instante, y su piel se erizó al escuchar ese particular tono de llamada. Sabía quién era; una persona a la que no podía eludir, pero que cada vez que hablaba con él, sentía que traicionaba al presidente.

—Dígame.

—Tenemos nuevas instrucciones para ti.

—¿Cree que es necesario seguir con esto?

—No te corresponde decidir si es necesario o no, simplemente obedece.

—Está bien, ¿qué debo hacer?

—Encontrará las pertinentes instrucciones en la taquilla veintitrés del personal de limpieza, las llaves están a su nombre en la recepción. No lo dude, solo hágalo.

—De acuerdo —afirmó automáticamente .

Al colgar el teléfono se sintió el hombre más traidor y rastrero del mundo. Por unos segundos, se quedó parado en mitad del pasillo, apretando el móvil y sintiéndose sucio. ¿Cómo había llegado a ese extremo?

—Perdóneme, señor —se disculpó en voz alta antes de encaminarse a recepción, dispuesto a realizar la misión que le habían encomendado.