CAPÍTULO 10
Nora no la encontró por ninguna parte. Decepcionada, y tras dar varias vueltas por la planta decidió volver a la cafetería, con tan mala suerte que tropezó con alguien al girarse.
—Lo siento —se disculpó por inercia, a pesar de no tener completamente toda la culpa.
Para su sorpresa, era la persona que buscaba, que con timidez agachó la cabeza y se excusó en su idioma.
—¿Habla español? ―Ella negó.
—No se preocupe, déjeme ayudarla. —La mujer ensanchó la sonrisa al comprobar que le hablaba en su propio idioma.
—No sabe cuánta ilusión me hace que me comprenda. Llegué a España hace poco y, por más que lo intento, es difícil para mí entender lo que dicen.
—¿Ha comido?
—Traigo mi propia comida, aunque quería comprar algo de beber.
—Tenga —le dio el zumo de piña—, espero que le guste. Cuando vaya a la cafetería, coja una bandeja y en ella deposite la bebida y la comida que quiera tomar. Siga la flecha verde y la llevará hasta la caja donde le cobrarán. En poco tiempo se acostumbrará, no tendrá problemas.
—Se lo agradezco, aunque yo no puedo permitirme comer allí todos los días. Buscaré un sitio tranquilo para no molestar.
—Ah, entiendo, yo hago lo mismo. Venga conmigo, le enseñaré un lugar que está un poco apartado y que puede utilizar, pero prométame que quedará entre nosotras. Si se sabe, ya no será tan tranquilo.
—Le doy mi palabra, niña —dijo risueña, y con un brillo angelical en los ojos, la tomó de las manos—. Eres muy amable. Gracias. No sabe lo que me alegra haberla conocido.
Nora se sintió avergonzada, esa mujer debía de estar muy falta de cariño si con ese simple gesto se sentía tan agradecida.
La condujo hasta la segunda planta. Durante el trayecto, le explicó que trabajaba en ese mismo departamento.
Atravesaron una sala repleta de expedientes y alcanzaron unas escaleras angostas, que desembocaban en una pequeña terraza.
No era demasiado amplia, no obstante, contaba con un bajo muro que servía de asiento improvisado y estaba parcialmente cubierta.
En invierno, mientras no lloviera con fuerza, podía resguardarse allí; y en verano, la parte descubierta le ofrecía la posibilidad de tomar el sol.
—Aquí vengo a veces cuando necesito un descanso, pero que conste que siempre dentro de mis horas libres —indicó, guiñándole un ojo—. Nadie suele entrar en esta sala, el papel ha quedado desplazado por la informática. Es una pena.
—Me llamo Lua san. Me agradará sentarme un ratito en mi hora del almuerzo y contemplar estas vistas. No tiene nada que temer, será un secreto entre nosotras.
Nora siguió la mirada de su acompañante y sonrió. Desde su posición, los demás edificios se distinguían con claridad. Aquella parte del complejo contaba además con un pequeño jardín que los aislaba del resto.
—A veces algunos trabajadores comen en ese jardín, aunque es demasiado bullicioso para mí —explicó a su acompañante.
—¿No le gustan las aglomeraciones?
—No me gustan las tonterías —calló, no era necesario asustarla desde el principio—. Lo que quiero decir es que tengo…, digamos que responsabilidades, por lo que carezco de tiempo para socializar, ni ir de compras, al cine… Ya sabe, temas actuales de conversación. No sé si me explico.
—Se explica muy bien, pero debería comer. El día es duro si no se tiene el estómago lleno.
Nora inclinó suavemente la cabeza, había algo en ella que le resultaba entrañable.
—Tenga, quédese aquí si quiere. Le dejo también este bocadillo.
—Por favor, no es necesario.
—Insisto. Regresaré con mi amiga que estará echando humo por las orejas.
—¿Se está quemando? —preguntó la mujer horrorizada.
—No —respondió con una sonrisa—. Es tan solo una expresión nuestra, una manera de decir que, seguramente, se molestará por mi súbita desaparición.
—Ah, humor español.
—Sí, eso. Adiós, Lua.
—¡Espere! ¿Y su nombre?
—Nora. Pero, por favor, tutéeme .
—Gracias, Nora —asintió con vehemencia—. Lo mismo digo, ya somos conocidas y en España los conocidos se tutean. Además, compartimos un secreto. Elevó las manos señalando el lugar.
Tras despedirse, aceleró el paso hacia la cafetería. Al consultar el reloj, recordó que en breve debía reincorporarse al trabajo. No le quedaba otra opción que almorzar deprisa, aquel día el hambre la apremiaba con fuerza, parecía que su estómago tuviera un agujero sin fondo.