Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Nora, nerviosa, consultaba la hora una y otra vez.

No temía por ella, ya que su departamento se ubicaba en la segunda planta; eso la colocaba en una posición intermedia en la jerarquía de prioridades, lejos del último peldaño y olvidada por muchos.

No tenía queja, después de todo, los del área de transporte ocupaban la planta baja, y a ellos nadie los tenía en cuenta.

Por fin llegó la hora de comer. Habitualmente, se llevaba un táper para no gastar mucho dinero, pero ese día era especial. Después de ver a su amiga nerviosa en la presentación, habían quedado en la cafetería de la empresa para almorzar y que la pusiera al día del primer encuentro con su jefe.

Llegó la primera. Se fue hasta la mesa con la bandeja por delante, llena de ensalada, pastas, carne y una Coca-Cola. Todo un cóctel molotov para su estómago delicado. Sin embargo, ese día se dijo que al cuerno con las restricciones.

Se hallaba sentada sin probar bocado, en espera de que Del llegara cuando la vio aparecer por la puerta.

Un escaneo rápido le hizo comprender que el día no le había ido demasiado bien.

Lo corroboró cuando cogió la bandeja y apenas llenó un plato con un poco de ensalada, un bocadillo y un zumo.

Ella, normalmente, era la más glotona de las dos y no se privaba de nada, por lo que eso era mala señal.

—¿Cómo te ha ido? — Le preguntó cuándo la tuvo delante, aunque ya sabía la respuesta.

—No puedo quejarme.

—¿Te reconoció?

—¡Venga ya, Nora! Lo vi en pelotas y él me vio a mí como mi madre me trajo al mundo, ¿cómo no me va a reconocer?

«Todo lo contrario que yo, que estaba tan borracho que seguro que ni se acuerda de quién soy. Si no, ¿cómo habría terminado en la cama conmigo?».

—En el mismo instante en que me vio, lo supo, y no dijo nada.

—Es lo que querías, ¿no?

—Claro, pero…, a la vez es decepcionante, no sé si me explico. No me acuesto con cualquiera y tampoco esperaba una declaración de amor. No obstante, un «hola», o no sé… Quizás estoy pensando demasiado. ―Se encoge de hombros―. Además, me llamó la atención el primer día.

—¿Cómo es eso?

Del cerró los ojos como solía hacer cuando se avergonzaba.

—Me puse tan nerviosa al oírle gritar mi nombre: ¡Delfina! —lo imitó—. ¿En serioooo? Mi madre se quedó tranquila el día que lo escogió.

Nora lo sabía, su amiga siempre había sido objeto de burlas en el colegio por culpa de ese nombre.

Le atacaban preguntándole si tenía aletas o una nariz protuberante, o con una de esas frases tontas del estilo de: «¿Cómo estaba el mar hoy, Delfina?

». Eran las típicas burlas de niños y adolescentes que lo único que buscaban era herir a los demás .

—Al volverme y encarar al malnacido, comprobé que era él. Se me aflojaron los brazos y tiré todos los informes al suelo. Hojas por todas partes, y encima, no las había enumerado. ¡¿Sabes el trabajo que me ha costado recogerlas y volver a completar los informes?!

—Me lo puedo imaginar.

—Parecía una adolescente patética. Yo no soy así, Nora —gimió—. Tengo un coeficiente intelectual del noventa y cinco por ciento, hablo inglés, italiano y francés a la perfección, además de una carrera universitaria y varios másteres y… ¡fue tan patético!

—Bueno, piensa que ya no se puede caer más bajo.

—¡¿Qué no?! Mejor no me animes.

—Míralo por el lado positivo, has sobrevivido al primer día. Él ha decidido ser todo un profesional y dar por hecho que no te conoce. Trabajaréis como dos personas desconocidas.

—Le vi el culo.

Nora elevó las manos.

—No me cuentes detalles, por favor, olvídalo, céntrate en tu trabajo y listo. Eres una mujer segura de ti misma, siempre me lo dices, así que no le des más vueltas. Solo ha sido una noche de pasión, por lo que pasa página.

—Eso es fácil decirlo, aunque lo intentaré, no me queda otra. —Se quejó mientras se metía una lechuga en la boca, sin embargo, en cuanto se la tragó, prosiguió—. ¿Tan mala soy en la cama que no me recuerda?

—Come —la instó Nora, resoplando.

—¿En serio?

—¡Que comas! Olvídate de ese hombre —le ordenó.

—¿De qué hombre habláis? ¿Ya me extrañas?

—dijo Javier, acercándose a ellas portando una bandeja llena de comida.

Su idea era sentarse junto a sus compañeras, pero Del, sin miramientos, cogió su bolso enganchado en su silla y lo puso en el asiento contiguo.

Ese acto debía de ser suficiente para dejar claro su intención.

—Vamos Del, no seas tan grosera.

—Estamos hablando cosas de mujeres, queremos intimidad.

—De intimidad entiendo mucho. —Le puso ojillos, a lo que Del lo retó con la mirada. Esto fue suficiente para que Javier sonriera satisfecho y buscara otro asiento.

—¿Te sigue molestando? —le preguntó Nora, observando cómo se alejaba.

—Está más tranquilo, aunque de vez en cuando le da por acercarse. No te preocupes, es inofensivo.

—Tiene suerte de ser el hijo de un pez gordo. Deberían despedirlo por vago, déspota y acosador.

—¡Vale! Hablando de despidos —señaló a un grupo que conversaba acaloradamente.

—¿Quiénes son?

—Son los de la limpieza. Han contratado a una gobernanta de origen chino y ha despedido a varios de ellos.

—Supongo que estarán tan necesitados como nosotros de trabajar y ganar dinero. No te preocupes, no creo que vaya a mucho más.

—Ya… Mira. —Una mujer de edad avanzada entró en la cafetería. Sus ojos rasgados observaban a su alrededor con cierta incertidumbre; después saludó al grupo de limpieza y estos no le prestaron atención. Es más, se levantaron y se marcharon sin dignarse a saludarla al pasar junto a ella.

—Debe ser una de las trabajadoras que han contratado —expresó Del con disgusto—. No está bien, sentí lo que era el bullying en el instituto y es demasiado doloroso. Mírala, está en la cola y ni siquiera ha cogido una bandeja. —Nora sonrió, esa era Del, alocada y con un corazón como un camión.

—Parece que va a coger una —señaló para tranquilizarla.

—No, está dudando. ¿Puedes ayudarla? Me siento mal por ella, parece que no habla nuestro idioma, se ve tan mayor y desorientada. Vaya, creo que ha desistido. Se va.

Ambas observaron cómo la mujer dio media vuelta y se perdió por la puerta.

—Ahora vuelvo —indicó Nora, quitándole de la bandeja el bocadillo y el zumo.

—Esa es mi chica. ¡Oye, que es mi bocadillo, ladrona! —dijo en voz alta, sin variar esa sonrisa que ablandaba el alma al más terco.