CAPÍTULO 8
Nora y Del, se aburrían sentadas al final de la sala. Rehuían el protagonismo, sostenían la convicción de que, si había un incendio tenían más probabilidades de sobrevivir si se sentaban en la última fila.
Al final es cierto que: «Dios los cría y ellos se juntan. En este caso, ellas».
—Nora, ¿crees que el nuevo jefe será eficiente en su trabajo?
—¿Por qué no iba a serlo? Estos tipos saben lo que hacen. Seguro que no es tan idiota como Mario, que no sabía ni ponerse las gafas derechas.
—Eso es cierto, mi antiguo jefe de departamento era un inepto de pies a cabeza. Lo que espero que no sea un tirano autoritario y mandón que…, ¡que…! —Elevó la voz de tal manera que creyó que le había salido un gallo de la garganta.
El sobresalto de Del hizo que Nora diera un respingo e incluso algunos de los presentes giraron la cabeza por el alboroto.
—¿Qué haces? ¡Chist! —Hizo un gesto de que mantuviera silencio y la miró preocupada. Aunque por unos segundos tuvo que buscarla y ubicarla de nuevo, porque se encontraba hundida en el sillón varios palmos.
—Po… Po… No… —tartamudeó Del, tapándose la boca .
—Del, me estás asustando, nunca te había visto así.
—El peque…, ¡el baj…, coño! —le susurró al oído.
—¿Coño? —repitió Nora, ya que fue lo único que llegó a comprender.
—¡Maldita seas, Nora! —Se acercó más a su amiga—. Que me follé al bajito la otra noche —susurró cerca de su oído.
Nora abrió la boca, sonrió y después volvió a abrirla con asombro. Sus labios parecían código morse de tanto que se movían en esos escasos segundos. Giró la cabeza para ver al hombre que la había puesto nerviosa y, en cuanto vio con quien iba acompañado, su mandíbula casi se desencaja.
Las dos con los ojos como platos no cabían en su asombro. El bajito, como Del lo llamaba, el cual casi superaba el metro ochenta, acababa de ser presentado como el nuevo supervisor del Departamento de Marketing , o sea, el jefe directo de Del.
—Me lo dijiste —dijo acurrucándose en el sillón y abrazándose a sí misma—. Maldita sea mi estampa que no te hice caso y me acosté con él. Tenías razón, adelante, ya puedes recriminármelo y echármelo en cara.
Del se volvió hacia su amiga, esperando su mofa, pero no la encontró. Si ella se había hundido en el sillón una cuarta, Nora estaba casi en el suelo.
—¿Y a ti qué te pasa? Soy yo la que está avergonzada —murmuró bajando a su altura.
—Me he… Me he… acs… —dijo cerrando los ojos y haciendo gestos extraños con el rostro, moviendo la cabeza, negando, afirmando y dando vueltas.
—Te meas —confirmó Del por un momento, feliz de haberla entendido y olvidando su malestar .
Nora la agarró de la camisa y la acercó a ella, obligándola a doblarse sobre sí misma y casi se caen del sillón.
—Me he acostado con… el más grande —subrayó mientras que sus nudillos ahogaban la camisa blanca de su amiga, y estos se ponían del mismo color.
Ambas, al unísono, chocaron la frente en señal de: estamos perdidas.
—Vale —señaló Del levantando el mentón—. Somos mujeres modernas y seguras de sí mismas.
—Yo no —concluyó Nora al tiempo que arrugaba la nariz.
—Levanta tu culo y deja de hacer pucheros. Tienes suerte porque no es tu jefe, en tu Departamento de Contabilidad estarás segura. En cambio, yo tendré que verle la cara todos los días y encima, recibir órdenes.
Nora se compadeció de ella, esas palabras estaban llenas de lógica y se acordó de un refrán.
—El mal de uno, consuelo de pocos… ¿O era de tontos? —susurró.
—Déjate de tonterías —le recriminó Del.
Mirando la toma de posesión del cargo del bajito, que se llamaba Yang Ming, Nora terminó observando al otro.
Se encontraba en segundo plano, sentado en una silla escueta y simple.
No obstante, en él, nada era simple. Su gallardía y ese traje que le sentaba a la perfección lo hacían destacar sobre los demás.
—¿Quién crees que es él?
—¿Quién?
—El que va junto a tu jefe .
—Ah…, hostias, ¿ese que te has tirado? —Nora la miró con disgusto, Del se hallaba tan nerviosa por su propia situación, que hasta ese momento no había atado cabos respecto a lo que ella dijo.
—Sí, ese —soltó apesadumbrada.
—¿Y yo qué sé?, será su secretario. Pero… Cuéntame, ¿qué tal fue?
—No.
—Vamos, y yo te cuento cómo me fue a mí.
—No seas chismosa, no pienso explicarte nada.
—Vamos, solo una cosita —manifestó, poniendo cara de pucheros y ojillos lastimeros.
—Dios, qué pesada eres. ¿Qué quieres que te diga?
—Del uno al diez, ¿cómo la tiene?
Nora no le contestó, solo rememoró el instante en que se vio a sí misma dándole un tortazo en el culo, ese gesto que en un principio la escandalizó cuando lo recibió ella.
Un súbito sonrojo le subió por las mejillas y no pudo contener una sonrisa bobalicona.
En su código morse, Del lo entendió todo y silbó.
—Vaya, me alegro por ti, amiga, porque yo estoy muerta. —Luego miró hacia el escenario y bufó.