Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La mano de Nora se extendió para alcanzar el teléfono, no obstante, no llegó a su objetivo, ya que un agarre firme se lo impidió. Con un solo movimiento se vio alzada y subida sobre un torso grande y trabajado.

«¡Ah!». Normalmente su conciencia era más explícita, pero se quedó tan callada como ella.

Sus muñecas estaban aprisionadas en su espalda por el adonis chino borracho. Quedó atrapada contra aquel cuerpo sensual y robusto haciéndola partícipe de su masculinidad. Sus expresiones eran tales que él la observaba embelesado, divertido y con la vista nublada.

—Una, dos, tres… —exclamó Nora en voz alta, para luego abrir los ojos desmesuradamente.

«¡¿Desde cuándo los hombres tienen tres piernas?! No, espera… Solo hay dos y…».

—Eres preciosa —la aduló arrastrando las palabras, para con un leve empujón ponerla debajo de él. Con besos suaves le recorrió la frente, las mejillas.

—Para…, estás borracho y no sabes lo que haces. ¿O sí? No, esa parte no …

Pensó que sus pupilas habían girado en órbitas imposibles dentro de sus ojos, un gesto que su amiga solía lograr y que ella jamás creyó conseguir…, hasta ese momento.

En cuanto esos hermosos labios rozaron su cuello, Nora se quedó rígida.

Ese era su punto débil, su interruptor secreto, y su piel reaccionó al instante como si recordara un baile que hacía años no bailaba.

Hacía mucho que no se dejaba llevar por nada parecido, pero su cuerpo, traicionero y entusiasta, se adaptó al ritmo sin pedir permiso.

—Esto no puede estar pasando. ¡Demonios! —Lo apartó con un empujón y lo giró, más por pánico que por fuerza. Él no protestó, ni siquiera abrió los ojos. Ella se levantó de la cama, se recolocó el vestido como si fuera una armadura y lo miró con severidad.

—No está bien. Yo no soy… —Se le secó la garganta al ver la expresión lastimera que él le dedicaba.

«¡Ja! ¿Mirada lastimera? Ni de broma. Lo que te desarma es esa camisa entreabierta, ese pecho y, todo lo demás. Si te vas ahora eres más tonta de lo que crees», murmuró su conciencia, siempre inoportuna y sincera.

—¿Está seguro? Quizás debería pensárselo un poco más —preguntó, aunque la respuesta era más que evidente.

Él alzó la mano y ella extendió la suya.

Luego la retiró, solo para volver a ofrecerla un segundo después, dudosa.

En uno de esos amagos la atrapó con suavidad, y con un pequeño tirón la acercó de nuevo a su cuerpo.

Esta vez no hubo torpeza, solo una determinación tranquila que la envolvió por completo.

Sin pensarlo, la besó. Un beso profundo, decidido, que le borró cualquier pensamiento coherente.

Nora intentó recordar cómo se respiraba, cómo se pensaba, cómo se hacía cualquier cosa que no fuera corresponderle, pero nada funcionaba.

Esa boca la seducía de tal manera que sus ideas no encadenaban la una con la otra, hasta su conciencia apenas hacía acto de presencia.

Solo emitió un: «¡Toma ya!», que celebró en silencio cuando sintió que él la acercaba más, como si no quisiera dejar ni un centímetro entre ellos.

—Ay, madre, ¡el cinturón de castidad! —declaró sin darse cuenta, porque su boca iba más rápido que su cerebro.

«Por el amor hermoso… ¡la madre que lo parió!», pensó cuando esos labios tan perfectos se hundieron en su entrepierna y la devoraron como si no hubiera un mañana.

La Nora tímida, prudente y siempre correcta desapareció. En su lugar surgió una versión suya más valiente, impulsiva y viva. Lo tomó del cuello de la camisa y lo atrajo hacia ella con una determinación que la sorprendió.

—O te decides, o lo hago yo —soltó con la voz temblorosa entre risas y nervios.

«¿Esa era ella? ¿O una actualización mejorada que había estado escondida todo ese tiempo?», se preguntó a sí misma. Como no obtuvo respuesta y no tenía paciencia se incorporó. Con manos torpes porque la emoción no ayudaba a la coordinación final, se deshizo de la camisa.

«Madre mía, cómo está el hombre». Eso tampoco hacía que se concentrase.

El cinturón, por su parte, se comportó como un enemigo digno de una batalla épica.

Sus dedos, tan ágiles para escribir a toda velocidad en el ordenador, parecían ahora de plastilina.

La ansiedad por descubrir qué había detrás de tanta tela no contribuía, pero al final, con paciencia y un par de resoplidos, lo consiguió: pantalones fuera, zapatos fuera; incluso los calcetines que no estorbaban, cayeron por inercia.

Cuando por fin lo vio sin nada que ocultar, se quedó quieta, respirando hondo con una mezcla de ternura, sorpresa y un poquito de orgullo .

«¡Halaaa!», y sonrió con aquella magnífica visión.

Se estaba regodeando en la panorámica cuando él, con un impulso imprevisible la colocó bocabajo.

Le desabrochó la cremallera del vestido en un solo movimiento, por lo visto tenía más experiencia que ella y le dio una pequeña cachetada en el trasero.

Esto hizo que se revolviera cabreada. El masoquismo no era de su gusto, aun así, la sonrisa pícara que le dedicó, al igual que un niño consciente de su travesura, logró apaciguarla.

Aunque también ayudó el beso tosco y húmedo que siguió a modo de disculpas.

«Con esa lengua puede hacer lo que quiera, incluso encajes de bolillos como los anuncios».

Su vestido fue arrastrado hacia la cintura, el sujetador levantado y unas manos poderosas empezaron a masajear sus pechos. Después su lengua, su pierna; la de verdad, frotaba su centro de placer dándole trazas de lo que estaba por venir.

—¡Joder, estás en todas partes! —gritó al aire.

—Eres especial —le dijo contra su boca antes de meterle la lengua hasta la garganta y hundir su miembro en ella.

No pudo gritar, y gemir, no le dio tiempo. Llorar de alegría menos aún, así que optó por rodearlo con sus piernas y con sus brazos, pues no pensaba soltarlo. Se convirtió en un pulpo pegajoso y feliz.

Borracho o no, se movía como un dios, enérgico, poderoso y muy muy grande.

«Ja, si Del supiera que los chinos no la tienen tan pequeña… ¡Que se fastidie! ¡Ooh!».

Cada embestida le nublaba la cordura; sus besos húmedos la enmudecían; sus manos en sus pechos la sumergían en un delirio del que no quería salir.

Afuera quedaban sus problemas, su timidez, su vida diaria tan monótona.

Ahora solo quería sentir ese placer en manos de un hombre increíblemente guapo y varonil, suyo por esa noche; solo por esa noche.

La electricidad entre los dos fue apoteósica.

Nora esperaba algo un poco más romántico, pues había habido tal compenetración que casi al unísono llegaron a la culminación.

Como en los dramas de la televisión, todo fue perfecto, sincronizado…

Pero no, tras el ramalazo intenso de placer, se vio tumbada en la cama con un hombre entre sus piernas inmóvil, desmayado o dormido.

Era una pose ridícula, si bien, en vez de sentirse ofendida una sonrisa de boba emergió en su rostro.

—¡Hay que joderse! —gritó al aire y, ante tal despliegue de sabiduría, comprendiendo la connotación y el significado de su última palabra, empezó a carcajearse.

Con cuidado de no despertarlo, lo empujó y, cerciorándose de que no se hallaba muerto, pues cosas más raras había visto por la tele y algunas eran casos reales, se quedó tranquila.

Estaba dormidito como un angelito, así que lo tapó con cuidado, se amoldó el vestido y fue en busca de su bolso.

—¿Quién eres? —dijo una voz profunda a su espalda.

Se asustó. En ese momento parecía estar más lúcido, pero no se acordaba de ella.

Sujetó su bolso como si de ello dependiera su vida y se lo apretó contra su pecho.

Con la cremallera del vestido aún bajada y con los zapatos en la mano, salió de la habitación a toda prisa sin mirar atrás.

En menos de un minuto se encontraba apoyada contra la puerta de su dormitorio, con los ojos desorbitados y negando con la cabeza.

Lo que ella desconocía, era que alguien la había visto salir de la habitación en ese estado y con una mueca de júbilo, sonrió. El informe que pensaba escribir iba a ser muy entretenido.