Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 5
10%

CAPÍTULO 5

Nora echó de menos haber dejado el gimnasio.

En su inocencia, pensó que alzar aquel cuerpo no sería difícil, si bien, no contó con que el muy granuja apenas le ayudaría, y en cuanto se acercó a él sintió todo su peso sobre los hombros.

Haciendo malabares y con mucha dificultad, pasó la tarjeta por el lector abriendo la puerta.

Otro esfuerzo más, y nuevamente la encajó en la entrada, tras ello las luces se encendieron automáticamente.

—¡¿Pero qué demonios haces?! —gritó cuando el cuerpo varonil se desplomó de nuevo en el suelo, a pesar de su arrojo por no dejarlo caer—. ¡Vamos! Llamaré a un médico, te has pasado con la bebida. Con lo grande que eres…

—¡No! El médico no. Cierra la puerta —indicó con dificultad—. No pueden verme así.

—Los borrachos no dan órdenes —replicó ella.

—Por favor —suavizó la voz.

Nora terminó maldiciéndose, pero, aun así, dio un puntapié a la puerta convencida de que al final acabarían los dos en el suelo.

—No estooooy borracho… —negó con énfasis, tambaleándose mientras intentaba ponerse en pie. El intento fue tan inútil como patético .

—Lo que tú digas, grandullón. ¡Puf! —Expulsó el aire, cabreada y contrariada.

A la mierda los idílicos protagonistas de los C-dramas que ella veía, caballerosos y correctos.

Bufó, desesperada por la situación. Se inclinó, deslizó la mano por debajo de su hombro y tiró de él con toda la fuerza que le quedaba.

Al día siguiente, tendría un dolor de espalda sublime digno de una heroína trágica por su maldita buena acción.

Lo dejó caer en la cama sin ningún tipo de ceremonia. Rebotó una vez y ella lo contempló jadeando, preguntándose en qué momento exacto de su vida tomó la decisión equivocada que la había llevado hasta allí.

—Con los ojitos cerrados está muy mono —murmuró, sonriendo como si estuviera viendo a un cachorro dormido y no a un adulto hecho y derecho.

Se dio la vuelta para marcharse, satisfecha con haber cumplido su labor humanitaria del día, cuando lo vio llevarse las manos al pecho y a la garganta con movimientos erráticos y alarmantes. Entonces, abrió los ojos como platos.

—No… No, no, no. ¡Ni se te ocurra morirte aquí! —susurró entrando en pánico.

Si se le quedaba tieso en la habitación por un coma etílico, sería una experiencia horrible.

Y luego estaba su conciencia, que ya de por sí era bastante pesada, y no necesitaba añadir: posible homicidio involuntario por negligencia alcohólica a la lista, o incurrir en un delito penal por omisión de socorro.

Sus labios temblaron. Subió a la cama de rodillas intentando no perder la calma, y le desabrochó un par de botones de la camisa con manos rápidas y torpes.

Él no ayudaba en absoluto: respiraba de forma irregular, emitía pequeños sonidos confusos y tenía la cabeza ladeada como si no terminara de encontrar su sitio .

—¡Vamos, respira! —le dio golpecitos en la cara. Primero suaves, luego no tanto—. Ni se te ocurra morirte, ¡¿me has oído, capullo?! Respira… ¡Respira, coño!

Él soltó un quejido que sonó más a protesta que a agonía, pero ella ya estaba en modo enfermera improvisada.

—Me importa un bledo lo que quieras —continuó, mientras buscaba su móvil con la mano libre—, voy a llamar a recepción. Que suba alguien: un médico, un sacerdote, lo que sea. Yo no pienso cargar con un cadáver borracho esta noche.

Él abrió un ojo, apenas una rendija y murmuró algo ininteligible. Ella lo miró, con la respiración acelerada, con el corazón en la garganta.

—Como estés fingiendo, te juro que te estampo la almohada en la cara —amenazó, aunque en realidad estaba a un paso de echarse a llorar del susto.

Del tampoco estaba pasando por su mejor momento.

Entre copa y copa, tenía que apartar a quienes se acercaban creyendo que era una presa fácil, como compañeros de trabajo que nunca se habían dignado a mantener una conversación con ella en los siete años que llevaba en la empresa.

A algunos de ellos les había dado la oportunidad, pero después de varios minutos de charla tenía que contener el instinto de ahogarlos.

No podía negar que era una mujer que llamaba la atención, pero además tenía unos cuantos títulos en su mochila, hablaba varios idiomas y su coeficiente intelectual era de los más altos.

Asqueada de la situación, decidió abandonar la fiesta antes de que alguien más le hablara de sus logros personales para darse importancia, o de intentar llevársela a la cama como si le hicieran un favor.

Si aún tenía alguna duda sobre marcharse, la disipó en cuanto vio al fondo de la sala a Javier.

Un compañero de trabajo que no conocía el límite entre privacidad y compañerismo; sus constantes miradas y sugerencias la ponían enferma.

Soltó la copa de vino recién adquirida, y aún sin probar, recogió su pequeño bolso y se dirigió a la entrada con paso firme y cero paciencia.

Rebuscó en su interior hasta dar con el móvil, mientras una sonrisa diabólica le asomaba a la cara.

Llamar a Nora, que a esas horas seguramente estaría ya enterrada bajo las sábanas y soñando con unicornios, sería el bálsamo perfecto para su mal humor.

Nada como oírla cabreada para equilibrar el universo.

Pero después de varios tonos, Nora no contestó.

—Demonios, Nora, ¡qué sueño tan pesado tienes! —masculló, volviendo a marcar mientras avanzaba por el pasillo. Y, tuvo la mala suerte de tropezar con alguien.

«Otro capullo que quitarme de encima», gruñó mentalmente al ver unos lustrosos zapatos negros de hombre antes de levantar la vista del móvil.

—Siento mi torpeza, ¿se encuentra bien? —preguntó el desconocido, dando un paso atrás y manteniendo las distancias con una educación impecable y un inglés perfecto.

—Yo… no… —balbuceó ella, sin moverse ni un milímetro, repasándolo de arriba abajo como si evaluara un producto en oferta.

«A este sí le hincaba el diente», pensó, y esta vez la sonrisa que se le escapó no tuvo nada de diabólica, sino de peligrosa.