Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El CEO cortó de raíz todas las sensaciones y pensamientos para enfocarse en un único objetivo: llegar a la seguridad de la habitación y llamar a Ming.

Porque, a medida que pasaban los minutos, tenía cada vez más claro que su desorientación no se debía a la embriaguez.

No. Aquellos delirios, la confusión y el sudor frío provenían de algo mucho más oscuro.

Sorteó a varios transeúntes y agachó la cabeza para evitar miradas, un gesto que creía desterrado desde que se juró no volver a permitir que nada ni nadie lo empequeñeciera. No obstante, en ese momento aquellas trivialidades eran un mal menor.

Entre las personas con las que se cruzó distinguió a varios reporteros; las tarjetas colgadas al cuello los delataban.

Cuando llegó al ascensor y lo encontró vacío, se adentró sin pensarlo.

Se dejó caer contra la pared, apoyando el cuerpo sobre el metal helado.

Cerró los ojos, el contacto no lo calmó del todo, pero sí frenó por un instante el calor que ascendía por sus tobillos, amenazante.

Sin embargo, esa pequeña sensación de triunfo no duró.

El vaivén del ascensor al ponerse en marcha bastó para que su frágil autocontrol volviera a desestabilizarse .

Respiró hondo varias veces, obligando al aire a entrar, aunque los pulmones protestaran, no iba a dejarse vencer tan fácilmente. Las puertas se abrieron y durante un segundo creyó o deseó, que volvieran a cerrarse sin que nadie invadiera su espacio.

Su espacio sí, pues no quería compañía.

En cuanto los paneles se juntaron y su cuerpo empezó a aflojarse, lo sintió: fue un cambio mínimo en el aire, una presión distinta como si alguien hubiera exhalado muy cerca de su nuca. No estaba solo. Un olor denso, tibio, envolvente se deslizó hasta él.

«Ese olor… Otra vez». Le inundó los sentidos con una familiaridad casi dulce, y su cuerpo respondió antes de que pudiera pensarlo.

Un impulso involuntario lo hizo inclinarse hacia adelante, como si algo o alguien, tirara suavemente de él. Perdió el equilibrio por un instante. No era él quien movía los hilos; era esa presencia cálida, cercana, que lo reclamaba sin palabras.

Un roce en su pecho. No se hallaba solo, había una mujer menuda y frágil, ella era la que lo tenía hechizado.

Y de pronto, ya no estaba. El vació de una pérdida importante lo abofeteó, volviéndolo a la realidad.

Un lento y torpe movimiento de cabeza y se cercioró de que se encontraba en la planta correcta, y las puertas abiertas le daban vía libre.

«Debo llegar a la habitación».

Se aferró a esa frase como si fuera un pasamanos en mitad de una corriente que lo arrastraba.

Respiró hondo, forzando a su cuerpo a obedecer.

En medio del esfuerzo, la imagen de su madre irrumpió sin aviso: su rostro sereno, ese gesto suave que acompañaba siempre las palabras que él necesitaba escuchar cada vez que algo parecía imposible .

«Puedes lograr todo lo que te propongas. Yo siempre estaré contigo». Pero no fue así, rompió su promesa y lo dejó solo con apenas once años.

¿Por qué regresaba ahora, justo ahora, en un momento en que cada paso parecía tambalearse bajo sus pies?

«Debo llegar a la habitación», repitió buscando al pronunciarlo, alinearse con su voluntad y avanzar un poco más hacia ese único punto seguro que le quedaba.

La puerta no cedía. No podía respirar. La vulnerabilidad le cayó encima de golpe, una losa conocida que llevaba años intentando mantener a raya. Esa misma que, de vez en cuando, regresaba para recordarle que aún podía herirlo, que seguía teniendo un hueco por donde colarse.

Y entonces las palabras salieron de su boca sin que pudiera detenerlas.

—Ayúdame, no me encuentro bien.

¿A quién se lo decía? No lo sabía. Su voz parecía venir de un lugar ajeno, atravesando su voluntad que ya no le respondía del todo.

Su cordura, su sensatez, incluso sus reflejos, todo se movía con una lentitud extraña, como si él solo pudiera seguir las órdenes.

Un títere desconocido, eso era, y lo aterraba no saber quién sostenía la cuerda.

Por eso su cuerpo terminó cediendo, desplomándose contra el suelo.

Una voz femenina; un médico, bebida… Las palabras le atacaban desordenadas y él apenas podía seguir el ritmo.

—¡No! El médico no. Cierra la puerta —indicó con dificultad—. No pueden verme así.

En sus últimos trazos de lucidez, aún temía las consecuencias de su estado, hasta que unos brazos lo rodearon. Con las pocas fuerzas que le quedaban colaboró para dejarse levantar del suelo .

Apreció el suave contacto de una pequeña mano en su frente y, a pesar de que el calor rugió con más intensidad ante ese gesto efímero, su cordura se apaciguó. Por primera vez en mucho tiempo no le importó que alguien viera su vulnerabilidad, no al frío y distante CEO que solía mostrar al mundo.

En ese instante solo necesitaba una cosa: que ella no lo abandonara. No podía permitirlo. Era lo único que lo mantenía anclado a la realidad, lo único que lo protegía de caer en las tinieblas de esa soledad que tanto lo había marcado.

Y, de pronto, esa fragancia con motas florales y toques de vainilla… Comenzó a desvanecerse.

Alargó la mano y, con un movimiento rápido, la atrajo de nuevo hacia él. Ahora tenía el control. Un control diminuto, frágil, perdido entre las sombras de su mente…, pero era suyo, al fin y al cabo. Y lo único que tenía claro, era que no pensaba dejarla marchar.

Un aliento suave, cálido, rozó su rostro y, entonces, dejó de contenerse. La quería cerca. La anhelaba mucho más de lo que se atrevía a admitir.