Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Nora soltó la copa de vino que recogió por pudor para hacerse la interesante; un líquido que no probó porque ella odiaba el alcohol.

Se fue en busca de su cama y de un descanso merecido, en especial de esos tacones.

Era lo primero que pensaba quitarse; lo segundo: el vestido ceñido negro que la asfixiaba, y eso que era a media pierna.

Y, por último, y no menos importante: las bragas de algodón; unas de color amarronado que le llegaban prácticamente a la garganta.

Nora las llamaba el cinturón de castidad, porque repelían a los moscones como el agua bendita a los vampiros.

Otra vez frente al maldito ascensor. Tres por planta, uno tras otro alineados, y ninguno se dignaba a abrir. Llevaba un par de minutos esperando, cuando un grupo de seis personas apareció teniendo la misma aspiración y urgencia que ella: subirse al ascensor.

Las puertas de uno de ellos se abrieron, pero no tenía intención de entrar en ese espacio abarrotado; si antes le resultó difícil, ahora era aún peor. El ambiente se impregnaba de respiraciones y sudores a medida que avanzaba la noche. Por eso, se alejó con discreción y fingió no darse cuenta.

En cuanto el minúsculo habitáculo cerró sus puertas, el paralelo al mismo tiempo las abrió.

Vio el cielo abierto y dio las gracias a todos los santos.

Con rapidez fue a meterse y con el mismo ímpetu se paró en seco, el adonis de antes se encontraba reclinado contra la pared, con la cabeza gacha.

Al parecer, había perdido la corbata y la chaqueta, pues la camisa blanca entreabierta fue lo primero que apreció.

«Madre mía, esta escena solo se ve en los C-dramas, no en la vida real. ¿Ahora qué hago?».

Divagaba en qué hacer cuando este levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos. O a sus piernas, pechos… Nora estaba tan descolocada, que no atinaba con la trayectoria de su mirada.

«Tú puedes, eres una mujer madura, adulta y segura de sí misma. Joder, ¡Pon un C-drama en tu vida!».

Levantó el mentón, envalentonada por esos pensamientos, y su pie derecho dio un paso hacia adelante; y el izquierdo no tuvo más remedio que seguirlo, o habría parecido una gimnasta sin rumbo fijo.

Le dio la espalda. Su figura tensa y sus manos entrelazadas por delante delataban su nerviosismo.

Un leve movimiento en la retaguardia originó que se tensara aún más.

No pensaba girarse en todo el trayecto, si bien, el instinto, ese gen primitivo que todos llevamos grabado en nuestro interior, hizo que se volviera.

No se esperaba ver a ese grandullón con la cabeza inclinada, respirando con dificultad y con las manos apoyadas en la pequeña ranura que sobresalía del panel trasero. Parecía borracho o mareado.

«Total, este ha venido de otro país y no sabe que el tempranillo sube demasiado rápido».

—¿Se encuentra bien? —preguntó en chino por pura cortesía, aunque en realidad no le interesaba su embriaguez. Nunca había entendido cómo una persona podía permitirse llegar a tal estado.

El idioma, en algunos casos era importante, lo gracioso era que ella lo aprendió porque era una forofa de los dramas coreanos y chinos.

Puede que no dominara muy bien el acento, pues no había tenido la oportunidad de viajar al país, pero lo entendía casi a la perfección.

Incluso su inglés era bastante decente. Sin embargo, no le contestó .

A pesar de ello, tenía muy claro que no se iba a esforzar con los borrachos. Y…

«¡Joder que se cae el muy idiota!».

Su primer impulso al verlo fue impedir que se estampara contra el suelo. Mala idea, puesto que él aprovechó para elevarse y la acorraló contra la pared. Su cuerpo no la tocaba; no era necesario, sentía su calor mientras esas manos grandes a ambos lados de su cabeza impedían su huida.

Nora dejó de respirar. Una buena patada en los huevos y listo, con un soplido se lo quitaba de encima.

Pero no lo hizo, simplemente levantó la cabeza y lo observó en busca de algún indicio que le explicara que pretendía.

Un error por su parte, porque ahora que lo tenía más cerca pudo ver mejor ese rostro tan perfecto.

Perfecto en todos los sentidos. «¿Todos? Pues toca tocaaa, y así lo compruebas», le aconsejó su conciencia pillina y libidinosa.

Elevó las manos lentamente como si con ello proclamara que no era la culpable de lo que pretendía hacer. Con cautela, las posó en su pecho, estaba duro como una piedra. Sus dedos arrogantes se movieron nerviosos, era necesario comprobar su primera impresión.

«Sí, que está… duro, sí», admitía conforme, entretanto sus labios se curvaban satisfechos por su estudio.

Esos ojos estaban dilatados, a pesar de ello no los vio enrojecidos.

Un suspiró salió de esa boca tan varonil, esto hizo que Nora desviara la mirada hacia ese lugar, anticipándose a sus pensamientos.

No olía a alcohol, no obstante, parecía estar ebrio.

En cuanto recuperó la cordura elevó de nuevo la mirada, comprobando que él la observaba divertido.

O eso supuso ella al ojear cómo la comisura de sus labios se elevaba en un movimiento casi imperceptible.

Nora creyó que la iba a besar y no pensaba oponerse. ¿Por qué no?, eso solo ocurre en Netflix, y ella no iba a tener una oportunidad semejante de besar a un ejemplar como aquel. Sería una buena anécdota para recordar en sus años futuros.

Me besé con un desconocido en el ascensor mientras me sudaba el chichi por culpa de las bragas de algodón. O… ¿no fue por ellas?

El ascensor se detuvo y abrió sus puertas. En ese momento, la cordura entró como un aire fresco y el adonis se separó de ella. Se quedó sin beso, su fantasía a tomar por culo.

Con una mueca de disgusto salió sin decir una palabra. Sacó su tarjeta del mini bolsillo de su vestido y abrió la puerta. Un gruñido la puso en guardia, el hombre intentaba abrir su habitación sin mucho éxito.

—Ayúdame, no me encuentro bien —le dijo en su idioma.

Sus ojos la miraron con súplica. Su frente perlada de sudor y sus mejillas sonrosadas no le daban buena impresión.

«¡¿En serio tenía que dormir dos habitaciones más allá de la mía?».

—Llamaré a recepción. —Pero apenas terminó la frase se desplomó de rodillas en el suelo.