CAPÍTULO 2
Quiang Fang, desde su lujosa habitación de aquel alto edificio, miraba tras los cristales la ciudad de Madrid. Era la segunda vez que pisaba aquel suelo y no tenía intención de volver a hacerlo. Sus negocios estaban a mucha distancia y no podía permitirse estar fuera demasiado tiempo.
Como presidente de una gran multinacional tenía muchas responsabilidades y, aunque era un adicto al trabajo duro y las acciones iban en auge, su sexto sentido le decía que no todo marchaba bien.
—Le veo preocupado, señor. —Su secretario y persona de confianza lo conocía demasiado bien.
—Tengo la sensación de que algo se me escapa —admitió Quiang con un cansancio que no solía mostrar.
—Hemos repasado las cuentas muchas veces. Esta empresa, con algunos cambios, nos generará los beneficios previstos —señaló Ming para reconfortarlo, aunque él mismo no terminara de creérselo del todo.
—He pasado muchos años formándome para ello, pero la realidad, es que la teoría no es nada comparada con la práctica. Sé que saldrá bien, aun así, debemos esperar que tengamos sorpresas por el camino .
—Así lo haremos. Su equipo y yo mismo pondremos todos nuestros esfuerzos en que este proyecto salga a la luz.
—¿Está todo listo? —preguntó, levantándose del sillón.
—Así es, la traductora está fuera.
—Bien, entonces no nos demoremos.
Con paso firme, seguido de su secretario y de la traductora, se dirigió hacia la gran sala donde los directivos de la empresa que iba a absorber lo esperaban. Era necesario llegar el último; de esa manera reafirmaba su poder.
Cavilaba sobre los últimos detalles en aquel pequeño ascensor compartido, cuando una fragancia particular le sobrevino, una que le evocó otros tiempos.
Cerró los ojos, nadie podía verlo, solo las puertas frías de acero que tenía delante.
Había decidido rechazar el ascensor destinado a los clientes VIPS para pasar desapercibido y, de paso, sorprender a sus nuevos socios con su llegada.
Sin embargo, un suspiro lo alertó y no pudo reprimir volverse.
Ella se ruborizó ante su contacto visual.
Emitió una sonrisa forzada y agachó la cabeza.
¿Era esa mujer quien desprendía ese aroma tan particular?
Sus ojos verdes lo impresionaron. No obstante, bastaron apenas unos segundos atrapado en su mirada para entrever una tristeza profunda, parecía una persona que ya no se enfrentaba a la existencia, solo subsistía.
Él odiaba a ese tipo de personas; aquellas que, derrotados por los reversos de la vida se habían conformado y ya no luchaban por nada. Los consideraba fracasados, cobardes y vagos, porque lo que la vida le había enseñado era que el mundo se dividía entre cazadores y presas.
Volvió la cabeza de nuevo hacia el frío acero; era mejor eso que lo que tenía detrás, así que se concentró en lo que debía de hacer .
La reunión se le hizo eterna. Tras un arduo debate, y después de repasar todos los puntos importantes, el sol ya desaparecía por el horizonte; habían pasado más de dos horas.
Cuando por fin pudo quedarse a solas con su secretario Ming, pudo relajarse.
En una semana sería dueño y señor de una nueva empresa de ordenadores, los componentes se fabricarían en China y el último ensamblaje se produciría en España, entre las diversas sucursales distribuidas por el país.
Aquella estructura se convertiría en un puente hacia el comercio europeo y americano.
Sentado al borde de una enorme mesa rojiza de madera; rodeado de un desfile inmóvil de sillas vacías, contemplaba la luna que le daba la bienvenida con sus rayos a través de los grandes ventanales que se extendían a su espalda.
Se quedó mirando el cielo luminoso y las luces de la ciudad.
Si su madre estuviera viva, ¿se sentiría orgullosa de él?
Esa duda siempre revoloteaba en su mente, inquietándolo, pero nunca lo sabría.
Tras el paso del tiempo, se permitió suspirar y se levantó con la intención de retirarse a descansar. Debido al viaje, al jet lag y a la tensión acumulada, no se encontraba muy bien.
—Señor, ¿necesita de mi ayuda? —En ese momento reparó en su secretario que aún seguía a su lado.
Quiang se aflojó la corbata y se tomó su tiempo antes de prestarle atención para responderle. No obstante, se detuvo al contemplar un objeto que descansaba a su derecha.
—¿Qué es eso? —Giró la cabeza hacia una botella de whisky .
—Será un obsequio. —Carraspeó Ming al tiempo que también la miraba .
—¿Los directivos quieren conquistarme o sobornarme? —Sonrió ante la perspectiva—. No quiero que me avasallen, mejor intercambiemos las habitaciones.
—Señor, mi habitación está con los empleados. —Ante la mirada ceñuda de Quiang, se apresuró a explicarle—. Fue mi propia decisión. Me comentó que sería bueno conocer diversas opiniones, así que me he propuesto infiltrarme. Como siempre dice: la información es crucial para la toma de decisiones.
—Cierto, me gusta la iniciativa. Puedes irte a descansar, pero antes dame la tarjeta.
—¿Eso quiere decir que hoy dormiré en la gran suite ? ―Ming sonrió ante tal perspectiva.
—Eso quiere decir: ¿algo que objetar? —preguntó con un toque de ironía.
—Por supuesto que no. Siempre a su servicio, señor. Séptima planta, habitación 716. —Dejó la tarjeta encima de la mesa y salió por la puerta esbozando una sonrisa, pero no llegó muy lejos antes de que esta desapareciera, nublada por el cargo de conciencia que le provocaba su acto traicionero.
Quiang, se levantó con la intención de retirarse a descansar. Sin embargo, posó la mirada en la botella que resposaba a su derecha. Con un pequeño movimiento le dio la vuelta para contemplarla mejor: GLENAVON Sp ecial Liqueur Whisky , valorada en casi treinta mil euros.
Se sentó de nuevo y con agilidad, como si lo hiciera todos los días, la descorchó con el utensilio que la acompañaba. Echó con parsimonia el líquido en el vaso y girando el sillón, se dispuso a dejarse llevar por las bellas vistas y por la deliciosa bebida.
Aunque todo no fue tan idílico como pensaba. Unos minutos más tarde el calor sofocante lo asoló sin previo aviso, sus dedos dejaron caer la copa al suelo desprovistos de sensibilidad. Incluso creyó que la suave tela de la camisa se pegaba a su piel sin remordimientos, y cerró los ojos.
«No pueden verme en este estado».
Ignoraba qué le ocurría; quizás el cansancio y el whisky caro no eran la mejor combinación.
Debía llegar a un lugar seguro, que lo vieran así no sería la mejor carta de presentación para una negociación.
Había hecho bien en intercambiar la habitación con Ming, pues en la planta presidencial llamaría demasiado la atención.
Allí se encontraban los directivos y, seguramente, reporteros al acecho de cualquier cotilleo.
Apenas se desplazó unos metros, el tiempo empezó a transcurrir sin lógica ni orden. El calor era denso y sofocante, las paredes parecían moverse a su alrededor. Inquieto, se despojó de la chaqueta y luego de la corbata,buscando con ese gesto un poco de alivio.